Antes de leer alguna entrada de "Cierto personaje acusado de alta traición":

25 de junio de 2011

Contando ovejas negras con poca lana

La última vez que fui a ver a mi familia (a mi ciudad natal) crucé algunas palabras con mi madre, ella revisaba un ejemplar de la revista Escarnio y me preguntaba quienes eran los editores de la revista, yo le dije sus nombres y los textos que aparecían de ellos publicados en ese número, ella los leyó y comentó: estos niños son intelectuales, escriben muy bien, con muchas cosas, y yo en tono gracioso le dije "son muy buenos, leen mucho... de los tres soy la oveja negra, lo más malo", a propósito de mi comentario ella sonrió dándome la razón; fue curioso porque ella siempre le dice a sus amigas que me apoya y siempre está atenta a lo que hago porque es mi "fan", sin embargo, cuando comencé a leer -y escribir- a ella no le gustaba mucho: perdí a mis amigos y mis enemigos perdieron el interés, además mi profesor le dijo a mis padres que yo me iba a suicidar. Muchas veces pienso que mi madre dice que me apoya o que es mi "fan" porque le corresponde como la madre responsable que es, no creo que entienda siquiera la mitad de los textos que lee. 
A propósito de estas sonrisas de poca confianza, hace algunos días escuché un comentario similar, eso sí, lo escuché por un cuarto sujeto que me transmitió la información, era algo similar al asunto de "la oveja negra", pero esta vez los descarriados éramos dos [risas], es gracioso porque un desconocido se siente con la autoridad de hablar de las capacidades de los demás sabiendo que sus "gracias" ya caducaron. 

PD: por favor no escriban comentarios, si llega alguno lo leeré, pero no lo publicaré.

13 de mayo de 2011

De conversaciones inconclusas [XV]

Los árboles parecen ser nuestros únicos testigos ¿qué insinúan? ¿cómo es que no alcanzamos a embriagarnos con el curioso ritmo de sus susurros?. Las estrellas, la luna menguante, Saturno. Pocas veces he deseado tanto, tantas veces y sigues diciendo cosas que harían estallar en llanto a cualquier otra mujer, respondo con la verdad o dejo que el silencio aleje tus sentencias, nada más. El silencio es algo que pocas personas quieren. El cigarrillo deja su marca en las ropas, en mi rostro hay siempre una sonrisa de medio lado. Perros cruzándose otra vez en mi camino, perros que muerden mis zapatos, perros que beben y se mojan las patas, perros que cantan, perros que caminan en tres de sus cuatro patas.  

11 de mayo de 2011

El insano ritual de cada noche I

*Cigarrillos liados a mano.
El humo de aquellos cigarrillos es particularmente denso. Siempre la mirada perdida intentando seguir el humo que sale de su boca. El contenido de cada inspiración debe llegar a tu boca, todo lo que alcances a guardar sin distorsionar para ello tus mejillas, el contenido debe introducirse a tus pulmones llenándolos, un resto quedará alojado en tu boca. La nariz permitirá que tus pulmones evacúen el humo, no sin antes botar el humo de tu boca formando círculos, rostros, mujeres; esta es la sustancia pura y densa con la que puedes jugar a ser un animal, las rutas que toma el humo te da una idea de la velocidad y dirección del viento. El humo que te conecta con el verdadero vicio se calienta en tus pulmones, queriendo salir por alguna vía produce un ardor en la garganta, detrás de la nariz. Un leve mareo llega a tu cuerpo en lo que el humo sale a través de la boca, las piernas temblando como a continuación de un orgasmo. La última calada más caliente que las predecesoras y con el sonido del papel quemándose dentro de la boquilla, la inquietante sensación de que necesitas liar otro. El silencio, la noche, la contemplación de todo lo que jamás habías notado.

De conversaciones inconclusas [XIV]

Los perros respiraban al compás del suelo, dormidos seguían los destellos verdes de las raíces que a momentos  se dejaban ver. Los árboles siempre presentes quizás quieran decirnos algo ¿cómo saberlo?. Necesitaba vomitar, vaciar mi estómago de los perros que respiraban unidos a mi vientre. El sonido de todas las cosas, de todos aquellos pequeños perros que intentaban llamar mi atención, las jugarretas y el forcejeo, perro durmiendo a mi lado, más allá y hasta donde podía ver.

IV. Las hojas aplastadas.

Larga avenida de semáforos en rojo, yo leía. El sonido de las hojas secas quebrándose se escuchaba a mi espalda, detuve mi lectura y esperé que el ruido cesara. Las personas caminaban por la acera cercana, a ambos lados, pocos automóviles. La errática caminata de una viejecita de falda larga, chamarra y gorro de distintos colores me llamó la atención, a cada paso intentaba pisar una de las hojas estrelladas que yacían en el suelo, a cada paso tronaba una hoja y si no lo hacía, la abuela movía su pie sobre la hoja hasta que lograba quebrar el delicado marrón que se había asentado en ellas. Sonreí, seguí leyendo mientras el sonido de las hojas aplastadas me hacía grata la visita a la avenida. Quizás algún día puedas escuchar los pasos de la viejecita.

10 de mayo de 2011

Los ojos tristes de mis compañeras de cama [IX]

En el balcón era fácil encontrarla mirando el cielo despejado del desierto, viví algunos años con ella, los tiernos años de su niñez. Una cuantas veces cerré la puerta para que nadie pudiera ver lo que hacíamos allí, los detalles de nuestras conversaciones las escribió en un diario que más tarde sirvió de prueba para que me alejaran de ella. La casa era grande, de dos pisos, un balcón con baranda de madera, ventanas grandes, todo estaba siempre limpio, demasiado limpio para una casa que debía soportar las inclemencias del desierto más árido del mundo. En aquel balcón tomé su mano y la besé con sentimientos de culpa pulsando en mi estómago. Yo bebía cerveza, ella jugo de naranja con algunas rodajas de plátano en el fondo del vaso. Su ropa era la de una niña, los detalles de la tela estampada con flores me provocaba abrazarla hasta que me pedía que la soltara, aquellas flores fueron testigos de tantas tardes de pequeños besos. ¡Ah! pequeña mariposa observando el cielo ¿cuándo emprenderás el difícil camino?. En aquella casa ya alguien sospechaba de algo extraño, los ancianos siempre saben lo que sucede a su alrededor o creen saberlo, da igual, la anciana completó la historia con cosas que no había visto, buscó alguna prueba y la expuso. Naturalmente me expulsaron de la familia, de la casa, todos me aborrecían. Le dije a mis amigos que me iba a estudiar a otra ciudad y tuve una coartada perfecta, nadie jamás volvió a preguntar. De vez en cuando le envío una carta y ella la responde con la frescura de los años de su niñez.

9 de mayo de 2011

De conversaciones inconclusas [XIII]

El cielo parecía fundirse con el árbol que jamás se movió, las hojas, el tronco. Las cenizas de una vieja fogata hacían que toda aquella visión fuera de un pasado duro. El fabuloso descubrimiento de algunas flores que conservaban su color aunque hace tiempo habían muerto. La soledad y el silencio que tanto me hacían falta me dieron una último respiro antes de regresar y de preocuparme, y de esperar, las últimas cartas o las primeras de otro tipo de misivas, ¿se podrían publicar aquellas cartas que ambos escondemos debajo de nuestras camas?.

19 de abril de 2011

De conversaciones inconclusas XIV

Summertime...
A su derecha la explosión de la galaxia árbol. ¡Oh el éxtasis!, el denso humo saliendo por todos los agujeros del cuerpo. Mi sombra completando la sombra de un árbol, un monstruo de un brazo humano, de media cabeza humana, de una extensión infinita sobre el suelo, improvisación sobre las calles dormidas.

17 de abril de 2011

Los ojos tristes de mis compañeras de cama VIII

Su nombre era algo extraño -Jennifer-, su rostro era bastante particular, sus piercing, su cabello negro con algunos reflejos rojos, su vestimenta, su sonrisa. Unas cuantas veces me acerqué lo suficiente para excitarme con el olor a perfume que salía de su cuerpo, sus uñas siempre estaba pintadas de burdeo, sus párpados siempre lucían una sombra negra perfectamente aplicada. Las primeras veces que la visité en su casa pensé en seducirla, pero a cada visita era más difícil acercarme a ella; la timidez que desde el comienzo impidió acercarme hacía estragos en mi cuerpo, me sentí desvalida tirada en su sillón blanco. La vi dormir y embriagarse, la escuché maldecir contra el mundo, la observé atentamente mientras miraba televisión. ¡Oh, mi corazón palpitando!, sus manos, la delicada posición de sus piernas al sentarse, la calidez de su rostro al besar mi mejilla. No sabía en realidad de qué manera plantearle mis sentimientos, no sabía bien cómo dejar de desearla, no sabía su debía declararle mis sentimientos ¿se quedaría ella conmigo? ¿me odiaría el resto de nuestras vidas?. No me gusta hablar de ella porque siempre tendré que reprimir algo, un beso o una caricia, un pequeño detalle que ella y yo sabremos interpretar, algún texto que me permita enviarle en cartas, pequeños cuentos que la incluyan y que relaten un episodio en que me jura amor eterno. Ella sigue viviendo, ella sigue escuchándome cuando lo necesito; creo que ella es la única que me ha besado con amor. Desperté con el ligero roce de su mano sobre mi cabeza, una simple muestra de afecto que acabó por impulsar mi deseo de tenerla entre mis brazos y besarla sin miedo. Tiré de su brazo hasta que perdió el equilibrio y fue a dar sobre mi cuerpo, la rodee con mis brazos de tal modo que no pudo liberarse por más que lo intentó. Por favor, no me gustan las mujeres -dijo mientras se le escapaba un lágrima-. Lo sé -le dije mirándola a los ojos-, pero necesitaba abrazarte y decidir lo que siento por ti, es difícil ser amiga de una mujer como tú, tan bella, deliciosa. Nuestro encuentro acabó cuando un descuido de mi parte provocó su caída sobre la alfombra, me levanté a ayudarla y le besé por última vez.

29 de marzo de 2011

Las sorpresas que trae el gato [II]

Al muchachito le encantaba vagabundear por las plazas de cualquier lugar, dormía en preciosos jardines en que parejas de jovencitos se recostaban mientras pensaban qué harían a continuación con el dinero de sus padres. Cada uno de ellos era egoísta, todos miraban al muchachito con un poco de miedo, con un poco de asco, el temor a una vida despreocupada, el temor a dormir junto a los perros. El muchachito encontró un pequeño trozo de carbón y decidió que un par de bigotes dibujados en su rostro lo convertiría en un animal más, dormiría con otros animales y se lamería con paciencia a la vista de las parejas que a esa hora disfrutaban de un paseo en el parque. Una mujer mayor se acercó con cuidado y acarició al muchachito porque creyó ver en él a un gato perdido, el muchachito se sintió extasiado por las caricias tan puras que la mujer le regalaba, se durmió disfrutando el gris del cielo.