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2 de agosto de 2024

Necesito quejarme y juro que solo es eso.

¿Sabes? me siento muy enojada por un montón de cosas, pero siento más el enojo porque me ha tocado tragármelo aun sin quererlo... sintiendo también ganas de hablar de esto, pero sin tener a alguien que me escuche. Sé bien que me quejo re-mucho, pero necesito quejarme "pa juera", no así con mis asuntos felices, esos me los puedo comer bien y disfrutar en soledad (y sacarlos como cartitas sorpresa cuando quiero que alguien sienta culpa o se arrepienta de weás que ha dicho). 

Desde el 2021 he sentido ganas de volver a reunirme con Los Viajeros y no necesariamente con los Viajeros que conozco, extraño mucho conversar con otras personas que quieran escribir cuentos porque siempre aprendo de los que conozco (sean jóvenes o mayores, hombres o mujeres, conocidos o no, tengan un largo camino escribiendo o apenas empiecen a hacerlo). Supongo que es el roce social, tener un tema común, aprender, conocer, conversar, desafiar a alguien, mirarlos a la cara y hacerlos sentir incómodos, que me odien y sigan yendo; me encanta y lo extraño. Ahora, eso de extrañarlos, me hace sentir un poco triste y poco más. Lo que me enoja bastante es la poca interacción o interés. No sé por qué siento tanta rabia cuando he oído a alguien decir "esto me encanta", "esto es mi sueño", "no dejaría de hacer esto", "quiero seguir", "¿cuándo volvemos?"... y después ni sé de ellos en años, desaparecen o hacen otra cosa y siento que me estaban mintiendo cuando los escuché. Pienso en el momento en que yo los escuché y me sentí feliz, sentí el corazón caliente porque ellos manifestaban abiertamente una decisión, una firme convicción, verbalizando un deseo intenso de hacer algo, mientras a mí me cuesta un montón tomar decisiones, decir "amo esto", "me gusta hacer esto", "este es mi sueño", "esto me apasiona". Creo que me enojo porque siento que se traicionan, dicen algo, luego hacen otra cosa y yo lo interpreto como una mentira porque siento envidia de la convicción que muestran otras personas, justo porque carezco de ese deseo intenso de hacer algo. Sé que es difícil de comprender, imagina lo que me tomó entenderlo y dejar de perderme en esas emociones; revisarlo y destriparlo para comprender. Ahora sé que no tiene sentido exigir a otras personas que mantengan fijos esos deseos porque las personas crecen y cambian, viven otras cosas y sufren otras cosas, no hay cosas "fijas". Yo me sigo enojando por weás, pero ahora no lloro por eso y tampoco lo hablo, tampoco termino odiando tanto a esas personas; ahora me lo guardo hasta que me dan ganas de quejarme acá.

Me demoré mucho escribiendo lo anterior y ya se me olvidaron las otras quejas. Santo remedio.      

29 de abril de 2022

Recuerdos que había olvidado

Cuando comencé este blog, no tenía muy claro sobre qué deseaba escribir (teniendo en cuenta que quedaría en internet dando vueltas un buen rato o hasta que decidiera eliminarlo -pero llegó un punto en que sería doloroso perder todo esto-). Escribía mucho sobre lo que me sucedía porque todo lo que viví era nuevo y maravilloso, como que hasta que comencé a escribir no había vivido o quizás no me gustaba lo que viví antes. Me cuesta escribir de mis recuerdos antes de vivir acá, aunque me han recomendado "sacarle jugo" a todo eso que vi, que sé, que recuerdo, que he intentado olvidar. 

No tengo claro cuál es la razón de comenzar a recordar cosas que no quiero recordar, pero me pasa mucho en los últimos meses; la mayor parte de los recuerdos son malos recuerdos. ¿Qué puedo hacer con todo esto si me cuesta mucho escribir? Antes lo ponía en cuentos o proyectos, usaba los recuerdos (malos recuerdos) para crear escenarios o adornar lo que escribía. Hay malos recuerdos que se mezclan con asuntos presentes y tengo sueños inquietos, muchos sueños inquietos. 

Me cuesta hacer las cosas, me cuesta dedicar tiempo a mis pegas, me costó un montón lidiar con la feria del libro (y eso que apenas pude cumplir con algunas jornadas), me costó levantarme y acostarme, me costó conducir la moto una y otra vez a lo largo y ancho de la ciudad para cumplir con todo lo que debía cumplir. 

El apoyo emocional de mis amigxs ha sido fundamental, poder hablar con ellxs, poder hablar con ellxs sin ocultar piezas o partes, sin miedo de que se me juzgue. Gracias. Quiero más valor, quiero sentirme valiente.

Yo creía que estaba sanando, que estaba mejor, que estaba bien... quizás porque no me perdía en emociones cuando hablaba con mis amigxs... nah, bastó con que hablara con alguien y que me insistiera e insistiera más allá de lo cómodo, para que se escurriera fuera de mí todo el pesimismo, ira, tristeza, frustración, cansancio... 

Los recuerdos -los malos recuerdos-, pienso, habían sido olvidados porque eran malos recuerdos; ahora regresan para atormentarme porque siento preocupación y cansancio, es como si hubiera perdido el control o la llave de ese cofre tan sucio que había enterrado tan bien (y que ahora está abierto). 

Tengo mis registros y conozco el modo de volcar recuerdos -para olvidar y superar-, pero tengo dificultades para escribir, para recordar aquello de lo cual necesito deshacerme; sin embargo, recuerdo aquello que es doloroso y que debió desaparecer hace décadas. 

24 de junio de 2021

No aquí, no ahora

*Esta entrada se escribió el 24 de enero de 2021.

Yo sé que, para muchos, debe ser un momento intenso -por decir algo amplio, pero que no comprometa una emoción en particular-; asumo que sabes a qué me refiero, pero prefiero no nombrarlo porque aún es pronto para referirse a algo así. Me empuja a escribir algo más, algo que recordé a propósito de lo que acaba de acontecer.

Un sábado cualquiera, en el segundo semestre de mi segundo año de universidad, fui a carretear con los que yo consideraba mis amigos. Para todos ellos, era muy común reunirse en alguna casa arrendada, en ese tiempo los que vivían en casa (y no en pieza) era porque arrendaban con otros estudiantes; ese era el caso del lugar en que estuvimos ese sábado. Si bien a algunas de esas personas las consideraba amigos, muchos años después comprendí que esa cercanía que yo llamaba "amistad", ellos lo consideraban "conveniencia": si bebían, yo ponía las chauchas que no cubría el cheque sodexo; si comían, yo pagaba más de lo que comía; si carreteaban, yo era enviada a casa por jugosa y nijo me acompañaban; si estaba sola no importaba, pero si ellos estaban solos había que acompañarlos; si lloraba era sola, si ellos lloraban había que consolarlos. Vale, estoy siendo egoista o quizás estoy sobredimensionando los recuerdos y es que cada vez que pienso -en aquellos años y aquellos "amigos"-, me pego con la misma piedra ¿en dónde están esos amigos? de ninguna parte hubo jamás un ánimo de mantener contacto ni siquiera un trato amable o atento. Yo, por muchas cosas, me sentí herida o dañada y por lo mismo no me dolió salir de todo eso, abandonar y con eso dejar de ver a un montón de gente. A modo de conclusión, yo no entendía lo que era la amistad y ellos tampoco tenían un interés amistoso en mí (más allá de un interés "por defecto", porque no nos quedó otra que existir como compañeros de carrera).

Ese sábado y como yo estaba muy perdida en ese tiempo, no recuerdo nada más que instantes, lo importante es que llegué caminando al carrete porque vivía cerca y volví de madrugada a mi pieza, totalmente ebria. Ese carrete fue de los pocos en donde me fueron a dejar a donde vivía, aunque quedaba a un par de cuadras de distancia y me había ido sola en peor estado y desde mayor distancia (ya fuera porque no querían dejar el carrete por mí o porque yo me iba sin decir nada y me importaba medio carajo). Por esta "dejada en casa/pieza" y por lo que pasó después, recuerdo ese detalle. Como yo estaba muy borracha perdida, me dormí súper rápido y dormí casi todo el domingo, por la tarde/noche comenzó a sonar el celular (en ese tiempo nadie tenía rrss o mensajería instantánea). La Sierra Morena -una chica que era amiga de la Rubia- vivía a algunas cuadras de distancia, por lo tanto quedamos de reunirnos a medio camino, en la pieza de ésta última -que vivía en la pieza más grande, tranquila y que tenía una mesita en que podíamos sentarnos, las tres, cómodamente-. La noche anterior un compañero de carrera se había colgado (suicidado), era uno de los arrendatarios de la casa del carrete, uno de los chicos que me fue a dejar a mi pieza la noche anterior. 

Las chicas se sentían extrañas e inquietas (tanto o más que yo), debíamos hablar y lo hicimos, estuve ahí como seis horas -me parece que me fui alrededor de las 3 am. a mi pieza-. Ese chico no era mi amigo -ni tampoco pretendíamos serlo-, era muy amigo y cercano de los chicos con los cuales yo me juntaba, los mismos que me habían invitado al carrete, los mismos que tenían mucho (en serio mucho) en común con la mayor parte de los estudiantes que entraron un año antes a esa carrera. 

Recuerdo que la conversación en la pieza de la Rubia fue muy cálida, casi familiar, pausada, atenta, reflexiva; en todo momento la percibí honesta y a corazón abierto. No quiero que se malinterprete, no es que en otras oportunidades no hubiera sentido eso, pero la ocasión nos obligó a tomar -al mismo tiempo- una actitud particular, un hecho extraordinario que nos dejó perplejas y nos dejó una cicatriz que perduró durante algunos años más (hasta que dejé la carrera, un par de años después, aún se comentaba aquello). Esa noche me enteré de hechos que quizás no quería saber o de cosas que me hubiera gustado no escuchar; reconozco que no pude evitarlo, no pude decir "no", aunque me sentí incómoda cuando terminó todo y debía volver a mi pieza. 

El lunes nos enteramos de que la escuela (agro) facilitaría un bus gratuito para quienes quisieran ir al entierro (en Ovalle). Yo no deseaba ir, no quería ir, no tenía por qué ir, no conocía al chico, apenas habíamos cruzado palabras, apenas si conocía su nombre, apenas si conocía Ovalle. En ese tiempo era mi deseo contra el deseo de mucha gente, era mi "no quiero" contra el "debemos ir" de -por lo menos- 40 personas; en ese tiempo no tenía una razón de peso para negarme y dudo que yo misma lo entendiera; esto no pasa todos los días, esto no pasa a cada momento, esto no es natural, esto no debe pasar. Por supuesto y, como estarás acostumbradx, ya con muchos años más lo entendí mejor, puedo ponerlo en palabras y decirlo (en ciertos lugares y con ciertas personas), pero me sienta fatal hablarlo en el momento; lo vine a entender hace un par de años, con la muerte de la madre de un amigo muy muy querido. 

Me subí a ese bus y el ambiente estaba tan cargado (no de "energías", sino de mal ánimo) que era desagradable solo estar ahí. ¿Mencioné que llovía ese día? estaba nublado, muy frío y estaba lloviendo; no una lluvia pesada, pero todo estaba húmedo y seguía cayendo agua, a veces más fuerte y a veces más leve, pero todo estaba mojado en Ovalle, en el mismo lugar que las personas del norte escogen para vivir porque se parece -en clima- al desierto. Llegando a Ovalle, creo que caminamos un tramo hasta una casa familiar donde lo estaban velando, yo me negué a entrar y esperé en la cera del frente, ellos entraron serios y salieron llorando: "se ve en paz". Otro recuerdo, en una iglesia, una misa; me negué a entrar y me quedé mascando una marraqueta en la entrada de la iglesia; comí, mastiqué y tragué ese pan con rabia y desprecio, con hambre y hastío, sintiéndome obligada a quedarme hasta que eso terminara porque no sabía cómo volver al bus y tampoco tenía dinero suficiente para volver a Serena por mi cuenta. Aborrezco las ceremonias religiosas, las misas, los entierros, las oraciones, los cantos: me molesta todo de las iglesias y las creencias religiosas. 

De regreso, todos iban durmiendo; en mi hombro durmió ese chico que más consideraba "amigo". Yo ni dormí, el apuro por regresar a Serena me hacía tener los ojos abiertos y estar muy atenta a cada cosa que aparecía por el camino. Ovalle como ciudad no me agrada, se parece mucho a Calama; cuando me tocó ir dos o tres veces a la semana (por la carrera) odiaba tener que quedarme allá durante el día. Al parecer estuve viajando un semestre y acabé por decidir que eso era estúpido, estaba gastando recursos que no se convertirían en nada y yo sabía bien que no terminaría esa carrera: en esos años creí y le achaqué la culpa a la carrera (y me cambié en vez de renunciar definitivamente), pero debí, en ese entonces, intuir que era yo: mi incapacidad intelectual, mi falta de paciencia, mi repulsión a espacio educativos formales, mi pereza, mi falta de ambición, mi intolerancia a las rutinas, etc. 

A veces, después del entierro (y muchos años después), salía el tema de este chico; me incomodaba de sobremanera porque quienes lo mencionaban lo recordaban con dolor, aún se sentían mal con ese hecho, pero volvían a recordarlo con la misma intensidad de ese domingo en que supimos que se había suicidado. No tenía problemas con el dolor que sentían y manifestaban -entiendo que no puedes evitar que las personas sientan dolor, más si ellos eran muy amigos-, me provocaba cierta incomodidad que les fuera tan difícil aceptar que una persona había tomado su propia vida y que estaba muerto, que no volvería y que revivir ese dolor, en ese momento, era hacerse más daño. 

Si bien hace más de diez años que no tengo contacto con esas personas, me los imagino (todavía) hablando, de vez en cuando, de este chico; no sé si les producirá lo mismo, no sé si alguno de ellos va a ver a la familia o continúa yendo al cementerio. La vida sigue, de una u otra manera.     

****

Cuando era niña, cada dos años, mi familia venía a vacacionar a La Serena; entre las salidas obligatorias estaban las visitas al cementerio (mi familia proviene de esta región, por lo tanto, los muertos están enterrados acá), las visitas a la familia de Coquimbo (no tengo muy clara la relación sanguínea, pero es una especie de familia extendida), la visita a familiares en el valle entre casas rurales y cementerios casi abandonados encima de algún cerrito (acá tampoco tengo muy clara la relación, aunque tampoco íbamos mucho para allá). 

En Coquimbo, íbamos a ver a una señora muy amable y siempre nos preparaba algo rico para comer, su casa era muy entretenida y mis padres siempre hablablan horas y horas con ella, se notaba que era una mujer muy querida. En algún momento dejamos de ir porque crecimos y los paseos ya no eran "tan familiares" (o sea, no íbamos todos juntos). Ella tenía un hijo y falleció muy al sur -creo recordar que en el mar, algo con un barco-. Mi papá me dijo en ese entonces -en estas ocasiones en que fallece alguien cercano a nosotros o alguien cercano a alguien que conocemos- que no mencionáramos eso, que no es necesario, que las personas sienten dolor y que nosotros no tenemos que recordarles constantemente que alguien querido ha muerto. 

Es una de las pocas veces en que mi padre nos ha enseñado algo "tan serio" -y útil a la vez-, ya que casi todo lo que nos ha enseñado, mostrado y explicado tiene que ver con cosas prácticas: saber caminar en la oscuridad sin caerse (por si se corta la luz), saber ponerle las pilas a la linterna con los ojos cerrados (para tener algo de luz en caso de catástrofe), no caer en pánico cuando hay sismos (mi madrecita, en cambio, le tiene terror a los temblores), tener cuidado con la electricidad, saber como funcionan las cosas más básicas de una casa (llaves, enchufes, interruptores, cálefon, visagras, etc.), arreglar pequeñas cositas que se rompen en casa y consejos para sentirse seguro en casa (despejar vías de escape, saber siempre dónde dejas las llaves, saber qué hacer en casi todos los casos en que se necesiten acciones prácticas/rápidas/eficientes, etc.). En otro aspecto, pues digamos que a mis padres no se les dan los asuntos de "anticipación", por llamarle de alguna manera, porque es difícil calificarlo bajo un solo nombre. Asuntos como: mis niños son adolescentes y es necesario conversar sobre sexualidad (jamás tuve "la charla"); mis niños no se ven tan felices como nosotros esperamos (weno, que se jodan porque tienen de todo); pensamos que están haciendo algo "malo" (violemos su privacidad y sapiemos su pieza a ver si encontramos algo, porque preguntarles ¡jamás!); creemos que alguien está bebiendo demasiado (organicemos una competencia de beber chela pa cachar cuánto aguanta, pero preguntar, hablar o manifestar preocupación ¡jamás!... true story). Por un lado ha sido bastante grato aprender por las mías: sin la censura familiar; sin cesgos morales, éticos o religiosos; sin restricciones ni límites; sin intervenciones; prácticamente sin opiniones. Ahora, el asunto con el "juicio", pues eso es notable: la lógica parece ir entre dos ideas que desembocan en una tercera que no tiene sentido. 1.- no hablamos de ti y tampoco te escuchamos porque no nos interesa y 2.- queremos saber de todo, pero no te preguntaremos; finalmente, 3.- como somos tu familia, tenemos la facultad de juzgar lo que haces -te guste o no-.

Esta entrada quedó escrita hasta acá y, un tiempo después, fallece otra persona que conozco (con la cual tampoco tenía ningún lazo particular).

*Esta entrada se reanudó el 7 de marzo de 2021.

Yo sé que, para muchos, debe ser un momento intenso -por decir algo amplio, pero que no comprometa una emoción en particular-; asumo que sabes a qué me refiero, pero prefiero no nombrarlo porque aún es pronto para referirse a algo así. Me empuja a escribir algo más, aunque esto no tiene mucho sentido tantos meses después. 

Esto, pocas semanas después, volvió a suceder. Fue distinto, no fue sorpresivo... al enterarme, pensé: "me alegro en realidad, es un alivio para ella". Por una amiga en común, me enteré de que me andaban buscando: ¿para qué? ¿por qué? Bueno, sabía por qué me estaban buscando, pero dudaba de las intenciones y "más vale prevenir que curar" (¿o no?); en realidad no fue haciendo de aquello mi consigna. Creo, profundamente, que las personas tienen el derecho de pasar el tiempo con quien se les de la gana, en cualquier circunstancia: cuando se está mal, cuando se está bien, cuando uno se enferma o cuando uno está sano. Cuando alguien te llama, te ve constantemente y quiere estar contigo -o tú mismo sientes ese impulso- pues se van afianzando las relaciones (de todo tipo). Si no sientes esa cercanía o interés, nunca te acercas y evitas relacionarte con estas personas; esto no debería cambiar cuando el contexto cambia, no puede cambiar ¿quién es el distinto acá? ¿cuáles son los motivos para cambiar de idea? No puedo concebir que alguien, de un día para otro, cambie de parecer: "hoy no me interesas, pero -de pronto y sin alguna causa que comprendas- mañana pretendo ser algo tuyo"... nah, a mí no.

Aparte de no creer (ni en mí misma), me apesta todo lo que tenga que ver con el compromiso obligado que sienten algunas personas al momento de fallecimiento de un tercero: esa gran mentira de que alguien te importa cuando se murió, pero no te interesó en vida, pero finges en el funeral, pero no le preguntaste cuando estaba vivo, pero lloras y vas a meterte en lo que debiera ser íntimo, pero jamás te permitiste una amistad con esa persona, pero ahora te duele y, diantres, ve a meterte porque sí. Gente: hacer algo por alguien, mientras puedes, es lo mejor y ese "mientras puedes" es en vida. No, no voy a ir a meterme; y si es que algún día voy a algo, voy a llegar tarde porque soy malísima en eso y me siento inútil porque no tengo idea de cómo actuar "pa bien"; asuntos como el dolor, el sufrimiento, la angustia, la pena, la rabia, me atemorizan cuando las siento y me remecen tanto cuando las veo en otras personas que me nublan todo sentido de practicidad; me comporto como una imbécil y no sirvo para eso, estorbo más que ayudo y ¿para qué? Ese dolor es de quien también lloró contigo cuando lo necesitaste. 

Quizás me fui un poco en volá, lo siento si perdí un poco el hilo de lo que estaba escribiendo. ¿Sabes? no quiero mentirme en esto, no quiero actuar según las expectativas, no quiero ir allá a mentir a la cara de quienes en realidad sufren con eso. No quiero verlos, no quiero darles explicaciones, no quiero que me digan que esperaban que yo estuviera ahí, no quiero verlos llorar, no quiero decirles estupideces porque no existe nada bueno para decir en esos momentos. 

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PD: A quien más conozco es a mí, nadie más puede decir que me conoce más que yo; lo mismo para cada unx de ustedes. Este blog tiene más de mí de lo que he dicho en la vida a alguna otra persona, parte importante de mí está acá -abierto y disponible para quien le interese-. No, no es un lloriqueo, estoy usando lo que sucede para escribir un poco al respecto. 

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Postdata 2 de algo que mencioné, pero de lo que no escribí en los párrafos anteriores:
Mi familia cercana es muy pequeña y me ha tocado "ver de cerca" la muerte muy pocas veces, la última vez fue mi abuela y digamos que me agobió un poco por la actitud del cura (que dijo puras weás -en serio- en la misa e hizo llorar a mi madrecita); por lo demás, pues todo muy como corresponde.

Hace algunos años la madre de un amigo -muy muy querido- falleció, yo comencé a donar sangre por ella y seguí donando sangre hasta ahora (voy en cuanto puedo, aunque no sea para alguien que conozca). Entre que me enteré por otros amigos cercanos y lo rápido que fue todo, no me planteé ir al funeral porque soy súper inútil y pensé que sería un estorbo más que una ayuda (incluso descarté mi presencia, que igual creo que es inútil en estos casos, en serio). Entre que pasó el funeral, algunos días después, otra amiga de este amigo me retó por mensaje: "oye ¿por qué no fuiste?" o algo así... me sentí muy rara, ni mi amigo exigió mi presencia, pero esa amiga me retó; fue extrañísimo porque yo justo estaba pensando en escribirle algo a ese amigo, pero no sabía ni qué deseaba escribirle. Puede que una semana después le escribiera diciéndole algo y disculpándome por no acompañarlo; nuestro trato siguió igual, creo que es de las pocas personas que me comprende bien y me escucha (aunque no esté de acuerdo con lo que digo). *No le digan que escribí de esto... si saben a quién me refiero.

Hace menos tiempo, el padre de un amigo falleció e igual fue bastante rápido todo, me enteré porque me mensajearon un montón y cedí ante la presión de ir (aunque era bastante lejos). No soy de llegar extremadamente tarde, a lo más quince minutos o algo así -a menos que existan circunstancias externas a mí, como el tráfico o falta de locomoción-. Recuerdo que "la hice laaaaaarga", me tomé tanto tiempo que apenas llegué casi al final, cuando ya las personas se retiraban; no entré tampoco hasta último momento porque me agobié mal. Esa vez preparé un paquetito con algo que creí sería más útil que mi propia presencia y me evitaba decir algo: entregar el paquetito, decir "espero te sirva" y "escribe", retirarme... sentí que fui útil de alguna manera y no interrumpí, creo.

En el patio hay cuatro gatitos enterrados: tres de una camada de gatitos recogidos de días y uno que vino a dar aquí envenenado (después me enteré que era la mascota de alguien). Yo hice lo que creí necesario hacer y si bien advertí a mi familia que había enterrado a los gatitos en el patio, no les dije dónde exactamente, pero sí les dije "por ahí, cerca de ese lugar x". Sabía que si les decía, los buscarían o terminarían desenterrándolos porque sí... ya, yo la paranoica -dirás-, yo la cuática -pensarás-; en las semanas que siguieron mi madrecita reformó partes del patio al azar (una parte bien linda que había arreglado ella misma) y cerca de los gatitos chicos; mamá ¿por qué chucha moviste ahí? estaba tan lindo todo, tú misma lo arreglaste y pensé que, por lo mismo, eso se quedaría así... (y por eso enterré ahí a los gatitos). No entiendo que los busque, no entiendo que quiera saber dónde están, no entiendo por qué chucha mueve constantemente las cosas que ella misma pone en algún lugar; de modo antojadizo, caprichoso, que no responde a una decisión práctica o siquiera a una decisión pensada. Lo mismo con el gato envenenado... puse plantas encima, hice un armazón con cañas para guiar las plantas y, de un día para otro, aunque había plantitas creciendo (ya no estaban las que trepan, pero sí había hartas con flores) arrancaron todo: las plantas, los brotecitos, el cuadrito que contenía el agua encima de las plantas y tiraron al olvido el armazón de cañas, quedó otra vez la tierra pelada y seca. ¿Por qué y para qué? Soy muy mala para esto. 

18 de junio de 2021

Cartas extorsivas

Sabes que me gustan las cartas (y mucho), al punto de que casi instantáneamente saco una copia de cada carta que envío -las cartas en papel-; en algún momento aprendí que debía hacerlo porque ese objeto jamás volverá a tus manos y ese papel es muy valioso para mí, no tienes idea de cuánto... también reconozco que tengo ciertos rasgos obsesivos: saco copia de todo, tengo todo impreso y no hay papel que deseche sin pensarlo años. Sabes que no reconozco tener raíces y tampoco deseo buscarlas, mi breve pasado está en papel y es lo que quiero (res)guardar como registro de mi paso por la tierra; de ahí la importancia de lo que escribo, de ahí el valor de lo que considero mi única posesión; lo único "propio", lo único que considero como mío.

*Esta entrada está un poco desordenada, lo siento. Cuando me refiero a "el colegio" se trata de una colegio católico en Calama; cuando me refiero a "la escuela" se trata de la Escuela D-54 en Chuquicamata (se quemó completa después de que se cerró el campamento, no quedó nada identificable en el lugar).

Quizás sepas de la cara buena de mi conexión con las cartas -en algún momento lo he mencionado o escrito-, pero también recuerdo la cara mala del asunto y hoy me acordé de aquello, algo muy muy viejo que jamás conté a nadie cuando sucedió porque me dejó profundamente herida.

Tendría yo unos 10 u 11 años, estaba en un colegio católico y me estaba acostumbrando, creo, a lo que ahí hacían o cómo se comportaban lxs niñxs que iban en ese colegio; yo venía de una escuela con -letra y número- en que jamás se oyó una oración (porque teníamos clase de religión, pero la profe se dedicaba a leer catálogos Avon en clases y no nos enseñó un carajo en cuatro años). En ese nuevo colegio había un altar con una imagen de shisus en cada sala, en la nuestra había también una vela gruesa amarilla con el contorno lleno de hexágonos (que recordaba un panal de abejas) y nunca prendieron esa vela. Mi profesora jefa era muy joven -o esa impresión me quedó-, muy amable y cariñosa, muy creyente supongo, se llamaba Rosa. No alcancé a hacer muchas amistades ahí -estuve dos años-, yo estaba de paso en ese colegio porque mi familia quería que entrara en otro y ese colegio católico era mejor que la escuelita de donde venía -se suponía-. De esos años conozco a Luisa (la única amiga que encontré en ese colegio y mantengo hasta ahora). Yo di mucho bote en ese lugar, no entendía que las personas pudieran rezar cada lunes, que se celebraran feriados religiosos, que hubiera una cruz tipo monumento -tremenda- en el patio, que los niños devolvieran las cosas que se encontraban en el patio, que conocieran la biblia y la estudiaran, que comprendieran el concepto de "parábola" o que fueran a misa los fines de semana. En la escuela yo era una estudiante modelo porque mi profesora me quería mucho (y eso que yo no era una alumna sumisa), tenía buenas notas y jamás falté a clases en cuatro años. En el colegio era rebelde (por responder y tener mal carácter), mala alumna (porque tenía notas bajo el promedio), desordenada (porque subrayaba los apuntes... una vez una profe me retó y me dijo que mi cuaderno parecía un "mantel de cocina" y jamás volví a anotar ni una weá con grafito ni a subrayar nada), mala persona o una mala influencia (porque le quebré la nariz a una compañera de curso); digamos que nadie me extrañó cuando me fui. Tenía que viajar en bus desde una ciudad a otra (alrededor de media hora) todos los días y cuatro veces al día; primera vez que tenía jornada completa, pero no había forma de almorzar en el colegio, así es que volvía a mi casa a comer y luego volvía al colegio. En la escuela iba de 14:00 a 18:00, me levantaba tarde y veía monitos animados hasta el almuerzo. Hace poco me enteré de que mi hermano siempre pensó que yo era floja por eso; a él, desde primero básico, le tocó ir jornada completa y levantarse para llegar a las 8:00 al colegio soñado -al cual, a mí, me costó seis años entrar-. En el colegio eran todos medio tontos -o eso pensaba yo- porque eran buenos y nadie decía nada, no preguntaban ni tampoco cuestionaban nada, preguntar (como yo estaba acostumbrada a hacerlo cuando no entendía algo o necesitaba una respuesta distinta) era para que alguna profe me dijera "porque sí", "porque así te estoy enseñando" o "no pregunte tonteras si ya lo expliqué"; desde ahí dejé de hacer preguntas y prefería buscar las respuestas en libros, no con personas y menos adultos o profesores.

Un día x, en algún momento, en una sala de clases con ese piño de colegiales medio tontos y creyentes, me llegó una hoja de cuaderno cuadriculada, doblada en ocho partes: era una carta amenazante y anónima... alguien se había dado a la tarea de escribirme una jodida carta donde se expresaba de muy mal modo y firmaba como "T.J. Odish" (en esos años estaban pasando la primera temporada de Pokemón, Odish es un pokemón planta, una cebollita con patas y rostro). No puedo describir exactamente lo que sentí en el momento, yo no sabía que podías escribir cartas de ese tipo y me impactó mucho, me asustó no saber quién me escribía semejante misiva. De camino a casa, en un bus, tuve media hora para pensar en la cartita de ese tal T.J. Odish: ¿quién haría algo así? ¿por qué alguien escribiría algo tan feo? ¿qué le había hecho yo a ese ser humano para que quisiera escribirme, pero sin identificarse? ¿quién era ese T.J. Odish? Lloré, recuerdo que lloré mucho, me sentía agobiada porque no tenía ni la más mínima idea de quién podría ser, por qué y para qué escribir algo así. Llegó a tanto mi agobio que los autores de la carta terminaron confesando todo... eran los que consideraba mis amigos, hablaba con ellos todos los días, me sentaba con ellos todos los días; era sencillo lo que deseaban hacer, comprobar que yo era estúpida y lo lograron, los muy malditos, no pude descubrir quién o quiénes eran, estuve días preocupada y llorando porque me sentía amenazada, contándoles a ellos mismos que me sentía mal y que no sabía quién había escrito eso; yo era una niña estúpida, me consideré estúpida y le comprobé a otros que era estúpida.

Cuando llegué a vivir en La Serena, comencé a intercambiar correspondencia con algunas compañeras de curso (en ese tiempo no habían rrss como las de ahora y la mensajería instantánea era poco frecuente), pedí direcciones y me gastaba cuatro lucas mensuales en envío de cartas a través de Correos de Chile. En algún momento dejé de recibir respuestas a esas cartas y pensé -revisando lo que había escrito a esas personas- que me sentía muy arrepentida por haber enviado esas cartas porque eran cartas muy emocionales, muy tristes, muy honestas: contaba lo sola que me sentía, lo mal que estaba pasándola acá por estar sola y no conocer a nadie, la falta que me hacían los amigos y, quizás, algún atisbo de ánimos depresivos que -en ese tiempo- no sabía ocultar. Lo siento, en serio lo siento por quienes recibieron esas cartas nefastas, fui muy egoísta y no me di cuenta hasta que dejé de recibir respuestas. Pasaron dos o tres años, volví a hacer algo muy feo: me conseguí la dirección de la Rubia en Ovalle (la casa de su familia) y comencé a enviarle cartas, primero diciéndole que la extrañaba y, como jamás recibí ninguna respuesta, las últimas cartas eran casi extorsivas... "devuélveme las 30 lucas que te presté", "devuélveme el bolso que te presté"; eran excusas, yo sabía que jamás recuperaría la plata o el bolso, incluso esperar respuestas era absurdo ¿quién era yo para exigirle algo? ¿qué era yo en una vida como la de ella? ¿qué significaba yo cuando ella había perdido una carrera por irse con un weón a Santiago, arrancándose de todo, desapareciendo hasta de su vida familiar, porque se calentó al fin y al cabo? Yo no era nadie para ella, yo no merecía mis cosas de regreso, yo no era su amiga, yo no era nadie y así me quedé, sin respuestas y con la certeza de que mi último rastro de existencia fue la última carta que envié a su casa; desde ahí, también me arrepentí porque mientras le escribí estaba -de modo egoísta- reafirmando mi existencia en su vida, obligándola a recordarme, machacándole la memoria porque no quería desaparecer de sus recuerdos. Lo siento también, en serio siento mucho que recibieras esas pésimas cartas de mi parte. No volví a escribirle cuando comprendí que fui egoísta, lo hacía por mí y no pensaba en ella, en qué hacía, en qué sentía, en qué estaba. Borré todo registro de su dirección para asegurarme de que jamás volvería a contactarla, me prometí también no buscarla en rrss (aunque un par de veces lo intenté, pero para intentar saber de ella, no para contactarla).

No sé si escribí todo lo que deseaba escribir, tengo la sensación de que olvidé alguna que otra cosa que se me había ocurrido para esta entrada; si recuerdo algo más, va una segunda parte. Gracias por leer hasta acá.

10 de junio de 2021

Quinta dimensión... -por mientras-.

When the moon is in the Seventh House
And Jupiter aligns with Mars

Then peace will guide the planets

And love will steer the stars

This is the dawning of the age of Aquarius

Age of Aquarius

Aquarius
Aquarius

Harmony and understanding

Sympathy and trust abounding
No more falsehoods or derisions
Golden living dreams of visions
Mystic crystal revelation
And the mind's true liberation

Aquarius

Aquarius

When the moon is in the Seventh House

And Jupiter aligns with Mars
Then peace will guide the planets
And love will steer the stars
This is the dawning of the age of Aquarius
Age of Aquarius

Aquarius

Aquarius
Aquarius
Aquarius

Let the sunshine, let the sunshine in, the sunshine in

Let the sunshine, let the sunshine in, the sunshine in
Let the sunshine, let the sunshine in,…

4 de mayo de 2021

Una ganas locas de ver gente

Estuve viendo a muchas personas durante las últimas dos semanas (de lunes a viernes). Bueno, no muchas distintas; las mismas de siempre, pero muy seguido -risitas-. El jueves llegué a la casa de Guise y le solté que andaba con una ganas terribles de no estar en casa, de salir a conversar, de ver a gente, de patear pegas y de convertirme en un vagabundo (o algo así)... hablé mucho en pocos segundos y se fue a preparar el cafecito protocolar para ambas. No recuerdo mucho más de la conversación, yo andaba distraída y ella estaba pendiente de la casa (había que sacar un colchón grande y un catre que no se podía desarmar). Guise me dio su postre con chocolate y jugo de ciruelas, me gusta ese postre porque ella puede comerlo y a mí me gusta compartir algo del gusto de ambas. Todavía no puedo decir bien por qué no quiero estar en mi casa, quizás me siento un poco sola o quizás necesitaba salir; ve tú a saber. Ahora mismo tengo dos trabajos comprometidos, apenas los termine no hay nada más; si no los entrego no hay plata y sin plata, no hay cigarros... eso es lo único que me preocupa. No me ha ido bien vendiendo cosas en instagram, el año pasado comencé planeando 40 libretas, hice 20 y me demoré meses en vender 10... las otras diez terminé cambiándolas, regalándolas, dejándolas a otros para que me las movieran; no terminaré las 40 que tenía planeadas ¿para qué? 

2 de abril de 2021

Metidas de pata por todos lados y a todas horas

1.- No puse suficiente atención a las restricciones de fin de semana.
Llegado el sábado todo estaba cerrado y no lo comprendí bien hasta que la señorita del servicentro se negó a venderme cigarros porque "tenía instrucciones de no vender, solo atendía delivery". En muchos años no había sentido la necesidad de rogar; terminé intentando que un motoquero me comprara, pero dijo que todo funcionaba por app, que él no manejaba dinero. Yo jamás usaría un servicio de delivery, porque no manejo cantidades grandes de dinero en la tarjeta y soy muy desconfiada, tampoco pagaría luca o luca y media más por un delivery de cigarros (apenas tengo pa los cigarros). Me subí a mi vehículo y lloré porque comprendí que ahora tendría que tener harta plata el viernes para comprarme todos los cigarros que fumo el fin de semana, además que en ese instante no tenía y tendría que tragarme un tipo de ansiedad que no puedo controlar -a menos que sea con cigarros-. Calles más allá, un grupito de gente entraba por una puerta muy estrecha... recordé un dato que escuché de mi primo. Me detuve. ¿Tiene cigarros? Sí, pero estacione más allá, pa que no se vea tanta gente. El recargo fueron doscientos pesos más, un precio muy pequeño comparado con el alivio que sentí en ese momento. 

2.- Hice llorar a mi madrecita.
Andaba fuera y decidí ir a la casa familiar. He sentido agobio y tristeza, he soñado mucho y todo es malo, me siento preocupada y no tengo modo de expresar las razones de esas emociones, no soy capaz y no puedo hablar con nadie en realidad. Con todo eso atravesado, ir a la casa familiar es una ruleta rusa. Ya me resigné a tragarme todo frente a mi familia, las respuestas son las mismas y es una pérdida de tiempo intentar decir algo que no sea "me siento pletórica de felicidad". Las respuestas programadas tienen que ver con un menosprecio hacia malas emociones: "te quejas de llena", "eso no existe", "no tienes razones para quejarte", "es imposible que sientas eso". Vale, si no puedo hablar con ellos no quieres decir que me sienta bien y, a veces, intentando no explotar (porque no sirve de nada), soy muy dura para hablar y hacer entender que no quiero tal o cual cosa. Mi mamá le pidió algo a mi hermana, yo metí la cuchara dando un consejo; acabé haciendo yo el favor. ¿Mamá cuál es tu mail? No tengo mail". ¿Cómo es que tienes facebook entonces? "No tengo mail". ¿Recuerdas en dónde está la imagen que necesitas? "En instagram". ¿Puedes pasarme tu celular para buscarla? "está ordenado porque borro muchas cosas" (jodida mentira, no pude encontrar nada). Pensando en dónde podría encontrar la imagen original, trajiné en mi mail y, mientras lo hacía, la señora se sentó tan cerca de mí que le tuve que decir que se sentara más allá; ella sapea, no mira; ella respira sobre la gente para descubrir cosas que no es capaz de preguntar; ella me abraza pa cachar si estuve fumando o si estoy preñá; ella no tiene idea de qué mierda estoy haciendo, pero como que necesita sapear encima pa ver si tengo algo en mi cel porque se le da la gana. Claro, lloró y se ahogó en la miseria de ser una madre a la cual su hija le dice "siéntate más allá, por favor". Yo solucioné el showcito y le encontré las fotos sin ningún dato aportado por ella, le di consejos (porque quería encargar un timbre) y me largué. Suena fatal ¿cierto? Siempre me pregunto qué pasaría si le dijera a mi mamá que siento mucha ira contra ella porque no me oyó, no me oye y tampoco me oirá en el futuro... me pregunto qué pasaría si le contara sobre los pensamientos que llenan mi día, sobre el daño, sobre la rabia, sobre la tristeza, sobre no dormir, sobre hacerse daño, sobre tener planes conmigo muerta. No, mamá, es mejor que ahora llores un poco y yo sea la bruta que puedes pelar con tus amigas.

30 de marzo de 2021

Sueños inquietos. El legado

El año pasado, mientras estuvimos encerrados -de igual modo, quizás, antes y después del encierro-, he estado levantándome con una sensación desagradable en la cabeza, como cuando sabes que viste o viviste algo feo o malo, pero no recuerdas bien qué; como que se bloquea el detalle, pero te queda la sensación. Vale, tengo imágenes y no las entiendo porque no recuerdo el sueño completo, son inquietantes por lo demás. Me cuesta dormirme también, no tanto rato, pero más de lo común -aunque esté muy cansada-.

El año pasado tuve que recurrir a la sobreestimulación a través del consumo casi obsesivo de mangas, manwas y manhuas; cosa de tener tramas animadas en la cabeza y poco más (como "mañana tengo que terminar x cosa" o "mañana tengo que regar"), ahí pensaba en monitos animados todo el tiempo y poco me detenía en los pensamientos que generaba mi cabeza; funcionó en gran medida, pero igual algunas veces pensaba en asuntos muy desagradables y ahí me costaba mantenerme en la cama, tuve que obligarme a quedarme en la cama, tuve que obligarme a pensar en otras cosas porque levantarme significaba que estaría haciendo caso a un impulso y ese impulso podría haber significado hacerme daño. 

Cuando comenzó a pasarme eso, ya había tomado resguardos. Dejé a personas a cargo del destino de mis objetos más preciados (mi historia literaria y vital); no había hecho esto de modo tan serio y cuidadoso desde el 2009, aunque todos los años, en verano, ordeno todo para lo que sea que pase.

Ahora mismo, creo que sólo son sueños inquietos, pero la sensación es más y más desagradable a medida que pasan los días.   

27 de marzo de 2021

La polera de la discordia

Alguna vez, nah, siempre mientras estuve en el colegio, mi madrecita me regalaba ropa que no era para mí. Digo, era ropa a la moda y de colores vistosos, ropa para mujeres de mi edad con strass y brillitos, poleras ajustadas y largas porque los pantalones que se llevaban en esos años eran "a la cadera"; todo guay con un cuerpo como el que tenían muchas de mis compañeras de curso, muy parecidos a esos cuerpos de las chicas del axé (pero con tetas en crecimiento), capaces de llevar bikinis pequeñisimos y llenarlos de buena forma: tetas adecuadas, centradas, bien formadas, redondeadas; brazos largos, delgados y parejos, sin manchas en la piel; torso largo, que hacía que ambas piezas del bikini se vieran muy bien; abdomen firme y plano, de curvas suaves en los costados sin estrias; pubis recto, perfectamente restringido a la entrepierna; traseros duros y levantados; piernas largas y libres de pelos. A esas chicas que podían ponerse un bikini de moda -sin verse mal- podías regalarle esa ropa de moda con brillitos y colores vivos, porque esas tallas juveniles estaban pensadas para chicas de un solo aspecto, de ese aspecto. Vez que fui a por ropa nueva, lo hacía con mi madrecita y a ella no le gustaba que yo escogiera prendas "de vieja": en ese tiempo estaba de moda la microfibra, tuve muchas blusas de manga larga y colores tierra, anchas y muy largas, sin estampados ni detalles que llamaran la atención; esas blusas las encontraba en la sección de "señoras" -risitas-; esa era la ropa que me quedaba cómoda y que a mí me gustaba porque yo iba a talleres literarios, cafés literarios, ferias de los libros, bibliotecas, exposiciones, bares literarios y no quería ser alguien que me viera "menor de edad" en ese tipo de lugares, viéndome como una chica que la gente mirara a huevo por su aspecto (porque sabía también que nadie te toma en serio cuando te ve "chica" y, por último, podría engañarlos un poco con mi ropa) y necesitaba que mi ropa no me incomodara, no sentir ganas de llorar porque estaba vistiendo algo que me hiciera sentir como un animalito embutido en tela elasticada, no quería una prenda que dijera algún mensaje estúpido en inglés que yo ni compartía.

Alguna vez mi madrecita me regaló una polera elasticada, morada, con una palabra sencilla y en inglés escrita con strass de colores arcoíris a nivel del pecho: yo creía que esa polera era horrenda porque juntaba todo lo que yo odiaba en la ropa. Pensé también que mi madrecita se estaba burlando de mí, regalándome algo que jamás me quedaría bien y que no me gustaba ¿cómo era posible que tu propia madre te regalara algo que te hicera ver como una prieta? ¿cómo era posible que tu propia madre te regalara algo que jamás te gustaría porque ni te gustaba el morado ni te gustaba el strass ni usabas pantalones a la cadera ni salir con ropa ajustada porque odiabas que tu cuerpo se viera así? En serio pensé que mi madrecita me había regalado esa jodida polera porque me odiaba y quería que me sintiera mal con ese regalo, quería verme incómoda con una prenda que me quedaba incómoda, una prenda que odiaba con todo mi ser por cómo me hacía sentir y por como se me veía con ella. Evité usarla durante mucho tiempo, la guardé al fondo del cajón olvidándola mucho tiempo. 

Algún día, creo que cuando estaba en media, tuve que ponerme la jodida polera porque no me quedaba otra para usar; la tenía debajo del polerón del buzo y estaba yo sentada ahí en clases. No recuerdo cómo comenzó, pero la etiqueta de esa polera me pareció insoportable, comenzó a picarme el cuello de un modo muy desagradable y no bastaba con rascarme obsesivamente porque eso no aliviaba la sensación de que esa etiqueta me estaba haciendo daño -de un modo que no entendía-, pensaba en que mi madrecita me había regalado esa polera para hacerme sentir mal porque cuando usaba ropa holgada no me sentía mal, no sentía mi propio cuerpo y nada picaba, nada dolía, no me sentía mal con la ropa que yo había escogido; era la polera, la jodida polera que me apretaba el pecho y sentía las tetas contra la tela, sentía mi guata contra la tela, sentía mis hombros contenidos, sentía cada costura en el cuerpo y me sentía muy mal. Con rabia y pena, agarré la etiqueta con una mano y la arranqué -de un lado y luego del otro-, tironeando fuerte y hacia adelante, sin mirar la polera porque la tenía puesta y estaba en clases y no quería ir a baño a verme el cuerpo metido en esa prenda tan incómoda, tener que desnudarme el torso y luego arrancarle la etiqueta. Lo hice en clases, en medio de alguna clase que ni recuerdo. Con la etiqueta en la mano ya me sentí muy aliviada, ya picaba menos, ya molestaba menos, ya no sentía rabia ni pena, sino alivio, un alivio muy grato. 

En casa, me saqué la polera y la tiré por ahí, supongo. Mi madrecita me preguntó después por qué había arrancado la etiqueta a la fuerza, sabiendo que ella misma podría haberle sacado la etiqueta con un descosedor y yo misma sabía cómo hacerlo; le respondí, para no hacer más problema, que me molestaba en el colegio, no tenía modo de descoserla y la arranqué. Ella lamentó que una polera nueva y tan bonita estuviera arruinada (tenía dos agujeros terribles en el cuello, por detrás), me dijo que si no me gustaba, que podría haberla regalado nueva, sin dañarla; lo lamentó en serio. No recuerdo qué pasó con esa polera, pero no la usé nunca más y tampoco recuerdo haberla visto, después, entre mis cosas. Mi madrecita no volvió a regalarme ropa -sin que yo la escogiera- hasta mucho después. Yo opté por pensar que mi madrecita no me conocía del todo y que tampoco conocía mi cuerpo, que el regalo de la polera había sido un desatino y nada más; porque continuar pensando que mi madrecita me quería hacer sentir mal era un mal pensamiento y no podía decirle que odiaba mi cuerpo, porque uno no quiere hacer sentir más mal a la madre, porque callarse es el medio más fácil para pasar desapercibida entre los demás miembros de tu familia, porque no entendería jamás que yo -día a día- evitaba mirarme el cuerpo para no pensar en lo desagradable que era, apenas me tocaba porque me recordaba que no me veía bien ni bonita. Que yo no quería verme más que el rostro -si es que- porque, por lo menos, mi cara nunca me ha parecido fea; aunque no es un rostro de chica.  

24 de marzo de 2021

Mira las estrellas, muchacho, tú que puedes.

En alguna oportunidad, hace un par de años (creo), papá y mamá se sentaron a hablar conmigo, ellos dos, sin mis hermanos y en la casa donde vivo. Yo debía trabajar, debía hacer cosas y ahí me tuvieron como dos o tres horas en ese tipo de conversaciones que siempre son incómodas, porque no son provocadas por algo livianito o grato (curiosidad por mi pega o algo del futuro, conversar por conversar digamos), sino que tienden a acumular molestia, reclamos, enojos, cuestionamientos y miedo, durante meses o años, luego los lanzan algún día y ahí quedas, explicando meses o años de asuntos que ya resolviste, que superaste solo, que ya quedó atrás o que ni te habías puesto a pensar con profundidad, pero los traen al presente y te obligan a parlotear como perico poncho porque jamás hablan de verdad con nosotros, no plantean sus dudas a tiempo y no reclaman en el momento: todo se patea al infinito para caer en un día festivo, un cumpleaños (muchas veces el mío), navidades y años nuevos. Como la molestia se acumula mucho tiempo, imagina esa catarsis de malas emociones correr incontrolable: yo tiendo a ahogarme. En esa oportunidad, descubrí que mi padre cree que los padres no son necesarios para educar sexualmente a los hijos y que "pa eso son los libros" -o sea, tomé una buena decisión al agarrar una enciclopedia antes de preguntarles a ellos y, en consecuencia, mi postura en tanto a sexo y educación sexual es totalmente desafiante a sus conceptos al respecto-. Me preguntaron también sobre mi hermano, pero -para mí- él es un vacío que se comporta igual, patea un problema y le he oído decir "si alguien la embarra conmigo, esa persona tiene que darse cuenta sola de su error y buscarme para disculparse" (y podrían pasar años porque no todos tenemos las mismas ideas que él, si algo le molestó o se sintió herido, pues podría otra persona no saberlo y jamás disculparse, nadie es adivino), también tiene la mala costumbre de hablar en el peor momento (onda, esperar hasta que tienes que viajar fuera de la ciudad, para largarte alguna mierda y retrasarte y joderte el viaje, para sentir que no sólo fue "honesto", sino para tomar venganza -o algo así, ve tú a saber-). Esos fueron dos planteamientos de muchos esa aburrida tarde en que mis padres se sentaron a conversar conmigo. 

La tercera -y motivo de esta entrada- fue algo relativamente "nuevo". No recuerdo bien de qué forma la conversación se desvió para ese lado, pero terminé hablando sobre mí y la universidad... creo. El asunto iba más o menos así: mi madrecita diciéndome que el hijo de una amiga suya era astrónomo, que era muy bueno en su profesión, el chico estaba en EEUU con un trabajo espectacular y, además, su familia estaba muy orgullosa de él. Creo que comencé diciendo que hay "personas y personas", algo así como que la gente que tiene éxito es porque tiene recursos para ir a estudiar afuera, un patipelado cualquiera no sería capaz de salir del país, tener un trabajo espectacular -por muy bueno que sea en ese campo- y, menos, tener éxito en algo. Mi madrecita va otra vez y me cuenta que, a pesar de que la familia del chico no tenía muchos recursos, él había podido salir adelante porque era esforzado y también lo había logrado por su familia; vale, no sabes cómo odio que me planteen una problemática sin darme todos los antecedentes o tirándome weás a media conversación. Acá también la embarré, porque continué achacando el éxito a factores externos (como lo estaba haciendo también mi madrecita) y no mencioné al chico en particular. Mi papá llegó a la conclusión de que yo era una "resentida social", porque achacaba el éxito del astrónomo al dinero de su familia o a contactos, digamos obviando sus capacidades (sí, eso era exactamente lo que estaba haciendo). 

¿Te tomaste un respiro? vale, acá el destripe.

Las preguntas con trampa también son especialidad de mis padres: comenzar preguntando algo nah que ver, para luego preguntarme ¿qué onda contigo?; calificarme mal porque hablo mal, porque me expreso de modo impropio o despotrico contra alguien x; lamentar algo triste, para escucharme decir algo poco empático; largar algo con pocos antecedentes y, luego, voltear el asunto con más -impactantes- datos que yo no consideré antes de hablar. Me gustaría poder saber bien qué quieren en el momento apropiado -cuando la duda se les pasa por la cabeza-, si me preguntaran ¡por supuesto que no estaría obligada a contestar! pero sabría qué les agobia o les complica, incluso si puedo hacer algo al respecto o si debo aclarar algún malentendido; creo que si leyeran este blog, sabrían mucho más de mí de lo que se han atrevido a preguntarme, sin derecho a réplica evidentemente, pero al menos sabrían algo.

Me dolió que mi padre me dijera "resentida social", pero entendía que era eso o escoger decirles la verdad y eso hubiera dolido más, me hubiera herido confesarlo y nadie estaría a mi lado para superar esa herida (ellos se van a su hogar y a mí me queda Birdo si deseo llorar entre su pelito negro). ¿Qué pensé? pues lo de siempre: las personas tienen distintos tipos de habilidades -no todas son igual de valoradas, por supuesto-, sería ideal si todos pudiéramos dedicarnos a algo que nos gusta y para lo cual, además, tuviéramos cierta habilidad. Quizás incluiría, dentro de este ideal, una buena expectativa económica y cierta estabilidad laboral, que esa labor -trabajo, actividad- te mantuviera lejos de la precariedad y te diera lo suficiente para vivir una vida decente (sin carencia de necesidades básicas). Sé que mis padres, lo único que deseaban para mí, era una carrera y no pude, no fui capaz de terminar una carrera universitaria; no papá, tus recursos monetarios no me brindaron habilidades académicas; no mamá, tus cuidados y dedicacion no me brindaron el tipo de inteligencia que se requiere para sacar una carrera. No quiero decirles que no soy capaz de sacar una carrera, que no fui capaz de hacerlo cuando entré a la u y tampoco seré capaz de hacerlo en el futuro; si entré fue porque exploté mi último recurso y capacidad de síntesis machacada hasta el cansancio en mi cráneo en dos años de preuniversitario. Conocí gente que salió 10 años después y la familia les pagó todo ese camino aunque, de buena forma, lo hubieran sacado en 4 años y medio; especulo que mi familia me hubiera cubierto los años que me hubiera tomado -de continuar en la u-, pero ¿qué sentido tenía? ¿para qué consumir recursos que no son míos en pro de algo que no hubiera sido capaz de hacer en el tiempo que correspondía? ¿qué pasaba después con mi hermano y su carrera, con mi hermana y su carrera, con los recursos familiares desperdiciados en alguien como yo? ¿qué derecho tenía yo de tomar y tomar plata que se botaba en mis fracasos?... ¿saber cuándo dinero le debes a tu familia por tu educación universitaria? yo sí, ellos me dijeron cuánto habían invertido en mí y mi carrera trunca. Algunas otras veces, conversando con otras personas, también les he dicho que si hubiera seguido en la u, me hubiera matado; en ese entonces lo sentía así y estaba sola, no lo hablé con otras personas porque sentía mucho miedo y también huí de ese lugar, no fui capaz de plantearlo cara a cara con mi familia también porque fui y soy cobarde. Sé que, a veces, me quejo por estar sola, pero me sirve mucho estar sola y es ideal para encuadernar (para esto sí tengo habilidad) y para escribir (esto es un deseo que tengo muy enraizado dentro de mí, aunque no tengo la habilidad nata para hacerlo); no vivo como mis padres quisieran, pero no creo que deba castigarme constantemente por eso o pelear por algo que no seré jamás. Quedé de resentida social y, seguramente, de egoísta, pero eso fue mejor; a mí me importa no tener que decir que soy tonta y que no soy capaz de sacar una carrera, me hiere.

28 de febrero de 2021

¿Tengo piojitos o no tengo piojitos?

La primera vez que se me presentó la oportunidad de ir a hacerme el examen del VIH, gratis, cerca de casa; pues decidí irme como una hora antes para poder entrar y salir rápido.

Por casualidad me encontré con esas kermeses de escuela básica, llena de buenas intenciones y cabros chicos dando jugo a los papás que intentaban vender alguna que otra cosita para poder reunir fondos. Tú sabes que este tipo de ferias con tres o cuatro locales amparados bajo toldos prestados venden puras cosas caseras: baratas y hechas a la rápida. Puedes irte a llenar la guata de choripanes a medio cocinar con pan tibio, completos crujientes de tanto estar calentándose a las brasas con mayo caliente que ha estado al sol desde que comenzó la feria, queques con recetas del taller de economía doméstica que desbordan aceite, alfajores con poco manjar y demasiado coco, pebre con pasta de ají y más cebolla que tomate, vasitos de bebida desperdigados por todos lados y heladeras llenas de agua fría. Me encanta y nadie te juzga, porque vas con dos lucas y comes de todo, te deshaces de lo que ellos te venden porque hay que hacerlo no más, es por los niños y el colegio, es por la profe que te contagia su emoción artificial: ¿a quién porras le interesa pasar un sábado al sol, perdiendo valioso tiempo que podrías estar invirtiendo en ver las series de moda, entre apoderados que odias y pequeños gritones que no son tuyos? 

Ahí estaba yo, sentada a la sombra, con una cajetilla de cigarros a la mitad y comiendo algo mientras decidía qué comería a continuación. A las 11:00 puse mi pie en el parque, a las 11:10 ya estaba comiéndome un choripán y a las 12:00 comenzarían a tomar los exámenes. 

Me provoca cierto asco eso de las kermeses porque jamás disfruté una después de los 10 años, cuando estuve en el primer colegio de mi infancia. Hasta los diez años y eso que mi familia era súper restrictiva sobre los juegos que podía probar y los que no, las cosas que podía comer y las que no; evidentemente jamás me dejaban ir a jugar sola por ahí aunque la kermese se hacía dentro del colegio (en un patio totalmente cercado por las aulas); nadie podría hacer nada sin ser visto por otros. Me acuerdo de haber ido un par de horas, siempre con ellos e hipervigilada. Ya de adulta, las kermeses que me gustaban eran la verbena serenense y las pampillas, aunque eran de proporciones cósmicas cuando las comparabas a las del colegio; las mismas características, pero aumentadas en todo sentido. Dejé de ir cuando dejé de tener dinero a disposición para gastar y era más importante fumar que ir a comer cosas aleatorias porque "me tincaba" probarlas.  

Como en ese tiempo era más obsesiva con la puntualidad, apenas comenzaron los atisbos de movimiento para el examen (llegada de un furgón municipal, bajada de toldos, armado de módulo, disposición de información impresa, despliegue de funcionarios, etc.) anoté la hora en que todo comenzó y terminó de prepararse... 13:45. Ese choripán me quedó de almuerzo y otros muchos dulces horneados de postre. Pa variar, una chica -que venía pasando alegremente- llegó al mesón antes que yo y pasó primero a hacerse el examen: so jodida y maldita afortunada. 

Poco recuerdo de cuándo o cómo me tocó, pero mientras esperaba me encontré con una amiga de carrete.    
    -Oye, hola ¿venís a hacerte el examen?
    -Sí pu, aquí estoy esperando.
    -Oye ¿y no te da cosita?
    -¿Por qué me daría cosa?
    -Porque sí po amiga, debería darte cosita... ¡presión social! ¡presión social!

Yo quería irme a mi casa porque me aburría, llevaba ahí como tres horas y más encima me estaba entrando el hambre (otra vez). Al rato me llamaron a una sala, me dieron el resultado, me regalaron condones femeninos (en mi vida jamás los había visto o tocado "de verdad") y le pedí más a la señorita. Me llevé toda la info impresa de la mesa y me fui a la casa a comer. 

A los días fui a comer con mi familia y, mientras esperaba que sirvieran, comenté a mi madrecita que me había hecho el "examen de piojitos"... mi hermana paró la oreja y ella sí entendió. "Mamá, no tengo piojitos".  

5 de enero de 2021

No sabía qué porras decir -en serio.

El año antepasado y en algunos años anteriores había agarrado la costumbre de mensajear media hora antes de año nuevo, pensé: ahora es fácil mensajear por voz y puedo grabar muchos mensajes para muchas personas. No me gustaba la idea de escribir algo porque es lentísimo y, weno, recibir un "ok" o un "gif" siempre es decepcionante. Creo que la voz tiene algo que un texto no puede entregar -emoción-, algo que se siente o que intuyes. Me pasaba que los primeros mensajes siempre iban con mucha alegría y los últimos eran emocionantes porque yo casi me dejaba llevar por esas palabras que les dejaba a otros. Si bien no me gustan mucho "las fiestas" (septiembre, días de personas x, navidad, feriados, "jalowines", incluso cumpleaños), me agrada el año nuevo: no tiene que ver con creencias, no tiene que ver con algo que sólo le pase a alguien o a un grupo de personas determinado, no tiene que ver con un ánimo en particular: puedes tomarlo como quieras y hacer "lo que quieras" guardando proporciones (hay muchos que escogen hacer cosas importantes ese día/madrugada). Vale, con ese ánimo terminaba y, de inmediato, comenzaba otro año -exactamente igual-, pero me permitía pasarla bien a mi gusto. Comenzar a mensajear a las 23:30; comer con mi familia; prender chispitas con mi hermana; reírme sin vergüenza; pasar a ver a algunas personas; pedalear más lejos que el resto del año; permitirme una cogorza bestia; dormir a lo loco o no levantarme el primero. Liiiiindo y "naisu" pa los japoamigos. El 2019 había encontrado la fórmula perfecta para disfrutar la única fiesta del año que me agrada celebrar. 
Si bien el nuevo año de 2019-2020 fue distinto (yo estaba destrozada porque acababa de morir "La Cuchinatta", sentía incertidumbre por mi pega y ya había decidido renunciar a continuar escribiendo), no fue algo que sentí malo o feo o catastrófico, nada pésimo, sino distinto. Este nuevo año 2020-2021 comenzó rarísimo. Me obligué a encontrarme con un amigo que estaba mal (en muchos sentidos) porque sentí mucha preocupación y, por fin, pude parlotear todo lo que pude con él; cosa que necesitaba hacer, pero que jamás el ánimo/tiempo permitía. Llegué tardísimo a la casa familiar, siempre tomando todo con caaaaaalma para llegar lo más tarde que pude -en navidad hice lo mismo-. En casa me resté de participar con buen ánimo, medio porque no lo sentí y medio porque estaba padeciendo dolor físico. Llegando las 23:30 no fui capaz de mensajear en voz, no podía hacerlo porque no sabía qué decir; a cambio, dejé algunos mensajitos breves a muy poca gente (preferí publicar algo en instagram). Cuando pensaba en qué escribir, me parecía absurdo comenzar con "feliz año". Cenamos y parloteamos, conversamos y bebimos té, tan aletargados que a tres minutos de las 12 nos dimos cuenta que debíamos servir el copetito pa brindar. En eso que hermana y madre preparaban un traguito que reemplazó la champaña (porque pucha la weá mala), ya tronaban los fuegos de artificio en la población vecina. Salimos con el copetín rosa en la mano y nadie se dio abrazo, nadie, a ninguno le tocó abrazo, nada de nada. Un brindis tímido y ¿con miedo? no lo sé. Salí a la calle, intenté llamar a alguien muy importante y no conectó la llamada, terminé por enviarle muchos mensajitos y ahí me emocioné un poco; como cuando agitas la mano mientras la persona se queda en el andén y tú sabes que lo extrañarás mucho tiempo. Pude quedarme en la casa familiar, pude salir a fumar a la cuadra y dormir ahí, pero puse de excusa mi dolor para irme a Las Compañías ("mamá, allá tengo mis cremitas y mis gotitas"); sí, pude haber aguantado, pero ni tenía ganas de aguantarme. 
Lo que más me mueve -ahora mismo- es acabar la pega que debo terminar de entregar y tener plata para no tener que preocuparme por algunas semanas. Lo que me sostiene -ahora mismo- no es un buen ánimo, no es el amor propio, no son los manuscritos inacabados o los textos inéditos, no es la pega por hacer o los proyectos por terminar, no es el aprecio por mi vida, no son las ganas de fumar incluso. 

Siento que estoy viviendo por otros, porque otros sí sienten lo que yo no puedo (ahora mismo).    

30 de diciembre de 2020

Problemas con la ocupación

Cuando he vivido en algún lugar (compartido o no, con muchas piezas o no, con cocina o no) tiendo a colonizar todo el espacio disponible. Hace años me di cuenta, aunque me venía pasando hacía muchos más. Me di cuenta cuando mi hermano buscaba un lugar en donde tomar té, pero la mesa del comedor estaba ocupada con papel y restitos de basuritas que yo había dejado desperdigadas por descuido. Siempre he tenido muchos objetos, primero relacionados con pasatiempos, luego con la escritura y la revistas, desde 2013 con material de trabajo (Me pego un tiro). A medida que iba recibiendo más pega y ganaba más dinero, más cosas adquiría y, como había mucho espacio en casa, acabé llenando todo con papel y mil otras cosas que sirven para hacer libros. 
Cuando llegué a esta cabaña, era solo eso: cocina-living-comedor, dos piezas, un baño. Para una persona, este espacio es más que suficiente. Cuando mi familia llegó a vivir a la ciudad (en otra casa) trajo un montón de cosas que se quedaron acá por espacio o otras tantas que yo había dejado en Calama; todo ocupaba el "living" y la "otra" pieza. Tiempo después que llegara mi familia, mi padre recuperó un galpón y lo convirtió en una sala grande (es un poco más pequeño que la cabaña completa); me dijo que ahí podía dejar las cosas del trabajo ("¡uf! por fin el desastre de papel dentro de la cabaña estaría fuera de la cabaña, fuera de la vista"). Ellos vienen con frecuencia (sí, el lugar donde vivo es de mi familia) y yo intentaba que estuviera "soplado" -despejaba, ordenaba, escondía mis cosas, fondeaba mis papeles, guardaba las impresoras, apilaba material sobre material-. Limpiaba todo por encima y debajo, pensando en no incomodar a la familia, pensando en que las cosas de mi trabajo eran "feas" de ver todas dispuestas sobre una mesa para seis personas; además de pensar en que la mesa que yo uso para trabajar es la única en donde nos podemos sentar y comer cómodos todos los miembros de la familia. Al principio en serio me esmeraba en que todo luciera impecable, aunque me tomara todo un día dejarlo así y aunque ese día de limpieza profunda fuera un día de trabajo perdido, me gustaba que la familia sintiera que podía moverse con libertad dentro de la casa y que se sintiera cómoda, sin tener que toparse con cosas feas de ver. Pensaba que lo mínimo que podía hacer era dejar limpio (un día) y compartir con ellos sin hacer nada más (otro día). 
Al final resulta contraproducente que la gente (sea o no de tu familia) no te vea trabajar porque termina pensando que no trabajas. Me pasó alguna vez con alguien que conocí y venía seguido; no me gustaba que me viera escribir porque era como que no le prestaba atención o quizás sentía vergüenza por hacerlo frente a alguien que yo consideraba que escribía mucho mejor. A los años escondía tanto los momentos que escribía que parecía que no lo hacía o no avanzaba; quizás me quedé en borradores o en manías de respaldar todo porque no puedo vivir pensando en que perdí algo escrito (aunque su destino no siempre es ser publicado). Con mi familia me pasó algo similar: escondí tanto los asuntos de mi trabajo que ellos pocas veces me han visto hacerlo. Hace algunos meses yo creía que mi familia pensaba de mí lo siguiente: "esta se las tira todo el día". Después del estallido me lo confirmaron: "consíguete un trabajo de verdad". 
Durante el encierro tuve tiempo para escucharme, de verdad escuchar lo que yo pensaba porque, literalmente, no había nadie más a quien escuchar. Tuve algunas caídas existenciales, algunos pensamientos problemáticos y tiempo para mí: esos meses no moví un dedo, no hice ningún libro. Ordené mis archivos y borradores (en papel y en virtual), no pude sistematizar todo lo que tengo porque me pareció imposible hacerlo sin romper más mi corazón. Pensé también -entre otras cosas jodidas- que las labores que realizo son completamente inútiles. Los libros que hago, por muy bien pagados que sean, terminarán en la basura. Muchos de los libros que publico quizás sean comprados, pero nadie me asegura que serán leídos. Oh, esto se remonta a más atrás... antes del encierro, pero después del estallido: en algún momento renuncié a escribir (quizás lo cuente mejor algún día). Con el encierro, también iba a renunciar a encuadernar. Iba a renunciar a algo mucho más importante en realidad y eso no sé si pueda llegar a escribirlo algún día. 

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22 de diciembre:

-¿Aló?
-Hola. Mañana vamos a hacer asado y a regar.
-Vale.
-Vamos a almorzar en el balcón, así es que no es necesario que desocupes el galpón.
-... puedo desocupar si quieren.
-No, ahí no más.

24 de diciembre:

-Yo sólo quiero una cosa de ti, Pía, algo sencillo, súper fácil de hacer.
-Dime.
-Quiero que cuando vayamos a la cabaña, el galpón no esté lleno de cajitas, que podamos comer ahí y usar la salamandra.
-Fácil... súper fácil.
   

29 de diciembre de 2020

Buenas

Hola amigx.
Las circunstancias no han sido favorables, es posible que ninguno de nosotrxs esté bien ¿importa? Si no hablas, pues no nos enteramos y ahí quedamos, como gente jodida, egoísta y fatal. Bien, no tienes que hablar, pero tampoco decidas por el resto; quizás pensando en que no quieres provocar preocupación, guardas silencio, continúas reservado y terminas tragando lo que te provoca daño: no, no es opción guardarlo para ti. Dale, guarda silencio... no, eso no es opción ahora mismo, no quiero despertar para enterarme de que algunx de ustedes ha desaparecido de esta tierra. 
No lo tomes a mal, tampoco a bien: no tiene que ver con "a quien", sino "para quien". Puedo ser yo -ahora mismo-, puede ser otrx -también ahora mismo-; no te lo tragues, no lo evites, no lo ocultes. 
Puedes hablar, no se te juzgará. Puedes dejar un mensaje y será leído. Puedes dejar una carta y será respondida. Puedes pasar por casa y serás recibido. 
Amigx, tengo damascos y en un tristrás hago tartitas si te gusta algo dulce o pancito si te gusta algo salado. Podemos comer fruta desde el árbol cargadito o hacernos limonadas con menta del jardín. Podemos beber té o café, comer dulces que yo no he preparado o helado que iremos a comprar al almacén. 
Espero que estés bien. Espero que despiertes en un buen lugar. Espero que no te falte el amor y si no lo tienes, ve a buscarlo. 
Yo te quiero.   

25 de diciembre de 2020

Conflictos que creí superados

Hace un montón de tiempo, en una tierra lejana, me quedé con una idea fija en la cabeza. No encuentro el sentido para contar la historia completa, por lo tanto dejaré las pistas mínimas para situarse. 

Cuando era menor de edad, mientras cursaba los últimos años escolares, papá proclamó algo que hirió mi corazón y mamá apoyó esa idea guardando silencio (y llorando mucho); en la mente adolescente -que tenía en aquel entonces- concluí que ambos compartían la misma idea y por eso ambos estaban del mismo lado manifestando algo que, en ese momento, terminó rompiendo mi corazón. En varias oportunidades posteriores (varias veces en varios años), manifesté mis emociones a mamá esperando que ella me escuchara, solo eso, no deseaba que me hiciera sentir mejor, que me aconsejara, que resolviera por mí, que me dijera algo motivador o que me diera la razón; insisto, sólo necesitaba que me escuchara. A los veintiocho -después de ingerir algo parecido al ácido-, decidí no volver a hablar sobre este tema con mamá (ya había descartado hablarlo con alguien más de mi familia) porque comprendí que siempre había recibido la misma respuesta y continuaría recibiéndola, decidí que era mejor dejar de insistir porque pensé que ella debía sentirse agobiada, cansada o molesta. Desde mis veintiocho no volví a siquiera mencionar el tema y después, cuando necesitaba hablar, lo escribía o lo comentaba a algún amigo (a la "pasá", livianito y riéndome para que nadie se sintiera responsable de algo así). Cumplí treinta y tres este año, pasé 16 años pensando que papá y mamá -ambos- pensaban igual, pasé 16 años pensando que la razón por la cual mamá no me escuchaba era porque no creía en lo que yo le decía, pasé todo ese tiempo escuchando la misma respuesta cada vez... se suponía que respondía lo mismo cada vez porque lo que me decía (respondía) era concordante con lo que ella pensaba. 

A veces, en casa, mientras conversamos después de almuerzo, salen temas varios: noticias, opiniones, asunto familiares. Hace algunas semanas, estaba yo preparándome un tecito y escucho a mi mamá decir: "oye, si nosotros tenemos historia familiar con esto... el tío x, el tío z, la tía k..." y me quedé escuchando un rato. Con la tacita de té en la mano, me quedé patidifusa: sentí algo que no pude identificar, tenía tantas ideas en la cabeza que era difícil enfocar una. Volví a la mesa y, minimizando hasta el ridículo mis emociones y pensamientos, salté a decir: "qué, si esas cosas son inventos, son weás que la gente se inventa, tonteras, paparruchas..."; papá salta de regreso y avala lo que yo acababa de decir; mamá -con el rostro muy muy serio- dijo: yo creo en eso.
Recuerdo que salí con mi hermana y no podía expresarme con claridad. En la noche continué sin saber bien qué estaba sintiendo. Días después pensaba contarlo a una amiga, pero decidí que "mejor no". Semanas después terminé conversando con mi amiga y tampoco pude decirle lo que sentía o pensaba al respecto. Ya ha pasado un mes o poco menos, no puedo ponerle nombre al sentimiento que me embarga, no puedo aceptar culpa o culpar a alguien, no puedo dejar de pensar en eso. 

Yo no puedo (no soy capaz de) revivir la pena que me provocó darme cuenta que mamá no me escuchó en 16 años; después de todo, en ese tiempo, yo era mayor de edad y, le dijera o no, era mi responsabilidad lidiar con eso. Quizás lo que me molesta o no me permite pensar con claridad es que lamento mucho que esa Pía menor de edad se quedó con una idea errada sobre mamá y ese asunto. En ese año, mamá también rompió mi corazón guardando silencio. 

7 de octubre de 2020

Miedo para ir a dormir

Me he estado dando vueltas durante hartas semanas en varias preguntas, sé que la situación me ha empujado a ciertas conductas extrañas y a otras conductas que ya conocía -aunque la última vez que aparecieron fue hace muchos años-. Supongo que algún día terminaré escribiendo de ese algo que conozco poco de mí, algo que es preocupante y que redescubrí en los últimos meses, pues he tenido también harto tiempo para reflexionar al respecto, la misma situación de encierro me ha dado tiempo y paciencia para pensarlo; eso algún día saldrá y con es costumbre en este blog "si está escrito, está resuelto". Otra cosa es la inquietud al momento de dormir, de eso sí puedo escribir ahora. ¿Por qué me ha estado costando tomar la decisión de ir a dormir? ¿por qué alargo mucho mis horas despierta para no tener que acostarme y dormir? 
No soy alguien que somatice los problemas o estados de ánimo terribles, en general hay pocas ocasiones en la vida en que he sentido dolor físico o me he enfermado porque estoy preocupada, estresada o siento miedo de algo; creo que recuerdo todos esos episodios en que no pude explicar un padecimiento físico con una enfermedad, sino con un padecimiento mental (angustia). Recuerda también que soy ultra sana: nunca me he quebrado un hueso, tampoco he estado hospitalizada, me enfermo re poco y no padezco de ninguna enfermedad crónica. 
Una vez en mi vida tuve serios problemas con dormir, los dos primeros años en que viví sola, esos dos primeros años de u. Padecí de insomnio esos años, no podía dormir o dormía muy poco (un par de horas y de modo intermitente). Recuerdo que, cuando comenzó a pasarme, era alucinante vivir en horarios extraños; acostumbraba aprender cosas en las horas en que no podía dormir y no fue una mala experiencia. Todo se volvió "serio" (o comencé a percibirlo así) cuando comencé a olvidar cosas aleatorias y la vida diurna se vio trastocada hasta que la realidad se distorsionó; durante harto tiempo la pasé mal porque estaba consciente de que ese insomnio era serio, pero era una parte de lo que me pasaba (tampoco quiero escribir de lo otro). Aún ahora, no puedo decir con certeza qué fue antes, si el insomnio era una causa o una consecuencia. 
En el año tres y medio de u, cambié el rumbo que llevaba y mi vida mejoró bastante, ya había superado harto y el insomnio se me había pasado. Comencé a quedarme más horas despierta para conseguir objetivos importantes para mí; hasta ahí es necesario contar para esta entrada. 
Dormir es algo que acostumbro evitar cuando requiero de más tiempo para llevar a cabo mis proyectos, más por negligencia que por gusto; no me duermo hasta que lo termino. Hace algunos años podía pasarme varios días durmiendo poquísimo, más porque me caía de sueño que por considerar que necesitaba dormir para descansar, pasaba días y días arriba de la pelota funcionando bien, con mis facultades disminuidas (menos concentración, atención al medio y empatía), pero bien. Me gustaba la sensación de control que tenía sobre los periodos de sueño y hacer lo que se me ocurría con ese tiempo; recuperarme también era más fácil y rápido, dormía normal y listo, al otro día andaba high otra vez y otra vez. 
Cuando cumplí treinta me fui a la chucha y mal, me cuesta trasnochar y mucho más quedarme despierta terminando algo. Por un lado sé bien que no tengo el mismo cuerpo que antes, por otro lado he perdido el impulso que me permitía obsesionarme con alguna labor. Ahora mismo no padezco de insomnio, pero mi horario de sueño se ha distorsionado harto. He estado evitando la hora de sueño y, hasta hace poco, no sabía la razón. No tengo problemas con dormir, me gusta dormir y me gusta lo que pasa cuando duermo, no soy ordenada ni constante con los horarios, pero no había tenido problemas con eso. Ahora sé que he estado evitando dormir porque tengo sueños inquietos, de esos malos sueños que no alcanzan a despertarte -como sí lo hace una pesadilla-. Tengo vagas ideas de lo que sueño y despierto con la sensación de que son cosas feas e historias súper darks, recuerdo algunos elementos y no se  corresponden a los sueños que tengo la mayoría de las veces. 
Hace algún tiempo se metió un weón, al patio por la noche, y se robó algunas cosas, yo estuve teniendo pesadillas jodidas durante más de una semana; el miedo que sentía me empujó a perder mis preciados sueños extravagantes. Estuve una semana apaleando a este weón imaginario mientras dormía, despertaba con rabia y pena, apenas descansaba por las noches. Estuve meses saliendo al patio, a cualquier hora, con un fierro en la mano y con ganas de encontrarme a alguien; en ese rato ya había perdido el miedo y también había dejado de soñar con apalear a ese weón. Recuperé el tipo de sueño que me gustaba, espero que ahora también pueda volver a tener el tipo de sueño que me gusta tener.       

24 de septiembre de 2020

Anhedonia musical, catalizadores y disparadores.

En algún momento, mientras experimentaba mis últimas vueltas por las publicaciones de facebook, me topé con un artículo sobre la Anhedonia musical (el link va para Wikipedia, pero hay varios artículos al respecto). Yo pensé que podría padecer de esto porque tengo problemas para decir "la música me produce felicidad", sé poco de música, no sé tocar instrumentos, me cuesta aprender nombres y retener grupos, no entiendo que la gente vaya a conciertos o que se conmueva con la música. Ya, es mucho, entiendo que me estoy yendo al extremo y, pensándolo, claro que estaba exagerando. No puedo decir que me guste oír algo en particular, tengo música para cada cosa que hago: música para blogguear, música para plaquette, música para cocinar, música para el karaoke, música para bailar, música para fumar, música para encuadernar. Lo que me cuestionaba era que no tenía música para oír, para siquiera llegar a considerar que oírla era "hacer algo"; inconcebible sentarme a escuchar música. Y ahí pensé que la música por sí misma no me producía mucho (hay excepciones, especialmente cuando me recuerda algo y eso algo fue triste), pero que aún así había música que escuchaba sin pensar más allá del "esto es agradable". Cuando me preguntan qué tipo de música escucho, les digo que "onda disco" (principalmente porque me gusta bailar). Cuando me preguntan si me gustaría aprender a tocar algún instrumento, les digo que no me interesa (considero que no tengo habilidades para aprender y tampoco paciencia). Cuando alguien pone la radio, me aburro re luego y busco los audífonos (porque prefiero algún disco mío que la música aleatoria que puede salirte en el FM). Escucho de todo un poco y si me suena bien, pues la sigo escuchando. Me gustan las que puedo cantar o intentar hacerlo. Me gustan las que puedo bailar, pero sólo las antiguas y sé más de cómo se bailan que de cómo se llama tal o cual estilo. 

Hay música que se me ha quedado pegada por circunstancias ajenas a la propia música -como el "soundtrack de tu vida", pero a escala minúscula-, momentos que tienen asociado algún tema o canciones que alguien escogió para oír en algún instante fuerte. Hay otros temas que me gustan porque puedo cantarlos y me gusta el karaoke porque puedo usar mi voz a un nivel que no puedo en otras oportunidades. Hay música que sólo bailo y el acto de bailar sí que me emociona, me absorbe y consume mi energía; me encanta quedar muerta después de moverme todo el rato. En mi diario tengo algunos temas anotados por ahí, al borde de las páginas; al lado tengo escrito lo que sucedió durante el día. Cuando hay temas -escritos en los diarios- puedo recordar con facilidad por qué los tengo anotados ahí, si quiero recrear un poco la experiencia, voy y pongo esos temas; también me agrada recrear esos momentos cuando quiero escribir, se me hace fácil imaginar una escena y puedo describirla como si estuviera viendo una fotografía. 

Hay música que no entiendo y, por lo mismo, no me agrada escucharla; aunque alguien diga que es sublime (para verificar este punto, es cosa de leer los comentarios en youtube de "clásicos" del rock). En algún momento rechacé mucho oír música de mi época: si no lo escuchaba mi papá, no era bueno; así de fuerte era el mensaje con  respecto a la música que él escuchaba. Los cd´s que tengo me los ha regalado él y es música ultra "vieja". Tengo un cd´s en español: "Los Gatos" (argentinos) y me encantan algunos temas y es porque puedo cantarlos -y me sale bien, creo-. Me gustan los temas cantados por negras, de esos difíciles y me encantaría cantar como ellas: Gladys Knight, Aretha Franklin, Gloria Gaynor, The Pointer Sisters -por mencionar algunas-. Ay, llegué acá y me aburrí un poco [risitas].

Volviendo un poco al título de la entrada, desarrollo la idea. Si voy más allá, entendí que necesito un catalizador que medie entre la música y mi capacidad de disfrutar la música; deben existir tres elementos. 
Recuerdo que alguna vez se me escaparon unas lágrimas en un concierto de violín, me invitaron una amigas que tocaban -y era obvio que les interesaba ir a escuchar- y yo no podía entender cómo es que aquello que apenas entendía, que disparaba mi inquietud -ahí, entre el público-, me había conmovido, había provocado que mi corazón se acelerara y mis ojitos se nublaran porque estaba llorando (tenía como 15 años); no fue exactamente el concierto, era la invitación y poder disfrutar de una actividad grupal con personas que me consideraban y me invitaban a algo que, para ellas, era importante. En otras circunstancias, no me habría provocado mucho, quizás me hubiera aburrido o quizás no se me hubiera ocurrido ir al lugar, me cuesta mucho encontrar el ánimo para ir a un concierto, aunque sea en un teatro municipal y sea gratis.   
Un amigo, en alguna oportunidad, me trajo algunas sustancias estimulantes -guiño guiño-; en algún rato pusimos música y me reencontré con algunos temas que conocía, pero que no entendía hasta ese momento (escribo "entender", pero se acerca más a "sentir"). Aunque soy terriblemente ñurda y no tengo oído para disfrutar la música, reconozco que hay cierta música que es buena, me guste o no ¿quién podría decir que "Kashmir" de Led Zeppelin es mala? Bueno, me pasó con Kashmir que durante el viaje me hizo sentir escalofríos y, hasta hoy, me provoca algo extraño, como que pudiera ir un par de niveles de entendimiento más allá, sintiendo eso que la gente interpreta como deleite. Si no me hubiera pegado ese viaje, no comprendería que Kashmir es música capaz de provocar sensaciones. 
Conocí a algunos aspirantes a escritores a los cuales les encantaba la música clásica. Yo entendía ese gusto como cualquier otro, sin pensar en que quizás ellos sentían algo más al oírla y tampoco pregunté mucho más. No me molesta escuchar música clásica, incluso hay muchos "temas" que puedo silbar de memoria (algunas partes de Carmen, por ejemplo, porque mi papá se la sabe también); de ahí a escucharla por gusto, no. Tampoco puedo decir "esta es mala" o "esta me provoca algo x", considero que es una buena opción para oír, pero no entendía lo que significaba. Hace unos años, con una idea en mente para escribir y recordando que este tipo de música me podría ayudar a recrear ciertas escenas específicas o ayudarme a imaginar algunos escenarios vistos en fotos o internet, busqué los temas que conocía de oída. Tengo algunos anotados porque me sirvieron mucho, especialmente por el carácter que quería para el texto. Me sirvió y creo que conseguí un buen resultado en las descripciones (no el óptimo, pero sirvió), entendí un poquito lo que esos amigos sentían; vuelvo a eso cuando quiero un resultado similar. No puedo decir que me guste la música clásica, pero si la ocupo para escribir, está bien en algunos casos. 
Si estás leyendo esto y alguna vez me enviaste un tema, si alguna vez esperaste un comentario de mi parte y no lo recibiste, si alguna vez me preguntaste si me gustó y sólo respondí "sí"; acabas de leer la respuesta que no puedo darle a cada persona. Este es un gustito que quería darme porque sí.  

9 de septiembre de 2020

Pasta de líder

Cuando estaba en octavo, nos propusimos -con una amiga- llenar la hojita triste de las anotaciones con puras "buenas"; si sabíamos que con tres te ibas suspendido ¿qué regalo obtendríamos si conseguíamos tres buenas o si llenábamos la hoja de puras anotaciones positivas? Nah pu, puro fraude; una verdad que funcionaba unilateralmente, como muchas cosas en la vida. En cada oportunidad que se nos presentaba, hacíamos algo para conseguir la dichosa anotación y ambas llenamos la hojita, nada pasó: ni felicitaciones, ni premio, ni nada. El bueno no merece ser premiado, se hace porque es bueno y sin esperar recompensa; el malo debe ser identificado, destacado y castigado porque así funciona la escuela -y todo allá afuera-.
Al final de ese año y de modo muy estúpido, tendríamos nuestra licenciatura; aunque seguiríamos en el mismo colegio, pero en "media": denominación que significaba que oirías la abreviatura PAT -prueba de aptitud transitoria- o PSU -prueba de selección universitaria- más veces de las que te hubiera gustado oír. Antes de la licenciatura, votamos para escoger a algunos compañeros de curso que destacaban en "algo"; sólo recuerdo tres categorías: mejor amigo, más cooperador y líder. Todo el curso sabía quienes iban a ganar, era evidente, todos hicimos público nuestro voto entre cuchicheos. Yo veía el premio del "líder" como algo jugoso y digno de portar; me hubiera encantado ser considerada para ese premio. Era un sueño lejanísimo, yo estaba marginada a la mesa del fondo junto a mi amiga mormona, lo único que teníamos era una hoja llena de anotaciones positivas; entenderás que ninguna cabía en la categoría de líder. Llegado el día de la licenciatura recibí una medalla que no merecía, el premio a la "más cooperadora"; fue triste porque yo sabía que ese premio no había sido ganado por votación popular. No sólo nos mintieron diciéndonos que nosotros elegiríamos, sino que nos hicieron votar para, luego, decidir en privado quién recibiría cada premio. El mío no era para tanto, al final era un premio de consuelo para la marginada y mi hojita llena de anotaciones podía justificar, de algún modo, el premio (aunque eso le valía más a la profe que a mis compañeros). Lo que más dolió a todos fue el premio al líder: lo ganó una chica que destacaba por su belleza y que ese año abandonaba el curso para irse al sur con su familia. Le dieron el premio para que se fuera con un recuerdo de su curso, no porque fuera líder; se juntaba con tres chicas más y para de contar. Otro fraude de proporciones en el mismo año. 
Para mí, el paseo de fin de año a Iquique tenía sabor a fracaso, ahí sentí en el corazón que estaba totalmente marginada de toda actividad grupal. Recuerdo que dormí en la misma cama con una amiga y, por la noche, veíamos películas por cable. Ahí probé a mirar la tele con los lentes que usaba mi amiga, le sacaba los lentes del rostro cuando se quedaba dormida y yo, por fin, podía ver películas con subtítulos. No sabía que necesitaba lentes, en ese paseo descubrí que los necesitaba. 
Pucha, recuerdo mucho de ese viaje y odio todo lo que recuerdo; dejo esto acá porque me da vergüenza escribir todo lo que recuerdo.  

5 de septiembre de 2020

Soy un Osito de migajón químico.

Como a muchos les ha pasado, por el tiempo que llevamos restringidos y porque lo único con lo que contamos cuando estamos solos es con la memoria; me puse a ver un chilión de weás que tengo guardadas. Encontré un montón de chiches que recuerdo bien porque siempre los saco para molestar o mostrar a alguien, colecciones de tonteras que guardo porque me gustan los objetos pequeños y los juguetes. Por ahí tengo varios álbumes con recortes, recuerdos, tarjetas, cartas y cositas que guardé porque tenían un valor sentimental. Viendo algunos pude saber inmediatamente quién me había regalado ese objeto, incluso cuando no tenían nombre, fecha o lugar. En otros me di cuenta que no recuerdo dónde chucha los obtuve o quién me lo dio.
Me dio risa encontrar una tarjetita llena de brillitos en tonos pastel que decía "Para Pía, más conocido como Osito de migajón químico". Ay, yo tenía un póster de ese mismo osito, en tamaño block de dibujo, pegado en mi pieza de escolar. Con los años, mi madrecita botó muchas de las cosas que tenía en esa pieza y terminó de deshacerse de muchas otras cuando se mudaron definitivamente de la ciudad. Perdí ese póster del osito y lo extrañé harto, me lo regaló mi hermana. No nos llevamos por tantos años, pero es evidente que crecimos en mundos distintos. Cuando encontré la tarjetita me reí, me gusta esa representación de mí; sé que es extraño sentirse como un osito y que te agrade el "apellido" del osito (de migajón químico). Recién busqué el significado de "migajón": 1.- miga de pan o parte de ella. 2.- Coloquial. Sustancia o virtud interior de algo. Ay, para mi hermana fui un Osito de migajón químico y me siento como uno. ¿Qué habremos estado pensando o haciendo para llegar a ese tipo de conclusión? Ni me acuerdo qué edad teníamos.

8 de julio de 2020

Cogorza química - No hay

Ey ¿cuándo hablaremos de aquello que vivimos juntos? ¡Ey! ¿cuándo me culparás de este "viaje" fome que permitiste porque era más necesario que yo aprendiera algo útil? ¡Ey! ¿cuándo aparecerás y te ofreceré comida y me dirás lo que sentiste y terminaremos hablando en el patio como siempre? No me preguntes por eso que escribí, no recuerdo en dónde guardé ese papel.