Antes de leer alguna entrada de "Cierto personaje acusado de alta traición":

30 de noviembre de 2025

Confesión I

 Hace unos meses, delante de un grupo de personas más jóvenes que yo –si acaso a la que conocía más, quizás llevábamos menos de 5 años en contacto amistoso-, entre tragos de vino y decenas de cigarros de colores y sabores, confesé casi llorando que no me habían mostrado con orgullo (ahora mismo no lo vas a entender, pero lo explicaré, aunque todavía me produce una profunda pena). 

No recuerdo bien si yo guié el tema por esos caminos, esos que te obligan a contar experiencias en el amor; ve tú a saber, no puedo retener tantos detalles. El asunto es que hace tiempo (años o quizá una década) que arrastro un montón de sensaciones bastante asquerosas dentro del pecho y la guata. Sé que no es bueno (para mí ni para otros) darle “vuelta” a los asuntos que no pude resolver en el pasado o que me dolieron (pero que decidí dejar ahí en suspenso), porque al final era menos doloroso ponerle stand-by antes de intentar siquiera solucionar. Y ahí se quedaron esos asuntos que me provocaron dolor y que aún me duelen profundamente. Mencioné que quizás yo guié la conversación hacia el tema porque, desde mucho antes, quería contarle algo a alguien (quien fuera), pero también sentía que tenía que pasar fugaz, quería que se recordara en medio de la bruma alcohólica, en medio de la turbiedad de una conversación casual; no sé si lo planteé, no sé si llegamos ahí porque comencé a preguntar (“casual”) o porque a alguien le dio por hablar porque quería hablar. Quizás –pensándolo un poco- hasta me aproveché del momento. Me dije: bien, total ¿quién se va a acordar de esto? ¿quién podría preguntar más o indagar? ¿para qué? Yo tampoco es que recuerde mucho, pero me quedé con la impresión de que el chique más joven simplemente soltó algo a medias –tan honesto y sencillo que casi voy a abrazarle-; hay otro que habló (y siempre habla) con un cariño que no puedo compartir, un amor que te atraviesa de lado a lado el corazón y te hace sentir una envidia tremenda, lo entiendo y lo envidio, pero no sería capaz de amar como él ama; otra chica, la que conozco más, es determinada, valiente, hizo un compromiso consigo misma y lo cumplió –a pesar de lo difícil que es cumplirse en la adolescencia-, admirable a todo esto. Yo solté un recuerdo, un “hecho” digamos, que se ha repetido varias veces: ¿saben? ¿les puedo contar algo? –les dije, intentando provocar algo de complicidad con ellxs, creo-. He tenido “parejas” en la vida, más bien “personas” con las que he entablado una relación más íntima y personal, pero ninguno me ha mostrado con orgullo; no me han tomado la mano en público, no me han anunciado como “es mi pareja”, “es mi compa” o “estamos saliendo”, “andamos”, “nos amamos”. ¿En serio?, me preguntó la chica; en serio y creo que sintieron vergüenza de estar conmigo, creo que nunca fui lo suficientemente linda, atenta, amorosa, dedicada, honrada, leal, decente, preocupada, abnegada, honesta; no sé, como que no estaba a la altura de una relación o no era digna de reconocimiento público. Por supuesto que eso no lo estaba pensando cuando me pasó, solo eran recuerdos, no impuse el trato que deseaba recibir, sino que me adapté al trato que querían darme; no fui exigente con las “demostraciones públicas” (no me interesaba realmente). Una vez no pasa nada, cada uno tiene sus particularidades; tampoco es culpa de nadie, no fue algo que se habló, acordó o pensó siquiera (o eso creo recordar). Todo esto me comenzó a hacer ruido mucho mucho tiempo después, digamos este año (a mediados de año, creo). No fue una, fueron varias y eso me preocupó, me hizo desempolvar esos recuerdos y preguntármelo. No había una buena razón, tampoco una mala razón; no había algo hecho, sino algo que no se hizo y, lo que fue curiosidad al principio, se convirtió en tristeza. ¿Por qué? ¿por qué? ¿por qué no a mí? ¿En dónde está mi jodida historia de amor? ¿en dónde están mis recuerdos del amor público? 

Quizás por eso sentía envidia cuando un amigo me contaba (y se daba el trabajo de explicarme) que con x chica eran compañerxs –y no “su pareja”, no “su polola”. Por eso me dio tanta rabia cuando otra chica se fue y yo casi le pego a su pareja porque ella caminaba a casa y él había decidido quedarse bebiendo conmigo (¡No weón! El amor es lo más importante, yo pago la cuenta, después invitas tú. Corre, anda, alcánzala); ahí no sentí envidia, sino pena, ganas de llorar. Cuando estos chicos me contaron las historias de amor, sentí ganas de llorar de felicidad; pensar que terminaría amando esas historias de amor público y orgulloso. El otro chico, hace poco, hablándome –demostrando que era algo cotidiano y natural para él- sobre el amor que le tenía a su polola, que la amaba, que la adoraba, que tomaba acciones a diario para cuidar ese amor. Convencida de que debía decir algo porque admiro ese tipo de amor en la misma medida que lo envidio, dije que era hermoso cómo se expresaba de su polola y de su relación con un tono de voz incorrecto, como queriendo matarlo mientras lloro y me imagino todo lo que cuenta. Ah. 

Me dolía (y de seguro va a seguir doliendo), pero al decirlo, lo exorcicé un poco, lo vomité entre humo y gotitas de saliva con tinto, solo para comprender que –si me vuelvo a involucrar con alguien- me adaptaría al designio de la otra persona, no pelearía, me sometería a la clase de amor que quisiera darme porque aún no sé nada del amor.