Antes de leer alguna entrada de "Cierto personaje acusado de alta traición":

27 de diciembre de 2025

Quejas navideñas

Me regalaron una caja (madera con vidrio) llena de un té que no he probado (no es el que me gusta). Me sorprendí por el contraste: yo pensé en un regalo para cada persona de mi familia, fui a comprarlos, los envolví y los regalé... A mí me dieron una caja para té (que no necesito), llena de té (una marca que no me gusta). Ok. No tengo ni un problema en no recibir un regalito, en ese caso me da lo mismo. Esta cajita tampoco hubiera sido problema, pero el que me la regaló tenía que agregar: "no te portaste bien este año". No se me ocurrió ninguna razón para que lo dicho fuera válido... Lo que se me ocurrió fue mi falta de tiempo y, como consecuencia, reunirme poco con mi familia; por lo tanto respondí "he estado trabajando". De inmediato lanzó de vuelta: "todos trabajan". No sé por qué tuvo que agregar palabras al dichoso regalo, no había ninguna necesidad de agregar algo más. Se hubiera quedado todo (en mi cabeza) como un regalo inútil, innecesario y torpe: hace muchos años que no me regalan algo que me guste, algo que me haga pensar que me conocen, ponen atención a mis gustos o siquiera se toman un poquito de tiempo para elegir algo que pudiera gustarme. Hasta ahí parece exagerado ¿O no? Acá viene. 
La gente adulta en mi casa ¿aborrece mi trabajo? En mayor o menor medida, lo que he escuchado (de frente y dicho a otros) y también se les ha "salido".
1.- Hace un par de años, escuché (en un cumpleaños) que mi madre le contaba a alguien de la familia (extendida) que mi padre se sentía decepcionado de mí. Yo no estaba escuchando a escondidas o fue por casualidad, mi mamá estaba a menos de un metro de mí y contó eso como si fuera lo más normal del mundo. 
2.- Un día cualquiera, peleando de seguro (aunque no recuerdo por qué), me dijo que me consiguiera un trabajo de verdad. 
3.- A lo largo de los años, me han dado a entender que no saben lo que hago y tampoco saben de dónde chucha saco plata. 
4.- Varias veces he tenido que escuchar: no me interesa lo que hagas, no me interesa tu trabajo. 
Me sorprende que estar muy ocupada y tener poco tiempo (por mi trabajo) sea equivalente a "nada". Me dolió.
¿Sabes? El otro año voy a hacer lo que se me antoje y no volveré a comprar regalos de navidad y tampoco pienso pasar otra jodida fiesta en esa casa. 
PD: hasta ahora y desde que trabajo en Taller Editorial Me pego un tiro (2013), 2025 ha sido mi mejor año. 

26 de diciembre de 2025

Deseando el amor

¿Sabes? El domingo pasado me reuní con un amigo, él se irá a otro país dentro de poco. Debo declarar que es más que un buen amigo, es maravilloso haber tenido la oportunidad de conocerlo. 
Desde que recuerdo, me han llamado la atención las personas que saben cosas que yo no: en música, literatura, arte, lo que sea en realidad. Tampoco es que yo me considere experta en algún área, o sea, no es que codicie los datos que desconozco en mi área de interés (tampoco es envidia o celos lo que siento); es algo que, creo, es cercano a la admiración. Cuando escucho a las personas hablar de lo que saben, siento felicidad; quizás me gusta la sensación de felicidad que me produce que alguien hable de lo que sabe, además (por supuesto) de tener la oportunidad de saber algo más, "obtener" un dato es un detalle dentro de la experiencia de oír a las personas que admiro. 
Con este amigo me pasó mucho. En algún momento parecía que, cada vez que nos veíamos, decía algo que yo desconocía y lo amaba por eso; nombres, escritores, datos, cosas curiosas, de todo un poco, algo liviano mezclado con datos precisos que me llevaban a preguntarme a qué hora este ser humano había dado con esto o aquello. 
Ahora mismo me siento muy triste porque se va, es un sentimiento que tiene que ver completamente conmigo, con el amor que siento por él, con la admiración que se me desborda y el gran vacío que me veré obligada a sentir. Me cuesta poner "el sentimiento positivo" por delante -en serio se me dificulta-, ese sentimiento de orgullo, de amor profundo y admiración, una sensación de felicidad porque se va, porque no estará solo y porque continuará escribiendo maravillas. 
Quizás la admiración tiene que ver con que escribe y ha publicado, pero no se da color: no habla de sí mismo como alguien que escribió tal o cual cosa, como el que es  reconocido y ha sido premiado, sino que continúa siendo el mismo que conocí. 
Me gusta porque es ambicioso, metódico, enfocado y terco; yo no tengo lo suficiente (de ninguna caacterística) como para lograr lo que él ha logrado.
A todo esto, con esta despedida tan reciente, veo esa diferencia y me produce tristeza. Insisto: me siento feliz por él, pero siempre aparece la tristeza por delante.
No se me ocurre otra manera de expresar lo que siento ahora mismo. Intenté explicarlo, pero hasta acá no me quedó como quería... Quizás para la próxima. 

19 de diciembre de 2025

Me caí de culo tres veces en 2025

 Hace algunos meses "un pajatito" (como lo denominó el amigo de la grúa de motos) me botó de mi moto mientras estaba circulando a bajísima velocidad, iba a visitar la casa de mi familia. Yo no lo vi venir, iba como siempre, incluso aliviada porque en la misma calle a veces me sale un perro estúpido -que me odia- y ese día estaba encerrado. Yo venía sola por mi lado de la vía y el autito verde metálico del pajarito venía detrás de un auto que yo vi de frente, cerquita, casi pegado a la cola. Cuando deje de ver el auto que venía de frente, pero en la vía contraria, apareció el auto chiquito y viró sin fijarse. Me golpeó el lado izquierdo de la moto, en la parte de atrás y yo caí de culo en el cemento. Creo que mi "conchetumare" se oyó a muchos metros, mi voz se ha hecho más grave con los años y llevo como tres años gritando "aló" desde muchos antejardines serenenses y coquimbanos porque hago delivery de libros; mi voz se ha hecho más audible. No estaba insultando al pajarito, grité al cielo insultando quizás a mi mala suerte, pues yo no había provocado el accidente, tampoco se me ocurrió pararme a pelear con el pajarito, tampoco es que me doliera o sintiera que algo había dejado de funcionarme... además quedé de espaldas, con una pierna en el suelo y la otra encima del asiento de mi moto ladeada. 

Cuando hay accidentes, caídas o choques en la vía pública, quien más siente empatía por tu estado es el conductor que maneja el mismo vehículo que tú. Me ayudan (u ofrecen ayuda) peatones cuando me caigo en la calle caminando. Me ofrecieron ayuda motoqueros cuando me quedé botada en el paso sobre nivel de Peñuelas. En bici quizás es la excepción, una vez me levantó un curao, otra me levantó un bombero de una bencinera y, en la otra, el muchacho con el cual choqué de frente -bici contra bici-. Ahora me vieron varias personas mayores (hombres) y por el susto no atiné a pararme al tiro o a aceptar su ayuda. Les dije que me dieran un minuto y me disculpé con el pajarito porque ese insulto fuerte no era para ella y noté que también estaba muy asustada -además sabía que había sido su culpa-. 

Al rato me paré, me ayudaron a levantar mis cosas y la moto. No pusimos más lejitos del cruce de las calles en donde me había botado el pajarito y hablamos tranquilamente. No fue grave, no nos fue mal. Después del susto la moto no encendía, así es que llamé al amigo de la grúa y le dije al pajarito el valor  y que la contactaría para cobrarle los costos (si es que la moto estaba dañada). Me transfirió 30.000 y quedamos en contacto. Se fue. Cuando llegó el amigo de la grúa, me pidió permiso para revisar la moto y me explicó que no encendía porque estaba "ahogada"; quemó un poco de bencina y la echó a andar. Me cobró 20.000 por el pique y el arreglo, si hubiera usado la grúa me habría costado 25.000. Agradecí al amigo de la moto y a un caballero que me ayudó a parar la moto, luego seguí con mi asuntos. En la noche le escribí al pajarito para contarle que la moto estaba bien, que el amigo me había cobrado menos y que me tomaría un buen café con el resto del dinero; me agradeció que le contara el final de toda la historia. Demás que seguía nerviosa (aunque le mesanjeé horas después), me agradeció el gesto y me deseó un buen cafecito.

A pesar de que me caí sobre una de mis nalgas y no me golpeé el resto del cuerpo, me sentía un poco apaleada, el susto decía yo. Al otro día y durante una semana tuve un moretón, pero sentía el cuerpo renovado; cuando le conté a mi hermana sobre la caída, mencioné que se me había realineado "para bien" el cuerpo o algo como que se me habían alineado los chakras (no recuerdo bien), pero el punto era que no sentía más achaques de los que tenía antes del golpe, sino menos. Yo no sé si seré masoquista o algo, pero esos tres elementos: golpe, susto y alivio, como que me hacían falta y mi cuerpo lo agradeció curándose y mi cabeza me agradeció olvidando cualquier mierda irrelevante que me estaba quitando atención de los asuntos importantes. 

Hace un par de semanas me caí en el patio. Una caída muy tonta. Se me resbaló un pie en una bajada de tierra (que tenía algunas piedrecitas sueltas) y quedé sentada; me golpeé el culo y el codo del brazo derecho. Tenía un vaso con café en la otra mano y apenas se derramó porque caí con el torso recto. Me asusté un poco por mi torpeza, no recuerdo haberme caído así, resbalándome por un camino que conozco bien, que incluso puedo recorrer con los ojos cerrados o por la noche sin usar linterna. Me sentí un poco "vieja" ¿acaso me estaban fallando las piernas? ¿acaso me sentía tan cansada que no estaba poniendo atención? ¿acaso estaba tan colapsada por el cansancio que mi cerebro había olvidado esa bajadita? ¿estaba distraída? No sé, pero me pasó lo mismo, me sentí aliviada después del sustito; me sentía mejor que antes de la caída; aliviada de la cabeza y sin dolor en el cuerpo.

Hace unos días me caí en una escalera, en una tienda del centro. Una mala combinación entre suelas lisas y resecas de unos zapatos viejísimos; una escalera antigua y resbalosa de piedra; una distracción entre una llamada y una búsqueda infructuosa en un bolsillo; y, por último, no poner atención y poner el piloto automático para hacer algo que creía poder hacer a ojos cerrados porque me siento muy cansada. Estaba súper preocupada por la persona que iba a mi lado más que de mí. La escalera tenía quizás 20 peldaños y me resbalé a la mitad, mi trasero me hizo rebotar hasta el último. Fui muy rápido como para alcanzar a actuar, así es que miré a la persona que iba a mi lado y le pregunté si estaba bien. Todo bien aunque se golpeó un brazo. ¿Me puedes abrazar? le pregunté. Y me dijo que no quería porque estaba bien. Insistí en que me diera un abrazo y le dije que era yo quien lo necesitaba. Dentro de todo, me alegré que no hubiera nadie más, que nadie me viera ni nadie intentara ayudarme; creo que me hubiera puesto a llorar de la vergüenza. Finalmente lo mismo, alivio. 

Pensándolo un poco, quizás y solo quizás, lo que he estado viviendo estos últimos meses -en mi trabajo- ha sido tan repetitivo y poco desafiante que estas caídas sorpresivas le han brindado a mi cerebro algo de estímulo ¿positivo? ay, no sé cómo explicarlo. Creo que sentiría un alivio enorme si estos pequeños accidentes fueran "medianos", si estos machucones fueran cortes o huesos rotos, si las caídas se transformaran en reposo, largas horas de sueño o un poco de atención.  

4 de diciembre de 2025

A propósito de Confesión I

En el último año me ha tocado –desgraciadamente- pensar harto en el concepto de amor. Por una u otra lectura (por pega o por placer), por escuchar (con o sin intención), por verlo en donde pongo la mirada. En algún momento pensé mucho en la clase de amor que he vivido y en la clase de amor que me gustaría vivir; en qué me gustó y qué aborrecí. De ahí aparece lo del posteo anterior. No recuerdo otra etapa de mi vida en que me fijara tanto en las expresiones de amor público, donde miro las veo y siento tristeza por no haberlas vivido antes. Creo que la vergüenza ha teñido cualquier intento de declarar amor, cualquier muestra de afecto mínimamente abierta al ojo de algún extraño. ¿Acaso es otro asunto el que ha impedido ese breve goce afectivo?

Quizás es algo que viene desde muy atrás, incluso desde antes que alguien me viera el cuerpo. Cuando era escolar me comparaba mucho con las chicas “deseadas”, las que casi todxs considerábamos lindas (en su aspecto exterior); yo era un asco en comparación. Encontraba lindas a las bailarinas –había una academia de danza en el colegio- porque eran delicadas, suaves en los gestos incluso fuera de la clase. Encontraba lindas a las chicas delgadas (onda, como referencia, el cuerpo de la Britney colegiala), quizás porque ellas usaban ropa más ajustada, se sentían mejor con su cuerpo y no sentían vergüenza de sí mismas, porque se les veía más piel y podía seguir con la mirada esa silueta definida que yo no encontraba en mí. Encontraba lindas a las chicas que usaban falda porque ni se preocupaban de nada, vestían falda como la propia piel, con elegancia y comodidad. Me gustaban las chicas con piercing, con tatuajes, con aros, con pelo largo, con seguridad de andar con poleras ajustadas o con el valor de llevar algo encima algo “fuera del reglamento”… al final todas tenían algo que admirar o encontrar lindo, pero yo no lo tenía. Ni gracia ni talento ni buenas notas ni buen carácter ni amor propio ni falda ni piercings, no destacaba en nada, no era querida por nada, no era buena amiga ni sabía algo que me hiciera útil. Si no reconocía nada bueno en mí, nada deseable o admirable ¿quién iba a querer o amar algo de mí (o amarme, quererme, admirarme)? Qué imbécil fui. Por supuesto que tampoco dije “me gusta este o aquel, incluso esta o aquella”, si yo era una vergüenza con patas, quien me gustara también iba a cargar con esa vergüenza, con el asco y todo eso; la gente se burlaría (aunque me rechazaran), decidí dejarlo en mi cabeza. “Los bonitos con las bonitas, los músicos con las cantantes, las excelentes con los destacados”. 

¿Por qué no me atreví siquiera a vivir un amor adolescente? Sería mucho peor la vergüenza que sentía de ser yo, el pánico de que la gente supiera (ya sea por éxito o fracaso), el que yo creyera firmemente que la privacidad en el ambiente escolar no existía, la seguridad del rechazo y de la burla, casi imaginando la burla constante a mi espalda y a la espalda del pobre desgraciado sobre el que pusiera mi ojo de monstruo. 

Hace un par de años (me parece), hablando con una amiga mayor, me preguntaba cómo era posible que una muchacha sintiera asco de sí misma. Me explico, ella conocía a una escolar y le oyó decir eso de sí misma; en algo que escribí, percibió esa misma idea, por eso hablamos el tema. Ella veía linda a la escolar, también a mí (no en el mismo contexto, por supuesto); tenemos algo que ella ya no percibe en sí misma, pero que vivió y gozó cuando fue escolar y cuando tenía treinta y tantos años. Hablé harto con ella, pero no creo que entendiera lo que intenté explicarle.