13 abr. 2017

Si me has visto...

Si me has visto y has conversado conmigo durante estos últimos dos meses, quizás te ha llamado la atención que me vea triste, que exprese ideas pesimistas y que he perdido considerable interés en todo lo que me rodea. Ya me había sentido así, hace siete u ocho años. Sé bien lo que se siente escuchar cosas que no son reales, tener ganas de lanzarse por una ventana y no tener ganas de nada más. Todo esto comenzó a finales de diciembre, se volvió demasiado importante a mediados de enero, explotó durante la feria del libro. Ahora ha bajado a niveles pequeños, pero bastante nocivos. No he sentido la necesidad de salir, lo hago porque debo hacerlo. No he sentido necesidad de avanzar en algo, lo hago porque me comprometí a hacerlo. Ocupo mi día en terminar todo lo que tengo a medias, quiero desahacerme de las cosas que me recuerdan que hubieron tiempos mejores. Quizás si me esté aislando, como me dijo un amigo un día lunes ¿importa en realidad? Si me ves despeinada y con chaquetas grandes es porque me siento triste. Me han salido muchas canas nuevas y se me ven. He estado durmiendo de modos extraños, muchas más horas, mucho menos horas o nada de nada. Siento que debo comer azúcar, cucharadas de azúcar. Me atrinchero en casa y no importa. 

4 mar. 2017

Cuando la música estalla en tu corazón - Parte I [Antecedentes de intervenciones colaborativas con músicos]

Al parecer, soy de las pocas personas a las cuales la música no le provoca nada en particular; no puedo citar grupos favoritos, no puedo recordar los nombres de los temas ni citar nada al respecto. Me gusta mucho mucho la música disco, siento que me hace feliz. Me gusta silbar "Carmen", puedo hacerlo bastante bien. Nada más puedo decir al respecto.
El año pasado y creo que casi por azar, recibí una invitación de parte de Michel Leroy -músico local- a una lectura colaborativa. Fui al evento y vi algo que no conocía, sentí un poco de temor. No recuerdo la razón exacta de ir y declinar leer, me devolví a casa unas horas después. El siguiente fin de semana fui, esta vez a leer. Al parecer, un par de días antes había enviado a Michel algunos textos, él los leyó y los comentó positivamente. Se acercaba la hora de leer. El cuento se llama "Pesimismo" (Aquí puedes escuchar la presentación), todo funcionó a la perfección ¡me sentí muy extraña! Salí un poco acalorada, acelerada y excitada; agradecí a Michel por la oportunidad. Volvimos a "unir fuerzas" un par de veces más. Siempre fue satisfactorio, siempre fue una experiencia fuerte.
No tengo explicación para la situación en sí: imagina, una chica que escribe narrativa y que no sabe mucho de música, leyendo en simultáneo con un chico que lleva mucho tiempo haciendo música ¡con excelentes resultados! Me cuesta un montón reconocer las razones, buscarlas en mi cabeza e intentar explicarlas. Todo esto pasó a lo largo del 2016.

Hay un antecedente, tampoco puedo explicar bien el cómo sucedió. Jorge Chávez -artista visual local- me pidió un texto para una presentación, una performance con actores, música en vivo, humo, luces y data. Ahí sí sentí mucho miedo. No había estado en un escenario con tantas personas interesadas viéndonos. El resultado fue "aterrador" de la mejor forma que se puede imaginar: solemnidad, un texto a ocho manos, silencio y expectación. Los aplausos me dejaron un poco mareada, feliz y atenta a una nueva sensación. (Aquí puedes ver la presentación). Esto sucedió durante el verano del 2015.

Un tercer paso -ya más definitivo- fue el que dimos (como editores de Revista Escarnio) con la presentación de dos performances músico-literarias: "El sur del relámpago. Literatura sobre la Antártida" (2016) y "Tenri" (2017). Pedimos apoyo a Felipe Cortés -músico y narrador local- para la composición e interpretación en vivo de algunos temas para una lectura dramatizada, él nos presentó a cuatro chicos con los cuales sentía afinidad al improvisar; así nace "Augusto ya no está a la moda" (grupo que no existía previo a las performance, conformado por: Roberto Aguirre, Mauricio Rojas, Carlos Wong, Rigoberto Orrego, Moira Vargas y Felipe Cortés. No tengo idea de las razones, pero estar con estos muchachos llenos de energía e ideas, me hace sentir feliz, cómoda, querida. (Puedes ver aquí la presentación "El sur del relámpago").

*Esta entrada es la primera parte de dos.

24 feb. 2017

Deja de tratarme como si fueramos buenos amigos

Pocas veces he sentido que otra persona me comprende, apoya, se compadece de mí, se preocupa y además escribe; todo junto y sin ninguna clase de intención solapada. Hace más o menos un mes, decidió que ya no me visitaría con tanta frecuencia, además que priorizaría sus proyectos personales. Abandonó un proyecto que manteníamos juntos desde hace ya muchos años. Durante meses fue irrespetuoso con mi labor de encuadernadora y, hasta cierto punto, fue abusivo con algunos pedidos que requerían más de dos días de anticipación. Cuando entendí que finalmente renunciaría, cuando me lo dijo por fin; me sentí destrozada. Un vacío tremendo se abrió dentro de mí y me ha costado casi un mes cerrarlo. Una de las cosas que me ofenden terriblemente es que las personas que me trataron bien mientras trabajaba con ellos, se vuelvan brutos cuando ya no hay proyectos en común. Por "bruto" no me refiero a golpes o insultos; sencillamente que se vuelven insensibles cuando hablan conmigo. Me inquieta que no sonrían ni que sean capaces de expresar nada más que hastío en sus rostros, que les diga "me duele esto y aquello" y lo único que atinen a decir es "siempre estás deprimida, todo te duele siempre"; mientras en el pasado intentaban, por lo menos, darme un dulce para que me sintiera mejor. La preocupación y el cariño -cuando vienen de mí- con frecuencia no son palabras ni regalos; son atenciones que sólo dedico a las personas a las cuales quiero. Cocinar galletitas con caritas felices y "salsa secreta", preparar Birdolina, ir a algún lugar especial que sólo conocen algunos, invitar a las personas a mi casa a compartir un té: ese es el tipo de cariño que me gusta entregar. Me cuesta un montón estar sola, aunque me gusta -hasta cierto punto-; ahora que fue todo repentino, me ha dañado mucho, siento que me abandonaron. ¿Qué más podría decir?... me gustaría que dejáramos de vernos, también que dejara de llamar y actuar como si fueramos buenos amigos; no me gusta que al despedirse (por teléfono y en persona) me diga "cuídate, que te vaya bien".

12 sept. 2016

Música para camaleones

Acabo de abrir un regalo que me dejó mi hermana, el libro "Música para camaleones" de Truman Capote. Conocí al autor en Biblioteca Viva, durante el lento transcurrir de un año absurdo. Grité "Conchetumare"... Música para camaleones... salí a encender un cigarro y comencé a leerlo de inmediato -como es digno del autor-. La madrugada de ayer domingo, decidí permancer despierta y acabar el pedido de diez ejemplares de una novela japonesa, confeccionada a mano con "Wa toji" (técnica "Yotsume Toji"), encuadernación japonesa recta cosida. Decidí quedarme porque era un desafío nuevo, jamás había encuadernado un libro de texto de 170 páginas, además debía entregarlo el día lunes y el mismo domingo no podría utilizar el taller. Advertí a mi familia que no había dormido y me comporté como se debe: intenté parecer interesada y comunicativa, mostré el libro terminado y me senté con ellos a pesar de que comenzaba a vencerme el sueño. 
Hace algunos meses se me infectó el pie y tuve que ir al médico, la razón de una infección podía ser un padecimiento tipo diabetes o una baja de defensas provocada por alguna depresión; no quise confesar que desde hace años padezco de periodos prolongados de tristeza -hace mucho que decidí no hablar de esto, desde que me dijeron que me lo inventaba y me "quejaba de llena"-, mentí diciendo que me encontraba bien de ánimo. Me obligaron a confesar cuántos cigarros me fumaba a diario, también mentí. Me enviaron a la nutricionista y también al kinesiólogo. 
El domingo, mientras comíamos, me preguntaron sobre el kinesiólogo, expresé que no quería ir. Es terrible sentir que necesitas de un montón de especialistas para "remendar" tu cuerpo. No quiero ir porque la forma de mi cuerpo no cambiará con ejercicios; mi espalda está encorvada por mi perpetuo sentir melancólico. Mis padres se enojaron porque no hablé mucho durante el almuerzo y comí poco. Más tarde me retaron por "ser como las weas": no conversar ni agradecer, ni sonreir, ni hacer caso. Pasé la tarde llorando e implorando diez minutos de calle para fumar. Durante la hora del té escuché "¿hasta qué hora te quedaste despierta haciendo esto (por la comida)? ¿y para qué? ¿para qué?". Me sentí como el cáncer de John, invadiendo una casa y una familia, algo que crece descontroladamente y que nadie quiere. Sacaron una torta del refrigerador con las velas ya puestas, al colocarla en la mesa le quitaron las velas sin encenderlas jamás. Salí con mi taza vacía, aguantando un sentimiento atroz, lloré un poco y gemí intentando no hacerlo evidente. Volví a sentarme a la mesa e intenté razonar con mi madre, fue difícil. Esperan de mí algo que no soy. Mi padre se paseaba y agregaba de vez en cuando "a mí no me interesa lo que hagai, pero piensa en tu mamá"; lo único que escucho de él cuando se presenta una situación incómoda, en que vuelvo a convertirme en un monstruo que rechaza el cariño, que no da la bienvenida a sus padres y que apenas habla porque se quedó trabajando por la noche para, al otro día, no ocupar la mesa en que come la familia. 
Hoy me siento como el cáncer de John, melancólica y jorobada, estallando en lágrimas y gemidos dolorosos cada vez que el gato me pregunta si estoy bien. Espero que "Música para camaleones" me regrese las ganas de hacer algo, cualquier cosa que no tenga que ver con recordar que soy un cáncer.

19 abr. 2016

Vanidad

Piensa en la palabra "vanidad", ahora lee el significado de la palabra que nos provee la RAE:

vanidad Del lat. vanĭtas, -ātis. 
1. f. Cualidad de vano. 
2. f. Arrogancia, presunción, envanecimiento. 
3. f. Caducidad de las cosas de este mundo. 
4. f. Palabra inútil o vana e insustancial. 
5. f. Vana representación, ilusión o ficción de la fantasía.

Estaba yo un día en la Feria del Libro, imagina un montón de gente que conoces, pero con la cual no puedes conversar porque se esfuman, siguiendo a grupos que van a por un pito o una chelita cada media hora. Converso con alguien a quien he visto y conversado un par de veces. Ha sido tema de conversación su evidente obesidad, peleas e ensultos por la falta de preocupación por su salud y bla bla bla. Llega un punto en que me dice: "no me preocupaba estar gorda, no estaba ni ahí, pero cuando se me empezaron a caer las cejas, fui a verme." Casi me caigo de espaldas. Una palabra para ese momento "vanidad". Desde ese momento, todo lo que me habían dicho de ella, lo que había conocido y sabía sobre su vida, cayó en picado hasta disolverse en el olvido. Jamás volví a verla con los mismos ojos. Como última idea al vuelo, me dije: por último, si alguien muere, que muera en su ley. Ya sea obeso, fumeta canceroso o putero. Si ser obeso no importa ¿por qué importaría que se te cayeran las cejas?

18 abr. 2016

Carrie - El caso del vestido de graduación

Me topé un día con la película "Carrie", la última adaptación que hicieron; no la había visto ni leí el libro, aunque sabía bien de qué iba (¿quién no?). Decidí verla porque recién había comenzado. Cuando llegaba ese momento en que va a un local comercial a comprar su vestido de graduación, viendo la vitrina y luego, escogiendo una tela preciosa, comencé a recordar mi propio vestido de graduación o la idea que tenía de cómo tenía que verse mi vestido, pues jamás lo tuve ni fui a la dichosa fiesta. Busqué una imagen en internet de Yūko Ichihara, la loquilla de la tienda de deseos del anime "XXXHolic", particulamente el vestido que lleva en la siguiente imagen: 


El primer obstáculo -que me apenó bastante- fue escuchar de boca de mi madre: ese vestido es súper difícil de hacer, no parece ni vestido. Mi respuesta fue: ...pero mamá, no lo quiero tal cual, ni sombrero ni sombrilla, ni tanta tela ni medias caladas, quiero algo que se le parezca; mientras pensaba "quiero algo bonito y único, armadito y coqueto. No esas weás que venden en las tiendas". A la semana había convencido a mi madrecita de comprar la tela y los botones dorados (que yo pagué) y de comenzar a confeccionar el vestido. No había llegado a encontrar la tela negra cuando llegó mi padre y dijo que aquel vestido era ridículo, no permitiendo que mi madre comenzara a confeccionarlo y prohibiendo que yo asistiera a la fiesta. La tela era preciosa, color crudo, transparente, vaporosa y con mariposas bordadas; acabó siendo una falda pantalón estilo indio que hacía juego con la blusa de mangas transparentes y drapeado en el frente. Aquel soso traje lo usé en la cena con compañeros de clase y todos los padres de éstos. Los botones dorados metálicos con un escudo en el centro, acabaron dando color a una chaqueta de cotelé negro: mi madre la hizo y me la envió en 2006, hace un mes la botó a la basura porque el negro se había teñido de rojo de tan vieja que estaba. El traje aún lo tengo, le guardo cierto cariño. Odié mucho tiempo todo lo relacionado con mis años de colegio, incluído por supuesto el jodido chasco del vestido; me dolió no tener ese único vestido, me importó nada no ir a la absurda fiesta.      

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