Antes de leer alguna entrada de "Cierto personaje acusado de alta traición":

18 de marzo de 2026

Gané tres veces y perdí tres veces.

A veces, cuando estoy esperando el semáforo verde en calle Balmaceda con Cordovez, dirigiéndome al norte y como primera en la calle, por la noche, cuando ambas aceras solo están iluminada por las farmacias 24/7 y las luces amarillas intermitentes de los vehículos, mis pensamientos vuelan a los instante de gloria y éxito que ahora -creo- tuve en el pasado. No sé por qué en ese lugar y bajo esas condiciones, pienso en eso.
Se me vienen a la cabeza las presentaciones (no las "normales", sino las performance), los colores fríos de las luces del escenario, la música, la cara de las personas que me acompañaron en el escenario; esos momentos que ahora pienso como mi punto más alto: publicación reciente y lista para mis lectores, visibilidad, escenario a mi disposición, carrera (literaria) en ascenso, vigencia, relevancia. A modo de dato extra, nadie me cuestionaba o me preguntaba qué iba a hacer; no había dudas de que el espacio que me daban se "pagaría" con todas las sillas llenas, incluso el espacio de los escalones, los pasillos y los lugares cercanos a los módulos editoriales. Tenía un montón de compromisos antes y después de presentar, apenas terminaba me hablaba alguien de prensa (de inmediato) y a las personas -en general- les gustaba mi puesta en escena; jamás pude enganchar una venta de libros decente (o sea, vender más de cinco libros, provocar que la presentación se tradujera en difusión real de mis libros o de las revistas que estaba confeccionando). No importaba mucho la venta, pero era un tema al cual le di muchas vueltas; tampoco está resuelto (creo que podría escribir al respecto en otra entrada). Esos fueron mis momentos "altos" y, hasta entonces, no me imaginaba que podía decaer en visibilidad; no por mi falta de ganas, sino porque el contexto cambió (se borro y reescribió), estoy pensando en octubre de 2019 y marzo de 2020. 
También recuerdo que muchas personas, conocidas o no, me invitaban a leer en cafés y otros eventos: colegios, charlas, entrevistas y otras. Mi visibilidad me permitía saltarme hacer mi propia publicidad como autora porque ya era pública, visible y tenía una historia concreta, comprobable (libros publicados, revistas en que estaban mis cuentos, plaquettes, fanzines y publicaciones colaborativas). Esa visibilidad que ahora es fácil ver en RRSS en perfiles completos dedicados a que otros vean tu cara, escuchen tus problemas (como creador), vendiendo tu cara porque eso se traducirá en ventas (se supone que sí, pero en la práctica es más complicado de lo que parece). No creía necesario mostrar mi cara antes de que la gente conociera mis publicaciones, los cuentos iban por delante. No era necesario que yo presentara o tuviera tantos espacios, finalmente la pega estaba hecha; ya tenía mis publicaciones a la venta y si alguien quería conocerme, estaba yo ahí vendiendo mis libros (y con muy buena disposición a conversar). Cada día me da más pudor que me tomen fotos, no lo creo necesario, no me gusta, me siento súper incómoda y siento también que arruino la imagen. Me salté mi época narcisista, me salté la época Fotolog, me salté los años de (auto)exposición en las primeras redes sociales que tuve, no practiqué mis caras, no identifiqué mi perfil bueno; no puedo ocultar mi incomodidad, no soy capaz de actuar que es grato posar para una foto porque no puedo mentir con la cara completa. Tampoco me ayuda mi aspecto: hace décadas tengo unas ojeras que un día se instalaron y no desaparecieron; tampoco ayuda que fume como carretonero porque ese veneno acentúa lo menos favorable en mi cara (a ojos de quien mira). Lejos de sufrir por esto -aunque te parezca que me quejo-, amo mi cara, amo mi pelo, amo mis manos (solo me refiero acá a las partes más visibles y públicas de mi cuerpo); no me cambiaría ninguno -en su totalidad- y tampoco modificaría algo chiquito. Lo siento, me di una vuelta que no iba al tema. 
En el semáforo pienso que alguna vez tuve mi punto más alto y no lo supe identificar en el momento en que pasó, tampoco nadie podría identificarlo en el momento ya que solo se aprecia en perspectiva; observando tu historia desde el presente, entiendes o, mejor, ves perfectamente -por contraste y resultados- cuál fue tu momento más bajo y cuál fue el más alto. No lamento no haber podido identificarlo o no haberlo disfrutado más; voy a que me inquieta pensarlo mirando al futuro. ¿Cuál será el punto más alto (en la totalidad de mi carrera literaria)? ¿Cuánto más alto comparado a estos momentos altos que son del pasado (o cuánto más bajo será en el futuro)? ¿Me alcanzará el tiempo para mirar al pasado y admirar esos momentos con tranquilidad? 
Estas últimas semanas me he pillado diciendo: "mi estilo de vida es mi plan de retiro", refiriéndome a que no pienso en un futuro donde viva mucho, por lo tanto no estoy tampoco preparándome para mi vejez. Quiero morirme de una vez, un cuetazo único. Eso también significa que no tengo tanto tiempo y quisiera alcanzar a mirar con tranquilidad -tanto al pasado como al futuro- todo aquello que recuerde; lo pésimo, lo malo, lo normal, lo bueno y lo excelente; quiero una experiencia amplia (todo lo que pueda vivir) con respecto a vivir (y mantenerme) como creadora. 
Por supuesto volví a perder el hilo. 
Gracias por leer.

8 de febrero de 2026

¿Qué harías si supieras que te queda poco tiempo?

Hace poco más de un año, oí a una mujer joven hablar sobre los reclamos de su madre por no encontrar un momento de tranquilidad para escribir. Quizás la palabra "tranquilidad" no es la apropiada o la exacta, pero por ahí me sirve para esta entrada.
Esta joven contaba que su madre, cuando estaba viva, reclamaba cuando estaba escribiendo (o intentando escribir), porque ella y su padre la interrumpían con asuntos caseros. La madre era autora y bastante joven cuando dejó el mundo. Quizás se quejó tanto o más que cualquier madre en cualquier parte del mundo: no poder sentarse un momento porque ELLA es la que resuelve el problema de todos, a toda hora, incluso asuntos domésticos que podría solucionar cualquier persona que comparta hogar con esa madre. Fuimos guaguas y niñxs, fuimos adolescentes y jóvenes, todxs molestamos a nuestra madre por asuntos absurdos (más de alguna vez), pero quizás no lo percibimos como "molestia" hasta que gritó o se enojó en serio, hasta que explotó en llanto o en ira. Alguna vez, todxs, hartamos a una madre. 
A veces pienso que se nos carga con demasiado, pero lo que escondemos o intentamos ocultar (desde asuntos importantes hasta asuntos ínfimos) tiene que ver con la idea de "no molestar". No molestes porque ayer sí necesitabas ayuda, pero hoy ya no la necesitas. No molestes porque ayer eras una niña, pero ahora eres adolescente y algo debiste aprender de tanto ver que tu madre hacía todas las cosas en casa y ¿qué diablos? se supone que sabes lo que debes hacer o pensar o, por último, deberías saber que casi todo lo que haces o dices, en algún momento lleva a tu madre al hartazgo. Ellas mismas se aguantan calladitas, tú también aprender que es mejor aguantarse calladita -aunque tú no decidiste eso, solo lo aprendiste porque lo viste y tu madre lo vio también y su madre y su madre-. ¿Alguna vez tu madre te dijo que la tenías harta? ¿Alguna vez te gritó para que dejaras de molestarla porque estaba haciendo algo importante mientras tú solo estabas creciendo y no sabías cómo lidiar con eso porque eras una niña o una adolescente. 
¿Hubiera cambiado algo si esta chica hubiera entendido (a tiempo, en su infancia) que su madre necesitaba tiempo para hacer algo que amaba, algo que la llenaba, algo que le era imposible hacer tranquila porque estabas tú? ¿Habría sido más amable la madre si hubiera sabido que le quedaba poco tiempo? ¿Hubiera elegido escribir más o abrazarte más? ¿Hubiera cambiado algo saber que te quedaba poco tiempo? 
Yo me callo, pero también digo mucho. Creo que decir -tal cual- cuáles son tus deseos (de tiempo a solas, de tiempo para tus pasatiempos, de tiempo para escribir, de tiempo -incluso- para hacer nada) no es dañino, siempre y cuando se diga siempre, desde el primer momento. Es terrible pensar que jamás notaste que tu madre tenía una vida que no giraba en torno a tu crianza o a la pareja o al cuidado del hogar, que también sentía miedo o que quería estar sola esa tarde o durante esa semana en que te gritó porque no dejabas de hablar y pedir y correr por la casa o ese día en que no fuiste capaz de lavar una taza o encerrarte un rato en tu pieza.
En algún punto de la vida igual noté que harté a mi propia madre. 
No es malo decir, expresar, transmitir (desde el primer momento) que necesitas un momento a solas, que quieres que todos desaparezcan (aunque sea solo un día), que es humano desear hacer algo por ti y para ti sin que sea útil a un hijo o a una pareja (o a un hogar). ¿Por qué tanto silencio? ¿Para qué esperar a que alguien te colme la paciencia para decirle "estoy ocupada"? 
No tengo la razón, pero tampoco estoy equivocada. 
No quiero haberme callado algo que me gusta, quiero que lo sepan todos quienes me rodean y quienes están cerca; quiero que las personas que me importan sepan lo que me gusta hacer; quiero que no sea "una sorpresa" cuando ya no esté aquí. Todos es "quiero, quiero" porque solo puedo expresarte esa parte, no puedo meterme en tu cabeza para accionar(te) como yo lo haría. 
No quiero irme sin que escuchen -con mi voz y de mi boca- lo que me gusta hacer y lo que no. Interrumpe, no hay problema, pero sabiendo lo que hago y lo que hago es importante. 

PD: son las 6:42 (am), puede que no pueda escribir bien mis ideas -a esta hora-.







19 de enero de 2026

Epifanías u ¿horrores?

Hace rato ya que debí escribir esta y otra entrada, pero me demoré y quedará como una especie de reflexión doble.
1.- Un día pensé en que ya había pasado mi momento más high, o sea, el momento en que fui muy conocida, en que hacía de todo (digamos presentaciones guays) y que solo me había dado cuenta porque, mirando atrás, ahora estaba más calmada y no sentía muchas ganas de pegarme el show. De todos modos esta epifanía llegó a finales del 23 y a mediados del 24 me pegué otro show (aunque improvisado) y creo que traumé a algunas personas, tanto como el último show que me pegué en la feria del libro de la serena en... no recuerdo en qué año, pero sé que ese año presenté "Viaje cianótico". 
2.- Jamás sabré cuál será mi momento más "alto" y cuál será mi momento más "bajo". Cuando muera no podré saberlo tampoco porque no seré capaz de revisar mi historia, lo harán otros (si es que despierto el suficiente interés para que alguien revise mi historia). También me pasará con los libros publicados, jamás sabré cuál será el mejor y el peor, no podría jamás comparar o ponerme a evaluar porque no sabré nunca cuál será mi último libro; es más ¿alguien publicará algo mío después de que muera? ¿Cuál será el último libro que alcance a publicar en vida? 

No piensen mucho en eso, todavía estoy preguntándome si estoy es importante o triste. 

27 de diciembre de 2025

Quejas navideñas

Me regalaron una caja (madera con vidrio) llena de un té que no he probado (no es el que me gusta). Me sorprendí por el contraste: yo pensé en un regalo para cada persona de mi familia, fui a comprarlos, los envolví y los regalé... A mí me dieron una caja para té (que no necesito), llena de té (una marca que no me gusta). Ok. No tengo ni un problema en no recibir un regalito, en ese caso me da lo mismo. Esta cajita tampoco hubiera sido problema, pero el que me la regaló tenía que agregar: "no te portaste bien este año". No se me ocurrió ninguna razón para que lo dicho fuera válido... Lo que se me ocurrió fue mi falta de tiempo y, como consecuencia, reunirme poco con mi familia; por lo tanto respondí "he estado trabajando". De inmediato lanzó de vuelta: "todos trabajan". No sé por qué tuvo que agregar palabras al dichoso regalo, no había ninguna necesidad de agregar algo más. Se hubiera quedado todo (en mi cabeza) como un regalo inútil, innecesario y torpe: hace muchos años que no me regalan algo que me guste, algo que me haga pensar que me conocen, ponen atención a mis gustos o siquiera se toman un poquito de tiempo para elegir algo que pudiera gustarme. Hasta ahí parece exagerado ¿O no? Acá viene. 
La gente adulta en mi casa ¿aborrece mi trabajo? En mayor o menor medida, lo que he escuchado (de frente y dicho a otros) y también se les ha "salido".
1.- Hace un par de años, escuché (en un cumpleaños) que mi madre le contaba a alguien de la familia (extendida) que mi padre se sentía decepcionado de mí. Yo no estaba escuchando a escondidas o fue por casualidad, mi mamá estaba a menos de un metro de mí y contó eso como si fuera lo más normal del mundo. 
2.- Un día cualquiera, peleando de seguro (aunque no recuerdo por qué), me dijo que me consiguiera un trabajo de verdad. 
3.- A lo largo de los años, me han dado a entender que no saben lo que hago y tampoco saben de dónde chucha saco plata. 
4.- Varias veces he tenido que escuchar: no me interesa lo que hagas, no me interesa tu trabajo. 
Me sorprende que estar muy ocupada y tener poco tiempo (por mi trabajo) sea equivalente a "nada". Me dolió.
¿Sabes? El otro año voy a hacer lo que se me antoje y no volveré a comprar regalos de navidad y tampoco pienso pasar otra jodida fiesta en esa casa. 
PD: hasta ahora y desde que trabajo en Taller Editorial Me pego un tiro (2013), 2025 ha sido mi mejor año. 

26 de diciembre de 2025

Deseando el amor

¿Sabes? El domingo pasado me reuní con un amigo, él se irá a otro país dentro de poco. Debo declarar que es más que un buen amigo, es maravilloso haber tenido la oportunidad de conocerlo. 
Desde que recuerdo, me han llamado la atención las personas que saben cosas que yo no: en música, literatura, arte, lo que sea en realidad. Tampoco es que yo me considere experta en algún área, o sea, no es que codicie los datos que desconozco en mi área de interés (tampoco es envidia o celos lo que siento); es algo que, creo, es cercano a la admiración. Cuando escucho a las personas hablar de lo que saben, siento felicidad; quizás me gusta la sensación de felicidad que me produce que alguien hable de lo que sabe, además (por supuesto) de tener la oportunidad de saber algo más, "obtener" un dato es un detalle dentro de la experiencia de oír a las personas que admiro. 
Con este amigo me pasó mucho. En algún momento parecía que, cada vez que nos veíamos, decía algo que yo desconocía y lo amaba por eso; nombres, escritores, datos, cosas curiosas, de todo un poco, algo liviano mezclado con datos precisos que me llevaban a preguntarme a qué hora este ser humano había dado con esto o aquello. 
Ahora mismo me siento muy triste porque se va, es un sentimiento que tiene que ver completamente conmigo, con el amor que siento por él, con la admiración que se me desborda y el gran vacío que me veré obligada a sentir. Me cuesta poner "el sentimiento positivo" por delante -en serio se me dificulta-, ese sentimiento de orgullo, de amor profundo y admiración, una sensación de felicidad porque se va, porque no estará solo y porque continuará escribiendo maravillas. 
Quizás la admiración tiene que ver con que escribe y ha publicado, pero no se da color: no habla de sí mismo como alguien que escribió tal o cual cosa, como el que es  reconocido y ha sido premiado, sino que continúa siendo el mismo que conocí. 
Me gusta porque es ambicioso, metódico, enfocado y terco; yo no tengo lo suficiente (de ninguna caacterística) como para lograr lo que él ha logrado.
A todo esto, con esta despedida tan reciente, veo esa diferencia y me produce tristeza. Insisto: me siento feliz por él, pero siempre aparece la tristeza por delante.
No se me ocurre otra manera de expresar lo que siento ahora mismo. Intenté explicarlo, pero hasta acá no me quedó como quería... Quizás para la próxima. 

19 de diciembre de 2025

Me caí de culo tres veces en 2025

 Hace algunos meses "un pajatito" (como lo denominó el amigo de la grúa de motos) me botó de mi moto mientras estaba circulando a bajísima velocidad, iba a visitar la casa de mi familia. Yo no lo vi venir, iba como siempre, incluso aliviada porque en la misma calle a veces me sale un perro estúpido -que me odia- y ese día estaba encerrado. Yo venía sola por mi lado de la vía y el autito verde metálico del pajarito venía detrás de un auto que yo vi de frente, cerquita, casi pegado a la cola. Cuando deje de ver el auto que venía de frente, pero en la vía contraria, apareció el auto chiquito y viró sin fijarse. Me golpeó el lado izquierdo de la moto, en la parte de atrás y yo caí de culo en el cemento. Creo que mi "conchetumare" se oyó a muchos metros, mi voz se ha hecho más grave con los años y llevo como tres años gritando "aló" desde muchos antejardines serenenses y coquimbanos porque hago delivery de libros; mi voz se ha hecho más audible. No estaba insultando al pajarito, grité al cielo insultando quizás a mi mala suerte, pues yo no había provocado el accidente, tampoco se me ocurrió pararme a pelear con el pajarito, tampoco es que me doliera o sintiera que algo había dejado de funcionarme... además quedé de espaldas, con una pierna en el suelo y la otra encima del asiento de mi moto ladeada. 

Cuando hay accidentes, caídas o choques en la vía pública, quien más siente empatía por tu estado es el conductor que maneja el mismo vehículo que tú. Me ayudan (u ofrecen ayuda) peatones cuando me caigo en la calle caminando. Me ofrecieron ayuda motoqueros cuando me quedé botada en el paso sobre nivel de Peñuelas. En bici quizás es la excepción, una vez me levantó un curao, otra me levantó un bombero de una bencinera y, en la otra, el muchacho con el cual choqué de frente -bici contra bici-. Ahora me vieron varias personas mayores (hombres) y por el susto no atiné a pararme al tiro o a aceptar su ayuda. Les dije que me dieran un minuto y me disculpé con el pajarito porque ese insulto fuerte no era para ella y noté que también estaba muy asustada -además sabía que había sido su culpa-. 

Al rato me paré, me ayudaron a levantar mis cosas y la moto. No pusimos más lejitos del cruce de las calles en donde me había botado el pajarito y hablamos tranquilamente. No fue grave, no nos fue mal. Después del susto la moto no encendía, así es que llamé al amigo de la grúa y le dije al pajarito el valor  y que la contactaría para cobrarle los costos (si es que la moto estaba dañada). Me transfirió 30.000 y quedamos en contacto. Se fue. Cuando llegó el amigo de la grúa, me pidió permiso para revisar la moto y me explicó que no encendía porque estaba "ahogada"; quemó un poco de bencina y la echó a andar. Me cobró 20.000 por el pique y el arreglo, si hubiera usado la grúa me habría costado 25.000. Agradecí al amigo de la moto y a un caballero que me ayudó a parar la moto, luego seguí con mi asuntos. En la noche le escribí al pajarito para contarle que la moto estaba bien, que el amigo me había cobrado menos y que me tomaría un buen café con el resto del dinero; me agradeció que le contara el final de toda la historia. Demás que seguía nerviosa (aunque le mesanjeé horas después), me agradeció el gesto y me deseó un buen cafecito.

A pesar de que me caí sobre una de mis nalgas y no me golpeé el resto del cuerpo, me sentía un poco apaleada, el susto decía yo. Al otro día y durante una semana tuve un moretón, pero sentía el cuerpo renovado; cuando le conté a mi hermana sobre la caída, mencioné que se me había realineado "para bien" el cuerpo o algo como que se me habían alineado los chakras (no recuerdo bien), pero el punto era que no sentía más achaques de los que tenía antes del golpe, sino menos. Yo no sé si seré masoquista o algo, pero esos tres elementos: golpe, susto y alivio, como que me hacían falta y mi cuerpo lo agradeció curándose y mi cabeza me agradeció olvidando cualquier mierda irrelevante que me estaba quitando atención de los asuntos importantes. 

Hace un par de semanas me caí en el patio. Una caída muy tonta. Se me resbaló un pie en una bajada de tierra (que tenía algunas piedrecitas sueltas) y quedé sentada; me golpeé el culo y el codo del brazo derecho. Tenía un vaso con café en la otra mano y apenas se derramó porque caí con el torso recto. Me asusté un poco por mi torpeza, no recuerdo haberme caído así, resbalándome por un camino que conozco bien, que incluso puedo recorrer con los ojos cerrados o por la noche sin usar linterna. Me sentí un poco "vieja" ¿acaso me estaban fallando las piernas? ¿acaso me sentía tan cansada que no estaba poniendo atención? ¿acaso estaba tan colapsada por el cansancio que mi cerebro había olvidado esa bajadita? ¿estaba distraída? No sé, pero me pasó lo mismo, me sentí aliviada después del sustito; me sentía mejor que antes de la caída; aliviada de la cabeza y sin dolor en el cuerpo.

Hace unos días me caí en una escalera, en una tienda del centro. Una mala combinación entre suelas lisas y resecas de unos zapatos viejísimos; una escalera antigua y resbalosa de piedra; una distracción entre una llamada y una búsqueda infructuosa en un bolsillo; y, por último, no poner atención y poner el piloto automático para hacer algo que creía poder hacer a ojos cerrados porque me siento muy cansada. Estaba súper preocupada por la persona que iba a mi lado más que de mí. La escalera tenía quizás 20 peldaños y me resbalé a la mitad, mi trasero me hizo rebotar hasta el último. Fui muy rápido como para alcanzar a actuar, así es que miré a la persona que iba a mi lado y le pregunté si estaba bien. Todo bien aunque se golpeó un brazo. ¿Me puedes abrazar? le pregunté. Y me dijo que no quería porque estaba bien. Insistí en que me diera un abrazo y le dije que era yo quien lo necesitaba. Dentro de todo, me alegré que no hubiera nadie más, que nadie me viera ni nadie intentara ayudarme; creo que me hubiera puesto a llorar de la vergüenza. Finalmente lo mismo, alivio. 

Pensándolo un poco, quizás y solo quizás, lo que he estado viviendo estos últimos meses -en mi trabajo- ha sido tan repetitivo y poco desafiante que estas caídas sorpresivas le han brindado a mi cerebro algo de estímulo ¿positivo? ay, no sé cómo explicarlo. Creo que sentiría un alivio enorme si estos pequeños accidentes fueran "medianos", si estos machucones fueran cortes o huesos rotos, si las caídas se transformaran en reposo, largas horas de sueño o un poco de atención.  

4 de diciembre de 2025

A propósito de Confesión I

En el último año me ha tocado –desgraciadamente- pensar harto en el concepto de amor. Por una u otra lectura (por pega o por placer), por escuchar (con o sin intención), por verlo en donde pongo la mirada. En algún momento pensé mucho en la clase de amor que he vivido y en la clase de amor que me gustaría vivir; en qué me gustó y qué aborrecí. De ahí aparece lo del posteo anterior. No recuerdo otra etapa de mi vida en que me fijara tanto en las expresiones de amor público, donde miro las veo y siento tristeza por no haberlas vivido antes. Creo que la vergüenza ha teñido cualquier intento de declarar amor, cualquier muestra de afecto mínimamente abierta al ojo de algún extraño. ¿Acaso es otro asunto el que ha impedido ese breve goce afectivo?

Quizás es algo que viene desde muy atrás, incluso desde antes que alguien me viera el cuerpo. Cuando era escolar me comparaba mucho con las chicas “deseadas”, las que casi todxs considerábamos lindas (en su aspecto exterior); yo era un asco en comparación. Encontraba lindas a las bailarinas –había una academia de danza en el colegio- porque eran delicadas, suaves en los gestos incluso fuera de la clase. Encontraba lindas a las chicas delgadas (onda, como referencia, el cuerpo de la Britney colegiala), quizás porque ellas usaban ropa más ajustada, se sentían mejor con su cuerpo y no sentían vergüenza de sí mismas, porque se les veía más piel y podía seguir con la mirada esa silueta definida que yo no encontraba en mí. Encontraba lindas a las chicas que usaban falda porque ni se preocupaban de nada, vestían falda como la propia piel, con elegancia y comodidad. Me gustaban las chicas con piercing, con tatuajes, con aros, con pelo largo, con seguridad de andar con poleras ajustadas o con el valor de llevar algo encima algo “fuera del reglamento”… al final todas tenían algo que admirar o encontrar lindo, pero yo no lo tenía. Ni gracia ni talento ni buenas notas ni buen carácter ni amor propio ni falda ni piercings, no destacaba en nada, no era querida por nada, no era buena amiga ni sabía algo que me hiciera útil. Si no reconocía nada bueno en mí, nada deseable o admirable ¿quién iba a querer o amar algo de mí (o amarme, quererme, admirarme)? Qué imbécil fui. Por supuesto que tampoco dije “me gusta este o aquel, incluso esta o aquella”, si yo era una vergüenza con patas, quien me gustara también iba a cargar con esa vergüenza, con el asco y todo eso; la gente se burlaría (aunque me rechazaran), decidí dejarlo en mi cabeza. “Los bonitos con las bonitas, los músicos con las cantantes, las excelentes con los destacados”. 

¿Por qué no me atreví siquiera a vivir un amor adolescente? Sería mucho peor la vergüenza que sentía de ser yo, el pánico de que la gente supiera (ya sea por éxito o fracaso), el que yo creyera firmemente que la privacidad en el ambiente escolar no existía, la seguridad del rechazo y de la burla, casi imaginando la burla constante a mi espalda y a la espalda del pobre desgraciado sobre el que pusiera mi ojo de monstruo. 

Hace un par de años (me parece), hablando con una amiga mayor, me preguntaba cómo era posible que una muchacha sintiera asco de sí misma. Me explico, ella conocía a una escolar y le oyó decir eso de sí misma; en algo que escribí, percibió esa misma idea, por eso hablamos el tema. Ella veía linda a la escolar, también a mí (no en el mismo contexto, por supuesto); tenemos algo que ella ya no percibe en sí misma, pero que vivió y gozó cuando fue escolar y cuando tenía treinta y tantos años. Hablé harto con ella, pero no creo que entendiera lo que intenté explicarle. 


30 de noviembre de 2025

Confesión I

 Hace unos meses, delante de un grupo de personas más jóvenes que yo –si acaso a la que conocía más, quizás llevábamos menos de 5 años en contacto amistoso-, entre tragos de vino y decenas de cigarros de colores y sabores, confesé casi llorando que no me habían mostrado con orgullo (ahora mismo no lo vas a entender, pero lo explicaré, aunque todavía me produce una profunda pena). 

No recuerdo bien si yo guié el tema por esos caminos, esos que te obligan a contar experiencias en el amor; ve tú a saber, no puedo retener tantos detalles. El asunto es que hace tiempo (años o quizá una década) que arrastro un montón de sensaciones bastante asquerosas dentro del pecho y la guata. Sé que no es bueno (para mí ni para otros) darle “vuelta” a los asuntos que no pude resolver en el pasado o que me dolieron (pero que decidí dejar ahí en suspenso), porque al final era menos doloroso ponerle stand-by antes de intentar siquiera solucionar. Y ahí se quedaron esos asuntos que me provocaron dolor y que aún me duelen profundamente. Mencioné que quizás yo guié la conversación hacia el tema porque, desde mucho antes, quería contarle algo a alguien (quien fuera), pero también sentía que tenía que pasar fugaz, quería que se recordara en medio de la bruma alcohólica, en medio de la turbiedad de una conversación casual; no sé si lo planteé, no sé si llegamos ahí porque comencé a preguntar (“casual”) o porque a alguien le dio por hablar porque quería hablar. Quizás –pensándolo un poco- hasta me aproveché del momento. Me dije: bien, total ¿quién se va a acordar de esto? ¿quién podría preguntar más o indagar? ¿para qué? Yo tampoco es que recuerde mucho, pero me quedé con la impresión de que el chique más joven simplemente soltó algo a medias –tan honesto y sencillo que casi voy a abrazarle-; hay otro que habló (y siempre habla) con un cariño que no puedo compartir, un amor que te atraviesa de lado a lado el corazón y te hace sentir una envidia tremenda, lo entiendo y lo envidio, pero no sería capaz de amar como él ama; otra chica, la que conozco más, es determinada, valiente, hizo un compromiso consigo misma y lo cumplió –a pesar de lo difícil que es cumplirse en la adolescencia-, admirable a todo esto. Yo solté un recuerdo, un “hecho” digamos, que se ha repetido varias veces: ¿saben? ¿les puedo contar algo? –les dije, intentando provocar algo de complicidad con ellxs, creo-. He tenido “parejas” en la vida, más bien “personas” con las que he entablado una relación más íntima y personal, pero ninguno me ha mostrado con orgullo; no me han tomado la mano en público, no me han anunciado como “es mi pareja”, “es mi compa” o “estamos saliendo”, “andamos”, “nos amamos”. ¿En serio?, me preguntó la chica; en serio y creo que sintieron vergüenza de estar conmigo, creo que nunca fui lo suficientemente linda, atenta, amorosa, dedicada, honrada, leal, decente, preocupada, abnegada, honesta; no sé, como que no estaba a la altura de una relación o no era digna de reconocimiento público. Por supuesto que eso no lo estaba pensando cuando me pasó, solo eran recuerdos, no impuse el trato que deseaba recibir, sino que me adapté al trato que querían darme; no fui exigente con las “demostraciones públicas” (no me interesaba realmente). Una vez no pasa nada, cada uno tiene sus particularidades; tampoco es culpa de nadie, no fue algo que se habló, acordó o pensó siquiera (o eso creo recordar). Todo esto me comenzó a hacer ruido mucho mucho tiempo después, digamos este año (a mediados de año, creo). No fue una, fueron varias y eso me preocupó, me hizo desempolvar esos recuerdos y preguntármelo. No había una buena razón, tampoco una mala razón; no había algo hecho, sino algo que no se hizo y, lo que fue curiosidad al principio, se convirtió en tristeza. ¿Por qué? ¿por qué? ¿por qué no a mí? ¿En dónde está mi jodida historia de amor? ¿en dónde están mis recuerdos del amor público? 

Quizás por eso sentía envidia cuando un amigo me contaba (y se daba el trabajo de explicarme) que con x chica eran compañerxs –y no “su pareja”, no “su polola”. Por eso me dio tanta rabia cuando otra chica se fue y yo casi le pego a su pareja porque ella caminaba a casa y él había decidido quedarse bebiendo conmigo (¡No weón! El amor es lo más importante, yo pago la cuenta, después invitas tú. Corre, anda, alcánzala); ahí no sentí envidia, sino pena, ganas de llorar. Cuando estos chicos me contaron las historias de amor, sentí ganas de llorar de felicidad; pensar que terminaría amando esas historias de amor público y orgulloso. El otro chico, hace poco, hablándome –demostrando que era algo cotidiano y natural para él- sobre el amor que le tenía a su polola, que la amaba, que la adoraba, que tomaba acciones a diario para cuidar ese amor. Convencida de que debía decir algo porque admiro ese tipo de amor en la misma medida que lo envidio, dije que era hermoso cómo se expresaba de su polola y de su relación con un tono de voz incorrecto, como queriendo matarlo mientras lloro y me imagino todo lo que cuenta. Ah. 

Me dolía (y de seguro va a seguir doliendo), pero al decirlo, lo exorcicé un poco, lo vomité entre humo y gotitas de saliva con tinto, solo para comprender que –si me vuelvo a involucrar con alguien- me adaptaría al designio de la otra persona, no pelearía, me sometería a la clase de amor que quisiera darme porque aún no sé nada del amor.          

2 de julio de 2025

Una y otra vez

Hace algunos años recordé un animé que nunca vi completo, tenía algunos recuerdos de la trama y, según yo, me había gustado; lo busqué, encontré y lo vi… me arrepentí mucho. En ese entonces prometí no volver a ver monos viejos de los cuales tenía un buen recuerdo, pero algunos años después lo volví a hacer (esta vez con un mono que debí ver más chica, pero no encontré en ese momento); también fue un error, me volví a arrepentir. 

En youtube hay un montón de monitos viejos (de los 90) completos y algunos en “latino”, pero lo pienso antes de ver alguno. En los dosmiles vi algunos que recuerdo mejor, o sea, no tengo excelentes recuerdos de la trama, pero ese recuerdo es más fiel a mis recuerdos de infancia sobre este o es monito. 

No me pasa con las series y las películas que me gustaban mucho, esas sí las he visto de nuevo y las sigo encontrando geniales; de eso escribiré algún día, si es que recuerdo hacerlo. 

Hay algunos monitos que vi en mi veintes y me gustaron harto, yo flipaba en colores en ese tiempo y ahora me siguen gustando mucho, he visto varias series muchas veces (más de 15 veces) y me quedaré siempre con ese gustito porque me siguen gustando. 

Hay un monito que me gusta en particular. Hasta hace poco también leí el manga (que ni idea que existía) y eso no lo volvería a leer. El monito sí lo veo mucho, me gusta un montón y no es una trama complicada, tampoco es buena la animación, de hecho es bastante lejano el animé del manga; aun así me gusta bastante. 

Yo creo que me gustó porque ahí aparece un personaje que se me hacía el ideal para “replicar” en la memoria, en mis fantasías sobre el futuro, la idea de “me encantaría ser así”. Es bastante seductora la idea de poder ser alguien más sin pasar por lo que pasó ese personaje para ser así (al final sé que es un mono animado y forjamos el cómo somos por lo que nos pasa, no por lo que le pasa a otra persona). 

Así me la paso pensando en que me encantaría ser así, pero cada año es más difícil soñar con ser alguien así; aunque no me deja de gustar la idea. En mi casa, mientras hago una que otra cosa para la satisfacción personal, me imagino en su pellejo, haciendo lo que hace (en el animé) y creyendo vivir algo que remotamente se parece. A veces me gustaría haber sido otra persona (no alguien en particular, tampoco ese personaje), se me queda la idea en la cabeza y puedo disfrutar esas fantasías que todxs debiéramos permitirnos disfrutar

28 de junio de 2025

Sobre los detalles

Vi a alguien, más bien la observé, haciendo esas cosas que son propias de las personas mientras conversan, sin pensar mucho, sin fijarse en los gestos que les son tan naturales porque no los notan. Evité mirarla mucho porque sentía vergüenza, me sentía rarísima. Sentía que no merecía tanta atención, no merecía esos abrazos tan cálidos, ese ofrecimiento constante de té o café; es más, tampoco lo que le estaba contando me parecía que debía escucharlo (aunque lo hizo), son temas que me complican un montón, ahora siento que no debí contarle.

Hace algunos días le pregunté si podía ir a “webiarla”, me dijo que no. Un par de horas después, me dijo que sí podía ir al día siguiente o al siguiente; terminó su mensaje escribiendo que me extrañaba. Yo estaba con alguien más y sentí que se me calentaban las mejillas, me reí porque me sentí nerviosa. En ese momento, aunque estaba con alguien más (de mucha confianza).

Estuve pensando todo el día en que quería ir a verla, era lo único en que podía pensar. Llegué medio aturdida por cansancio, por quedarme mucho rato en la calle, entre que terminé el taller y llegué a su casa. Me sentía muy feliz hasta que comenzamos a hablar de esas cosas que no debí contarle (y le conté por desesperación) y otras que tratan de trabajo (esos asuntos sí que debo compartirlos y conversarlos con ella). Después de hablar de esos temas incómodos, ya no pude disfrutar esa larga conversación, me di cuenta cuando se tomó el pelo y lo sujetó brevemente (me gusta ver su rostro, pero se veía muy distinta con el pelo tomado). En algún momento dejé de mirarla, sentí vergüenza de mostrarme tan vulnerable, asustada, aterrorizada por un asunto en que no debí involucrarla. 

Sí que tiene el rostro lindo. Con el pelo tomado se le notan más las líneas del hueso de la mandíbula. Lo hizo dos veces o lo hizo más, pero lo noté dos veces porque no podía mirarla por sentirme rara. Esa extrañeza con el propio cuerpo, desear esa conversación, pero no poder disfrutarla. 

Quizás ni debí bajarme de la moto, quizás era mejor quedarme ahí un rato a pensar mientras respiraba para decidir mejor. Estacioné “chueca” la moto, me bajé y me apuré para encontrar la puerta de su casa; anhelaba ese abrazo que me parece gigante, que me regala porque siento que, de algún modo, me quiere. Ahí noté que no disfruté ese abrazo. ¿Qué pasó? 

No sé si estoy tomando distancia porque me he tomado dos años analizando fracasos personales en relaciones de todo tipo; en una de esas me dejé llevar demasiado y me dio resaca química; quizás va más allá de la vergüenza; podría ser que solita me estoy conteniendo pa no embarrarla.