Antes de leer alguna entrada de "Cierto personaje acusado de alta traición":

4 de diciembre de 2025

A propósito de Confesión I

En el último año me ha tocado –desgraciadamente- pensar harto en el concepto de amor. Por una u otra lectura (por pega o por placer), por escuchar (con o sin intención), por verlo en donde pongo la mirada. En algún momento pensé mucho en la clase de amor que he vivido y en la clase de amor que me gustaría vivir; en qué me gustó y qué aborrecí. De ahí aparece lo del posteo anterior. No recuerdo otra etapa de mi vida en que me fijara tanto en las expresiones de amor público, donde miro las veo y siento tristeza por no haberlas vivido antes. Creo que la vergüenza ha teñido cualquier intento de declarar amor, cualquier muestra de afecto mínimamente abierta al ojo de algún extraño. ¿Acaso es otro asunto el que ha impedido ese breve goce afectivo?

Quizás es algo que viene desde muy atrás, incluso desde antes que alguien me viera el cuerpo. Cuando era escolar me comparaba mucho con las chicas “deseadas”, las que casi todxs considerábamos lindas (en su aspecto exterior); yo era un asco en comparación. Encontraba lindas a las bailarinas –había una academia de danza en el colegio- porque eran delicadas, suaves en los gestos incluso fuera de la clase. Encontraba lindas a las chicas delgadas (onda, como referencia, el cuerpo de la Britney colegiala), quizás porque ellas usaban ropa más ajustada, se sentían mejor con su cuerpo y no sentían vergüenza de sí mismas, porque se les veía más piel y podía seguir con la mirada esa silueta definida que yo no encontraba en mí. Encontraba lindas a las chicas que usaban falda porque ni se preocupaban de nada, vestían falda como la propia piel, con elegancia y comodidad. Me gustaban las chicas con piercing, con tatuajes, con aros, con pelo largo, con seguridad de andar con poleras ajustadas o con el valor de llevar algo encima algo “fuera del reglamento”… al final todas tenían algo que admirar o encontrar lindo, pero yo no lo tenía. Ni gracia ni talento ni buenas notas ni buen carácter ni amor propio ni falda ni piercings, no destacaba en nada, no era querida por nada, no era buena amiga ni sabía algo que me hiciera útil. Si no reconocía nada bueno en mí, nada deseable o admirable ¿quién iba a querer o amar algo de mí (o amarme, quererme, admirarme)? Qué imbécil fui. Por supuesto que tampoco dije “me gusta este o aquel, incluso esta o aquella”, si yo era una vergüenza con patas, quien me gustara también iba a cargar con esa vergüenza, con el asco y todo eso; la gente se burlaría (aunque me rechazaran), decidí dejarlo en mi cabeza. “Los bonitos con las bonitas, los músicos con las cantantes, las excelentes con los destacados”. 

¿Por qué no me atreví siquiera a vivir un amor adolescente? Sería mucho peor la vergüenza que sentía de ser yo, el pánico de que la gente supiera (ya sea por éxito o fracaso), el que yo creyera firmemente que la privacidad en el ambiente escolar no existía, la seguridad del rechazo y de la burla, casi imaginando la burla constante a mi espalda y a la espalda del pobre desgraciado sobre el que pusiera mi ojo de monstruo. 

Hace un par de años (me parece), hablando con una amiga mayor, me preguntaba cómo era posible que una muchacha sintiera asco de sí misma. Me explico, ella conocía a una escolar y le oyó decir eso de sí misma; en algo que escribí, percibió esa misma idea, por eso hablamos el tema. Ella veía linda a la escolar, también a mí (no en el mismo contexto, por supuesto); tenemos algo que ella ya no percibe en sí misma, pero que vivió y gozó cuando fue escolar y cuando tenía treinta y tantos años. Hablé harto con ella, pero no creo que entendiera lo que intenté explicarle. 


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