Antes de leer alguna entrada de "Cierto personaje acusado de alta traición":

16 de febrero de 2021

Viajes y viejos. No viajes y no viejos [Parte I]

En algún lugar leí que quienes más se han visto aquejados de padecimientos mentales (no se asusten, me refiero a depresión, stress y ansiedad) han sido población adulto joven -acotados a personas entre los 18 a 40 años-; que ese grupo había sufrido más con el encierro. Las personas de mayor edad, que ya salen de este grupo, aguantaron mejor el encierro porque son personas más pacientes y, de algún modo, les molesta menos estar fuera de casa.*
*Nota: como mi memoria no es muy precisa, puede que estos datos no sean exactos, pero comencemos con esa premisa para hacerlo más sencillo.   

A propósito de esos datos, decía que quienes se habían recuperado más rápido era este mismo grupo, comenzaron a recuperarse o a dejar de sentirse mal apenas se "soltaron" un poco las restricciones: este grupo comenzó a salir, incluso viajar, retomar algunas actividades que eran muy frecuentes para ellos y han mantenido ese comportamiento (aunque no tan abiertamente, "pa callao" muchas veces). Por otro lado, las personas adultas están viviendo una continuación del encierro: salir muy poco, no dejar las medidas de cuidado que les recomiendan, olvidarse de viajar -a menos que se esté muy seguro de poder trasladarse- y, ahora mismo, esperar a que te toque la vacuna (claramente, no todos se quieren vacunar). 

En algún momento del mes pasado, hablando con mi padre, salió el tema de viajar: yo le dije que no me gustaba viajar, él me lanzó de vuelta un "¿como que no te gusta viajar? ¿y cuando te fuiste a Argentina?". Ay... muchas veces uno hace cosas que -en el momento- desea, pero no quiere decir que te gusten para siempre o la experiencia puntual sea excelente y quieras repetirla. Con el tiempo me he dado cuenta que no me gusta salir de mi casa y que mientras más lejos de casa esté, menos me agrada la idea de salir. En comodidad no me gusta y en precariedad tampoco, digamos, en ningún caso me gusta viajar: cuando viajo con todo gratis (viajes familiares), cuando viajo de mi bolsillo (ferias) e intermedios en que pago algo, pero no todo (talleres y encuentros literarios). Le contaba esto a un amigo y le decía que era cómodo viajar con mi familia porque yo no ponía ni un peso, pero aún así no me gustaba viajar (a ningún lado); él me decía que era re-fome viajar en familia porque no podías hacer nada... ¿qué querrías hacer que tu familia no te permita hacer?, me pregunté. Luego me imaginé que las personas adultas que viajan en familia desean carretear, salir de noche, recorrer otros lugares, conocer gente o hacer lo que el gusto les dicte: nah, no me dan ganas de hacer nada de eso. Valoro mucho pasar tiempo de ocio con mi hermana, pasar tiempo de calidad con mis padres, comer algo nuevo, ver plantas distintas que no he podido ver si no es en libros y poder llevar conmigo el oficio más barato del mundo (basta con una libreta y un lápiz): fuera de eso, pues no me provoca hacer mucho fuera de casa, en otra ciudad, en otro lugar, en donde sea que esté lejos de mi casa. 

Viajar "sola" (con una persona más) tampoco me resulta agradable en su totalidad, pero es tanto más grato si se ajusta un horario muy estricto para cumplir con las actividades agendadas y que la persona me procure cierta seguridad (en esta ciudad me siento segura sola, pero en otras ciudades me siento un poco desprotegida y me cuesta hacer migas con personas de intereses afines -como en las ferias del libro o en los encuentros-). No tengo idea de qué mecanismos ocultos operan cuando viajo, pero se pone a funcionar un reloj terrible dentro de mí: despertar alrededor de las 7:00 am, ducharme, arreglarme en silencio, tomar un bolsito/cartera que arreglé el día anterior y verificar el contenido, beber una taza de té, preparar un termo de litro y medio con más té, fumar y escribir una postal o una entrada de diario de vida, hacer todo a la perfección durante el día con horario de reloj y margen de segundos (excepto ausentarme para fumar, porque es algo que no cambia), estar muerta a las 21:00 y no ser capaz de beber alcohol o hacerlo tan moderadamente que ni se nota. Entenderás que es complicado que alguien más me siga el paso a ese ritmo tan extraño y adquirido ¿por imitación? no lo sé, mis padres también son así de obsesivos con los horarios en los viajes: "el día se aprovecha", "levantarse temprano te permite hacer mucho más", "no vinimos de vacaciones para hacer nada", "hay que hacer todo esto hoy". Todo es automático ("modo viaje"), se activa en cuanto estoy en otro lugar y en casa no soy así, me cuesta incluso levantarme temprano, aunque hago en el día todo lo que planeo hacer.     

Viajar realmente sola (sola, sola), me provoca mucha ansiedad y siempre espero no tener que pedir ayuda de ningún tipo, razón por la cual sólo llevo lo que puedo cargar y me preparo para cualquier eventualidad. Me relaciono poco con otras personas, lo mínimo diría, ya que me cuesta mantenerme neutral si algo me molesta: muchas veces recuerdo haber intentado ser amable y livianita, no me sale y, evidentemente, me han respondido de modo tan desagradable que me arrepiento todo el tiempo de haber hablado. Digamos que voy a la segura, hablo con personas que ya conozco y limito ese encuentro a expresar interés, de regreso no espero que me pregunten nada muy "profundo"; prefiero hablar de las cosas que hago ¡libros! -aunque sean fomes- o me integro alegremente con alguna historia de talleres.    

Hace algunos años perdí al único compañero de ferias que tenía y tuve que aprender a bajarle un poco a la neurosis, tuve que obligarme a pedir ayuda (aunque me disgusta aceptar que NO PUEDO SOLA) y, haciendo un ejercicio muy masoquista, aceptar que soy un "desastre funcional"... funciono bien en apariencia, estoy bien en apariencia y hago ciertas cosas bien en apariencia; en contraparte, me cuesta mantener un comportamiento constante y sostenido, me cuesta mantener un equilibrio sano en tiempos que exigen mucho de mí, me vuelco al cigarro y al café de modo indiscriminado, pierdo con facilidad el control sobre los puntos más fuertes de mi carácter, soy grosera y comienzo a hablar más grave que de costumbre (voz de cantante de country). 

Afortunadamente no sufrí de "bichofobia" en este tiempo, no le tengo manía a los gérmenes u obsesiones malsanas con el cuidado/aseo personal; en este sentido, no fue doloroso porque no dejé de ver a las personas con las que tengo una relación cercana, solo se restringió y cambió la dinámica. Tampoco me pegó tan fuerte eso de la soledad porque estoy más bien acostumbrada a estar sola, además de poder echar mano de las rrss y eso sí lo agradezco, a muchos no los he visto en más de un año, pero tengo la posibilidad de mirarlos a través de las redes y mensajearles de vez en cuando. Me sentí afortunada de que me permitan vivir en un lugar agradable y suficientemente cómodo para mí y Birdo; incluso con un espacio excesivo para una persona, pero que me brindó la posiblidad de ocuparme de algo fuera de mis labores frecuentes, un lugar seguro y lindo para resguarme mientras pasa todo esto. 

No me mata el no poder salir (me molesta no salir de noche/madrugada), no me mata la tele ni las noticias fatalistas (me gusta mantenerme llena de info, aunque sea inútil), no me mata no poder salir tanto como antes (tampoco salía tanto) o que las ferias casi desaparecieran (me hizo bien que no hubiera feria del libro veraniega este año); me mata el no poder ver a las personas que quiero y no he podido ver hasta ahora. 

¿Qué tienen que ver los "viejos"?: esta entrada continuará. 

13 de febrero de 2021

Amada

No soy de hablar del amor, digamos, del amor que se puede sentir por personas que no son cercanas por defecto (familia principalmente) y esto sí es paranoia mía: tengo la idea de que cuando uno comparte con otros sobre parejas o amantes les das la facultad de juzgarte, comentar, ser comidilla, opinar, despotricar; les das permiso y no les puedes reclamar después. El miedo que siento tiene que ver con mi respeto por la intimidad propia y la ajena, pero no lo explica completamente. Me da repelús cuando escucho a alguien decir "con tal persona hice tal cosa", describiendo actos sexuales implícitos que debían ser íntimos, pero que pasan al plano público en el momento que alguien los narra y nombra a los participantes y, especialmente, porque lo he oído de personas que apenas conozco, en espacios públicos, en evidente estado de embriaguez o volás de pito. Aclaro: hablar de sexo no me produce vergüenza. Es la situación, la connotación, el ambiente; podemos hablar de esto siempre que confíes en mí, siempre que creas en mí, siempre que esto no se convierta en un show o equivalga a la humillación de quien no está presente. Lo sé, es paranoia mía o especulación, temores infundados, manías vanas; y no deja de aterrarme.

Hacía mucho tiempo que no sentía un gesto de amor íntimo (no en un contexto sexual, sino en el ámbito casero) en que realmente me sintiera amada por lo que soy y no por lo que hago o tengo. Lo que valoro es que varios gestos así se han repetido durante harto tiempo y adoro ser sorprendida por esos actos adorables que me remecen el corazón, en que siento el cuerpo acelerado y el rostro se me acalora porque me sonrojo, tengo que mirar a otro lado (o al gato) o hacer otra cosa porque me avegüenza -no en mala-. Ahora que lo escribo, tampoco había sentido vergüenza hacía mucho tiempo, digamos, esa vergüenza que no proviene de tu propia torpeza -como cuando te tropiezas o te caes en bicicleta-. 

Siento que el amor me ha salvado de muchas cosas "feas" y ahora mismo me está salvando de algo que conozco, pero que se ha hecho más grande y difícil de sobrellevar. Quisiera que ese amor se extendiera más allá de mi propio consumo en tiempos complejos, que me fuera más fácil retribuir, devolver o recompensar ese tipo de amor; tengo la suerte, eso sí, de tener a alguien y considero que tener muchas características comunes es una ventaja para mantener una relación que se mueve entre el amor y la tranquilidad. Me siento amada y eso basta por ahora. 

11 de febrero de 2021

La sangre tira

En los últimos meses me he visto en la situación desagradable de ser cuestionada por mi padre, pasa frecuentemente, pero ahora se ha hecho más y más molesto. Estas cuestiones tienen que ver con el lenguaje, con las palabras para darse a entender, con eufemismos malsonantes y groserías. 

Si me conoces, sabes que puedo expresar un registro amplio en tanto a palabras y modos de expresión, algunas veces escogida y, otras, impulsadas por las emociones; creo que es un súperpoder adquirido el poder expresarme de muchas maneras, con muchos matices y dirigiendo de modo efectivo las ideas que me interesa comunicar; claro, eso limitado a las expresiones, porque de lo que se dice "saber comunicar efectiva y eficazmente", nada, casi siempre me voy por las ramas y caigo en el sinsentido (especialmente en ideas complejas). De esto último, medio que me di cuenta y medio que me lo hicieron notar, no fue hasta que me metí en el podcast que, para mí y otros, se hizo patente. La experiencia podcast (con alrededor de 25 capítulos), me permitió expresar ideas que me eran interesantes, pero tiene poco de información y mucho de emociones; me es inevitable involucrar la ira o el amor cuando hablo de algo que me gusta, se intensifica con la memoria experiencial y ahí quedo, dándome vueltas estúpidas con esas cosas que me costó incorporar como conocimientos prácticos; aunque, en gran medida, aquellas experiencias emocionales se acaban transformando en conocimientos prácticos y son útiles en la medida que avanzo en mis labores (y pasa además, irremediablemente, el tiempo). 

Hace unos cinco años recuperé una relación cercana con mi familia, volvimos a vivir en la misma ciudad y voy con frecuencia a la casa familiar; después de cada comida, se habla (y mucho). A mí me agrada quedarme conversando, porque me ponen al tanto de lo que ha sucedido y puedo también ponerlos al tanto de lo que hago. Me gusta, en particular, ser parte de ese rito post-comida, porque -pase el tiempo que pase- esa conversación se produce de igual modo. No, no siempre es agradable, a veces son retos o estupideces, a veces son pelambres y otras son "cuentos" (digamos, temas aleatorios que olvidas apenas te levantas de la mesa); muchas otras son conversaciones intensas y responden al código único que desarrolla cada dinámica familiar; otras se producen únicamente para "alivianar" el momento; en otras se habla de lo que se cree o no, de lo que se escucha y de lo que se decidirá. Siento que, a pesar de todo, ese momento se ha convertido en un punto esencial para nosotros.
Mis padres (ambos) me han preguntado por mi modo "grosero" de expresarme, les he explicado en varias oportunidad que, cuando me da rabia, me exalto y me dejo llevar por esa rabia (soy una persona iracunda, lo sé); me exalto con facilidad si el asunto me involucra y, además, debo opinar, casi a la fuerza. Mi madre dice que ella jamás dice garabatos, que jamás los dijo mientras nos crió y es casi cierto; los dice, pero es muy poco frecuente y jamás relacionado a una mala emoción; después de todo, si una palabra se ocupa es porque -de algún modo, justificado o no- es necesario para ti usarla. Mi padre usa mis groserias e imprecisiones ("la weaíta", por ejemplo) para molestarme; bueno, he llegado a la conclusión de que es para molestarme porque no he identificado otros motivos, él no se excusa como mi madre diciendo "yo jamás uso garabatos" (y tampoco es cierto, usa muchas malas palabras todo el tiempo), tampoco dice "me molesta que hables así" o "no deberías hacerlo" (porque, claro, él también se expresa de ese modo); creo que el asunto es que no se da cuenta o pone más atención a lo que yo digo versus lo que dice él. 
Personalmente no me molesta que las personas usen muletillas (palabras que no tienen sentido o derechamente groserías), tampoco que no se expresen con precisión porque basta preguntar para aclararlo; de todos modos hay muy pocas personas que no dice malas palabras, hay que ser muy distraido para no notarlo. Además, en todo orden de cosas y personas, nadie se "salva" de usar palabras malsonantes o eufemismos, echar mano de groserías, utilizar insultos, olvidar el nombre de algo, no saber qué palabra usar o ignorar la palabra que define aquello. 
Acá el problema y la molestia es porque me expreso del mismo modo que mi padre (calcado), pero mi padre desaprueba mi modo de expresarme verbalmente -sin tener motivos claros para hacerlo-. Si bien me habían preguntado y yo había respondido (lo mismo, varias veces); desde hace algunas semanas he estado poniendo más atención a las palabras que usa mi padre, el comportamiento en las conversaciones, las muletillas y las malas palabras: son las mismas que uso yo, bajo igual contexto, con la misma frecuencia y no es lo único. Lo que me cuesta entender, es por qué molestarse y, en consecuencia, molestarme por algo en que nos parecemos mucho.

9 de febrero de 2021

Apodos

Mi nombre es corto, creo que de los nombres más cortos que puedes encontrar en nuestro idioma. Cuando cursaba mis primeros años escolares, deseaba un apodo o tener la posibilidad de tener otro nombre, algo que denotara -quizás- alguna característica agradable o un rasgo particular, pero durante mucho tiempo no tuve ningún apodo; si bien no recuerdo tampoco los apodos de los otros compañeritos de la misma clase, recuerdo vagamente que la mayoría los tenía. Dejé de desear un apodo cuando me di cuenta que, en mi caso, no tenía sentido: no puedes contraer más mi nombre y tampoco me llamarían de otro modo porque mi nombre no estaba "de moda" (o sea, no habían muchas "Pías" como para tener la necesidad de distinguirlas por un nombre distinto al propio). Lo que pasó conmigo no pasó con mis hermanos, ambos llevan nombres ultra largos y populares: Sebastián ("Tatito", "Seba", "Sebita", "Tatín" y, en el colegio, porque había muchos "Sebastianes", le llamaban por su apellido) y Francisca ("Pancha", "Panchita", "Ponchi", "Fran" la llaman algunas personas fuera de la familia y en su  curso también hubo alcance de nombres, pero no sé bien cómo se resolvió). 
Me llevo por poco con mi hermano, año y medio creo, nos tratábamos por el nombre y yo le decía Seba. No me llevo bien con mi hermano, antes era enojo y ahora es ignorarlo no más porque siento que por un lado no se puede hablar con él y por el otro, me pregunto si hablar con él serviría de algo -o sea, encuentro inútil tratar de entablar una relación amable con él-. Yo le tengo un apodo que cambia de un insulto a un diminutivo del mismo insulto, me cuesta decirle "Seba" o llamarlo por su nombre porque este hombre adulto no es el hermano que yo conocía y quería mucho (hasta que nació la Pancha, porque desde ahí yo por mi lado y ellos por el otro).
Me llevo por nueve años con mi hermana y, desde que llegó a la casa, la llamábamos "Pancha"; mi mamá nos retaba y nos decía que era feo decirle "Pancha" a una guagua, que sonaba mal y que no teníamos que acostumbrarla a ese apodo; al final pocas veces la llamamos Francisca, es que de verdad es largo y le brinda un carácter de persona mayor o suena muy duro, como decirle "Señora Francisca" a un chica de 23 con pinta de niña de 12 -es verdad, se ve muy chica-. Yo la llamo de muchos modos, todos los apodos hacen referencia a animalitos o cositas que me recuerdan a ella, nombres en diminutivo y colores pastel, adorables gatitos o algo esponjoso; y no sólo por su personalidad y carácter, sino porque tiene un trato súper amable y es muy cariñosa, risueña y "livianita de sangre".  

Cuando ya había nacido mi hermana, pensaba que el nombre de mi mamá era "nombre de señora" (mujer adulta), no podía imaginarme a una niña siendo llamada "Paula". Al revés, tampoco me imaginaba que mi nombre pudiera ser usado cuando yo fuera grande porque siempre me sonó a nombre de niña y no he conocido a ninguna Pía mayor que yo -en edad-. En media, recién, conocí a dos chicas más (entre cinco cursos del mismo nivel) que llevaban el mismo nombre, tampoco me las imagino de adultas siendo llamadas "Pía", tampoco me imagino que les digan "Señora Pía" porque suena entre raro y chistoso.
En el último colegio en que estuve, adquirí algunas variantes de mi nombre (casi apodos, digamos) y ya llevaba tantos años sin apodo y entendiendo que era innecesario poseer uno que ya no me gustó que mi nombre fuera reemplazado por algo tan ¿feo?... no sé, sonaban feos o extraños, quizás era porque no estaban motivamos por el cariño, sino por el carácter. Me di cuenta también que no me gusta mi segundo nombre -aunque no lo encuentro feo-, no lo uso y tampoco me gusta que la gente lo sepa porque muchas veces lo dicen para provocarme o irritarme; del mismo modo en que me webean diciéndome "poeta". En ambas oportunidades me da la misma clase de repelús. 

Ya muchos años después, conocí a algunas personas que usaban su segundo nombre o usaban un seudónimo completo y fue asombroso descubrirlo, pues no te lo cuentan al tiro, sino que lo terminas descubriendo de alguna u otra forma. Algo que también me sorprende y me agobia un poco es cuando la gente se cambia el nombre de un modo radical porque siempre he tenido problemas para retener nombres y, cuando cambian, me mata equivocarme y siento que puede resultar ofensivo de alguna forma, aunque nunca ha sido esa mi intención... lo siento si la embarré, alguna vez, con alguien: no estoy ignorando ese nombre que eligieron, estoy reacomodando en la memoria la imagen que tengo y el nuevo nombre que acabo de aprender.

Cuando comencé a leer más, también me di cuenta de que muchos autores eran "anónimos" o usaban un nombre totalmente distinto al que usaban comúnmente, algunos otros habían adquirido ese nuevo nombre para la vida e incluso algunos que escribieron con varios seudónimos durante su vida. En principio, pensaba que era absurdo hacerlo porque no entendía las razones y tampoco atendí a la realidad de quien escogía hacerlo; también chocaba con mi idea de que tu nombre, aunque no te guste, está asociado a una persona (padres, familia, carga emocional, asuntos legales, etc.) y sería complejo cambiarlo; alguna que otra idea sobre la imposibilidad de seguir la trayectoria literaria de alguien si usaba seudónimos u otro nombre o nombres;  me preguntaba también quién porras se desapegaría de una buena obra por usar otro nombre; no sé, pensaba muchas cosas. 
Muchas veces me han dado ganas de renunciar a escribir (digamos "hacerme a un lado") y no he podido porque, en la práctica, continúo escribiendo -pero no con la intención de publicar- y eso es hacer trampa... nah, no es hacer trampa, pero se siente extraño escribir, pero olvidarte del deseo de publicar. En algunos otros momentos, también me ha dado por publicar con seudónimo y responde a algo bien sencillo: necesitaba hacerlo (escribir), pero ese texto no seguía la línea que llevaba hasta ese momento, me sentía incómoda poniendo mi nombre cuando aquello no parecía "de Pía". 

¿Por qué tienes el nombre que tienes? ¿por qué usas el nombre que usas? ¿qué tanto tiene que ver con tu cuerpo, con tus pensamientos, con lo que haces?

5 de febrero de 2021

Para L:

Ey, me sorprendió tanto saber que estabas acá que, de inmediato, quise coordinar una cita. Fue rápido, a pesar de que debía ver a muchas personas y me estaba agobiando porque es ahora o nunca -por el jodido retroceso a "fase 2"-; digamos, esta vez no quería quedarme con pendientes porque en el encierro me arrepentiría (como la primera vez que nos encerraron). 
A nadie le gusta eso de verse u oírse a través de una pantalla (videollamadas o videoreuniones), yo lo integré como algo obligado -más por Los Viajeros, que por decisión propia-, sé que muchos tuvieron que medio obligarse y medio acostumbrarse, acabé haciéndolo aunque todxs sabemos que agota y no quedas con esa sensación de calidez que obtienes de un encuentro "real". 
He estado viendo mucho a mis dos amigas que tienen más edad (ahora que lo escribo, me doy cuenta de que es difícil escribirlo de tal modo que las caracterice, pero que no las alumbre) porque salen poco o nada, a ellas las extraño mucho porque conversamos de todo y siempre me dan una perspectiva distinta -y muchas veces, asombrosa-; siento que con ellas es particularmente importante un esfuercito para verse porque, claro, el encierro tiene repercusiones distintas para ellas. ¿Por qué lo mencioné? porque el resto de mis amigxs hablan sobre los embates anímicos, pero su carácter no parece haber cambiado, incluso los gestos parecen iguales a los que manifestaban hasta los primeros meses del 2020: con altos y bajos, pero siempre alegres y graciosos, cariñosos y amables ¡lindxs! los chicos, les chiques y las chicas (es muy extraño escribirlo, aún en estos tiempo, pero deseo caracterizarlos como corresponde). Claro, vi algunos detalles distintos en ellos, tan pequeños a veces y que los ponen en evidencia, su forma de hablar de ciertos temas y pequeños cambios o rasgos que a algunos les endurece el rostro, pero continúan ahí... un día me vi comparando cabelleras canosas y me sentí muy feliz -risitas-. 
A ti, en particular, hacía mucho que no te venía y tampoco te escuchaba, me regalaste un gesto tan bello, tan cálido, tan hermoso; me quedé quieta un momento y, aunque de seguro te pareció que yo estaba muy re-tiesa, realmente sentí mucho cariño e intenté devolverlo en igual medida. De vez en cuando me quedo patidifusa con gestos así, pienso mucho en que hago las cosas "normales y corrientes" como para ser tan querida o, incluso, para merecer gestos así; no sé, de esas paranoias mías en que si me reconozco poco expresiva, la gente lo entendería como indiferencia y lo que se lee es "esa es muy re seria". 
Me gusta hablar contigo, mucho más juntarnos y parlotear hasta que "se cierre el sucucho". 
Hablando de gestos, gracias. 
Me alegro de haber mantenido contacto contigo, pensando en que nos conocimos hace muchos años. Me siento bien sabiendo que continúas escribiendo y mantienes la iniciativa en proyectos relacionacionados con la literatura, siento mucha felicidad cuando pienso en que puedo saber -de primera mano- en qué andas y qué estás haciendo, esa felicidad robada por logros ajenos, pero los logros de alguien por quien siento mucho cariño. 
Más que el gesto -al comienzo de nuestro encuentro-, me impresionó sentir que estás más relajada, tu ánimo es mucho más liviano y te percibí más contenta; como que te hizo muy bien tomar esa decisión. Me alegro por ti, por encontrar el valor de dejar algo que te estaba haciendo mal y estar dispuesta a encontrar un camino distinto; no sé si se lo puedo achacar al "valor", evidentemente responde a muchas cosas, pero lo pongo de un modo sencillo para no dar más detalles. 
Esto, como leíste, se trata de impresiones, de esas que son tan importantes como la primera porque te dejan una imagen fuerte y persistente en la memoria, algo que puedes usar para definir a una persona o comentar lo feliz que te sientes por esa persona. 
Ah! aquí la "red de cuervos" (los pajaritos de otros, son mis cuervos informativos), no me habían contado sobre la publicación y me encantó saberlo de ti; espero que eso salga sin contratiempos. 
Me encanta reunirme contigo, más cuando hacía rato que no nos veíamos. 
Sabemos que los tiempos que corren son muy extraños, andamos súper perdidos y podríamos esperar un ánimo peor; creo que la vía es mantener esas amistades y contactos, aunque cueste un poco o sea difícil, quizás una conversación o unas horas compartiendo parece algo cotidiano y "normal", pero es un momento valioso que aprecio mucho. 
Espero que se repitan estos momentos, son parte importante en mi vida.           

24 de enero de 2021

Algo que pasa cada tres o cuatro años

Cuando voy a la casa familiar, tengo que esquivar a mi madrecita porque me pasa abrazando y oliendo, pegándose a mí y no me agrada; me siento extraña porque siempre he evitado esos abrazos cuáticos y con mucha intención, rasgo que se me ha acentuado con tantos años de vivir sola. Mi tía me abraza porque huelo como su padre -mi abuelo-, como un cenicero lleno de colillas. 
Con mi padre no me pasa, creo que dejó de abrazarme "porque sí" a los 12 o 15 años (no recuerdo muy bien); además del abrazo de año nuevo que, por cierto, este año nunca fue. Cuando iba a la casa familiar en el verano, mientras estaba viviendo acá en Serena, recuerdo que me agarraba en la cocina y me apretaba a la altura de las costillas, haciendo que me agachara para evitar sentir dolor; así de fuerte me abrazaba y me costaba deshacer esa brusca muestra de cariño. 
Cuando se vinieron a Serena, comencé a notar un tipo de "abrazo" o gesto que antes no hacían conmigo, la pésima y desagradable "tocá de guata pa cachar si está preñá"; no es imaginación mía, no es paranoia, no es tampoco ser mala o egoísta (por la expresión o mi interpretación personal del asunto).
Como no me agradan las muestras de cariño que incluyan agarradas de mano en público -con parejas-, tampoco los abrazos sorpresivos de conocidos que veo poco o de desconocidos y también me desagrada la gente pegote -de esos que se te cuelgan del brazo o te respiran muy cerca-; pues noto, de inmediato, que ese gesto es distinto e intencionado; justo lo que me pasa cuando me tocan la guata. Del mismo modo en que notas cuando alguien te toca el trasero aprovechando que te está abrazando y después se hace el weón: de ese modo, notorio y molesto, evidente. 
Hacía mucho que no me tocaban la guata y me tomó por sorpresa porque pensé que ya habían entendido que no deseo tener hijos. Mi madrecita es quien más insiste (ahora lo sugiere, pero antes lo decía y pedía con frecuencia); mi padre no pregunta, pero ver su cara cuando opino al respecto, no tiene precio y dice mucho aunque él mismo no diga una palabra. También había olvidado ese gesto, ni recuerdo la última vez que lo hicieron, pero ahí lo sentí, la semana pasada, de parte de mi padre. 
Yo, en serio, quedé sorprendida, me sacó de lo que estaba haciendo y me dejó pensando ¿por qué ahora? He subido un par de kilos las últimas semanas -ok, tengo mucha pega, además siento mucha ansiedad y stress-, ahora mismo siento un apetito difícil de satisfacer y pucha que cocina rico mi madrecita; claro que se nota que me zampo mucha comida en la casa familiar. 
Demás que recuerdas esos comerciales de cremitas para las estrias o de esas en que intentan venderte suplementos alimenticios, esos en que la principal imagen es la panza abultada de una embarazada a punto de parir; demás que recuerdas las películas en que se muestra a una mujer embarazada tocando su vientre frente al espejo, pacientemente esperando el día de su parto; demás que recuerdas a una pareja y al padre acercándose por detrás, para poner las manos amorosamente sobre el vientre que alberga a una guagua. Tienes la imagen ¿cierto? Así me siento cuando me tocan la guata, siento que no es por mi abdomen o a causa del cariño, sino para palpar algo que se desea, buscando algo que no soy yo, algo que es mejor que yo, algo que podría ser más cariñoso que yo, algo que podría ser fuente de felicidad (no como yo).   
   

22 de enero de 2021

Pesadillas

Soñé y pucha que fue largo el sueño, reunía todo lo que me aterra. 

Estos últimos días he estado despertando varias veces por la noche: varias pesadillas, Birdo vomitando, temblores nocturnos e inusuales idas al baño. Una vez leí que había una diferencia entre "pesadillas" y "sueños inquietos"; si bien ambos son malos sueños, sólo la pesadilla te despierta. No recuerdo mucho las de días anteriores, pero me ha costado volver a conciliar el sueño y no es grato porque, además, estoy en medio de esos episodios de enfermedad rara y molesta: conjuntivitis y párpados pelados por stress. Si bien es frecuente que padezca enrojecimiento, picazón, alergia o cantidad de molestias en los ojos (ojitos verdes pu); ahora también se ven involucrados los párpados y llevo harto así, aunque estoy con cremitas -y extremando los cuidados-, llevo así desde hace más de un mes. 

No estoy segura ahora mismo, pero puedo imaginar que cuando termine esto de los ojos, me quedarán cicatrices visibles: como cuando me han agarrado los abscesos, me dejó el rostro más asimétrico y se nota especialmente en la nariz (ahí me agarró dos o tres veces). Ahora mismo me veo los párpados "viejitos", el pellejo está enrojecido, se palpa más delgado, los surcos de expresión se han profundizado y tengo un aspecto más cansado. No es que me preocupen las cicatrices, de hecho me gusta tener marcas o evidencia de algo que me ha pasado en el cuerpo; me produce curiosidad describir esto que sucede ahora mismo y que, cuando sane, igual quedará para que cualquiera pueda verlo. Se me ha pasado la idea de que algún día escucharé: "tienes los ojos viejos, como si lo hubieras visto todo"... ay, me encantaría que me dijeran eso, pero estoy fantaseando mucho con Doctor Who. 

He soñado hartas veces con este lugar -la cabaña donde vivo- y los sueños más aterradores tienen que ver con que alguien entra por el fondo el patio, botando las panderetas o haciendo una puerta ahí abajo para entrar cuando le plazca; compartir este espacio sin que yo pueda decir algo o sin que me percate hasta que ya hay mucha gente dentro y no es gente agradable. No sé bien por qué siento tanto miedo, quizás porque no me agrada invitar a gente no es amigx; incluso si has estado acá porque eras amigx y ya no lo eres, pues no te dejaría entrar de nuevo (jamás). 

En esta pesadilla estaba mi familia y muchos amigxs que puedo nombrar, digamos esos que tengo más presentes en la memoria. Abajo pasaba algo, yo no quería bajar porque sí pasaba algo y no deseaba verlo porque me pondría a llorar. Di vueltas por la casa, pero no era esta casa, era mucho más grande y tenía lugares nuevos, grandes y llenos de chiches, como si reflejara a una Pía más grande con más recuerdos y objetos significativos que guardar. Abajo había ruido, traqueteo, voces. Pasó un rato largo, porque estaba oscuro y, cuando me decidí a bajar, ya era de día. Vi cosas lindas puestas ahí, banquillos de colores, rejitas de madera, estaba cambiado para mejor, limpio y despejado. Yo había decidido sacar lo que no era de este lugar, arrancando y soltando, quebrando incluso, llevando las cosas a otro lugar, apilando una sobre otra esos objetos extraños; los amigxs que estaban ahí hacían lo mismo. Mi padre dice que podría haber sido más fácil sacarlos "por la ley" y que la habíamos cagado sacando nosotros las cosas. Caminé hasta más abajo y me pasé por encima de una rejita baja que separaba el patio en dos, a la derecha había un apuerta abierta al terreno del lado, inmediatamente conectada había una casa (un living). Salieron dos niños, hermanos supongo. Me parece que estuve "discutiendo" con la dueña de casa del lado, la madre de la otra familia que se estaba instalando en el patio, ella estaba dentro de mi casa reclamando por sus cosas. No recuerdo los argumentos de la mujer, pero creo que yo no hablaba. 

Me desperté asustada, pelear con extraños es algo que considero muy desagradable.  


20 de enero de 2021

El lejano día en que me intoxiqué

Lo que más me quedó y recuerdo con cariño de mi odiada (breve y poca exitosa) época universitaria fue el gusto que adquirí por la botánica, a pesar de que nunca fui una buena estudiante. La única buena sensación que conservo en la memoria son las conversaciones con "la tía Gina", el herbario de la u, las clases de botánica y taxonomía vegetal, el laboratorio y las salidas a terreno en que había plantas -en ese orden, desde lo que más amaba, hasta lo que menos me agradaba-. Yo no tenía idea de que se podía ser/estudiar botánica, llegué a tomarlo como ramo porque me metí a una carrera que, según mi "orientador vocacional", llenaba mis expectativas e intereses (se suponía, porque cuando solicité una cita con el orientador, yo no quería ni estar viva). No quiero hacer muchas revelaciones acerca de esa época -y otras que siguieron a esa- porque no creo estar preparada para afrontar preguntas al respecto; hasta hace poco (un par de meses atrás) lo conté, pero entre que me sentí obligada y preparada, pero no llegué a contarlo completo porque no estaba preparada: han pasado 15 años y aún me cuesta hablar de eso. 

Pasé años desastrosos y a mitad del tercero me cambié de carrera en vez de renunciar definitivamente: no reuní el valor para abandonar (siempre he sido muy cobarde) y, además, me tuve que convencer de que podía sacar una carrera (porque no quería aceptar que no era capaz). Acabé dando más "jugo" y, en año y medio, ya estaba fuera de todo mundo académico porque fui incapaz de continuar. No recuerdo cuándo exactamente, pero en alguna clase que apenas entendía y que aborrecía (como todos los otros ramos) me pasó algo que tengo tan claro en la memoria que, a veces, siento un poco de miedo porque fue una experiencia muy desagradable; recuerdo con menos claridad cosas agradables y lindas, cosas importantes o decisivas. Siento asco y miedo a la vez, por el recuerdo y por las sensaciones que me produce.

No dejé mis manuales de botánica y tampoco de ejercitar mi memoria (aunque me cuesta) viendo árboles y plantas, identificádolos e intentando recordar los nombres científicos, la familia y los detalles; cosa de no olvidar, cosa de no dejar que eso que me gustaba tanto desapareciera. En algún momento -en ese momento o quizás siempre- me atrajeron esas historias de venenos, esas plantas de las cuales nos había advertido la profe Gina, los lavados estomacales, los "viajes", lo que se podía hacer a partir de una planta y lo que podías provocar con ellas. No nací en un lugar guay de plantas tóxicas (peligrosas y realmente mortales), pero sí podía echar mano de lo que existe acá: ya sea traído desde el mediterráneo o alguna que otra nativa de América. Ni te imaginas lo que puedes encontrar creciendo salvaje al borde de los caminos más comunes que puedas recorrer. En esos años, deseando no olvidar y poner en práctica conocimientos básicos y curiosos, me decidí por la experimentación a lo bruto; en mi carne, en mi estómago. 

No puedo recordar el nombre del ramo, no puedo recordar con claridad el rostro del profesor o el rostro de mis compañeros (sólo recuerdo a una chica que fue mi amiga en esos años), recuerdo la disposición de los banquitos; eran de esos que tienen una mesita integrada, ordenados de tal modo que había un pasillo más amplio en medio de dos grupos de banquitos perfectamente alineados, con un espacio destinado a encauzar a los alumnos hacia la única puerta del aula, esa puerta estaba a un lado del pizarrón, justo al lado del espacio que usaba el profesor para moverse de un lado a otro hablando cosas que no soy capaz de recordar (no recuerdo ninguna clase, mucho menos esa). Fui a clases, era la primera -creo-, tipín 14:00; me sentía bien aunque había estado bebiendo infusiones de veneno los dos días anteriores y ese mismo día en la mañana. Me senté lejos de la puerta y al lado de mi amiga. No alcancé a sacar cuaderno ni nada y apenas el profesor comenzó a parlotear, tuve que ponerme de pie y obligarme a arrastrar los pies hasta la puerta; en el camino, mi mano derecha colgando a un lado chocó contra el borde de algunas mesitas. Recuerdo cuchicheos, supongo que alguien que pretende salir apenas comienza la clase, pide permiso y no permite que su mano toque nada, quizás me demoré mucho en salir porque iba mareada, seguramente me movía muy lento y tenía la visión ligeramente borrosa, quizás iba pálida o tenía un aspecto terrible que no podía ocultar. Salí y nadie me siguió. Llegué al pasillo y me detuve para recuperarme un poco, el esfuerzo de salir de la sala intentando no llamar mucho la atención me dejó cansada. Si bien no sentía ganas de vomitar, pensé que debía hacerlo porque me aliviaría y podría estar sola si el incidente pasaba a más. El baño estaba más lejos, debía cruzar una parte del parque universitario y subir una escalerita. En esos años, debido al aumento de vendedores de marihuana y otras sustancias, en el lugar se podían ver varios guardias, especialmente atentos en horas de clases porque había menos gente. Cuando me asomé al parque, pude ver de reojo a cuatro o cinco guardias reunidos en círculo; decidí continuar mi camino apoyando mi mano derecha en alguna pared de algún edificio que albergaba salas de clase. Si continuaba caminando sin apoyo y llegaba a caerme, tendría a cuatro o cinco personas mirándome con asco, ellos estaban ahí para vigilar que su precioso parque universitario estuviera libre de "camellos": este pensamiento absurdo era el único que podía distinguir, además del deseo de llegar al baño. Me apoyé en la pared y, de seguro, continué caminando muy lento, porque oí a mi espalda algunos gritos que se repitieron mucho: "señorita", "señorita", "señorita". ¿Qué me delataba? no me vieron de frente y de espaldas tampoco veían mi rostro, la mano ni me servía para apoyarme porque me sentía débil y sirvió más para guiarme hasta el baño porque todo se veía borroso, poco definido y muy brillante. Oía el insistente "señorita" detrás de mí e intenté apurar el paso porque me aterraba que alguno se acercara. El "señorita" se volvió tan lejano que ya no importaba, estaba muy cerca de la escalerita del baño y ahí mi memoria falla, tengo un vacío breve entre la imagen de los peldaños y la imagen del cubículo del baño. Un recuerdo más nítido regresa y estoy sentada cerca de una taza de baño con ambas tapas abiertas-, con el trasero y las piernas en el suelo frío, con charquitos de agua cerca, cabeceando adelante y al lado. Nunca me ha gustado meterme los dedos a la boca (bajo ninguna circunstancia), pero sé dónde "tocar" y qué dedo meter para provocarme el vómito de tal modo que sea breve y efectivo, de modo que funcione sin tener que volver a intentarlo. Si bien me provoqué arcadas, no salió lo que esperaba, nada salió de hecho; pensándolo ahora, sólo bebí veneno y poco comí esos días, por supuesto que nada podía salir de mi estómago. Con la idea de que alguien vendría por mí, aterrada por la idea de que alguien me encontrara, pensaba en levantarme apenas me sintiera mejor. No pude levantarme en mucho tiempo, quizás me dormí un rato porque de otro modo no me cuadra el tiempo. 

Cuando pude sostener mi peso sobre mis pies, sabiendo que ya no saldría nada de mi cuerpo a través de mi boca y sabiendo que tampoco tenía nada que orinar (lo intenté); me decidí a regresar a la sala. Me mojé la cabeza para espabilar un poco y retuve un sorbo de agua dentro la boca un momento para luego escupirlo. Tampoco tengo recuerdos de mi regreso a la sala, pero en la puerta volví a sentirme muy mal y me senté en el pasillo con la espalda apoyada en una pared. La clase duraba hora y media, estuve hora y media fuera de la sala; para mí no había pasado mucho tiempo, pero comprobé que había estado toda la clase afuera porque el resto de alumnos salió de la sala en tropel, pasando a mi lado, cuchicheando. Recreo, cambio de sala. La única amiga que tenía salió de la sala con los últimos alumnos, pude distinguirla de otros porque tenía un modo de caminar muy pausado. Yo seguía sentada en el pasillo, con las piernas flectadas y las manos sobre el estómago, los ojos medio abiertos. Pude saber con certeza que era ella porque se agachó frente a mí para hablarme, llevaba un chaleco tejido color rojo intenso y pude ver mi bolso colgando de su hombro; fue la única que se detuvo por mí. Me contó lo que había visto y me dijo que estaba preocupada, pero no me preguntó "por qué", sino "como te sientes". Gracias. Estoy casi segura que le pedí ayuda para ponerme de pie y no recuerdo nada más. 

Estoy acá escribiendo esto, no caí al hospital por intoxicación. Si te preguntas por qué no bebo "agua perra", té de hierbas, infusiones o té con sabor es porque siento asco cada vez que percibo esos olores, incluso cuando otrxs lo beben. Ya a la mitad de esta entrada, comencé a sentir la guata un poco revuelta.     

12 de enero de 2021

5 de enero de 2021

No sabía qué porras decir -en serio.

El año antepasado y en algunos años anteriores había agarrado la costumbre de mensajear media hora antes de año nuevo, pensé: ahora es fácil mensajear por voz y puedo grabar muchos mensajes para muchas personas. No me gustaba la idea de escribir algo porque es lentísimo y, weno, recibir un "ok" o un "gif" siempre es decepcionante. Creo que la voz tiene algo que un texto no puede entregar -emoción-, algo que se siente o que intuyes. Me pasaba que los primeros mensajes siempre iban con mucha alegría y los últimos eran emocionantes porque yo casi me dejaba llevar por esas palabras que les dejaba a otros. Si bien no me gustan mucho "las fiestas" (septiembre, días de personas x, navidad, feriados, "jalowines", incluso cumpleaños), me agrada el año nuevo: no tiene que ver con creencias, no tiene que ver con algo que sólo le pase a alguien o a un grupo de personas determinado, no tiene que ver con un ánimo en particular: puedes tomarlo como quieras y hacer "lo que quieras" guardando proporciones (hay muchos que escogen hacer cosas importantes ese día/madrugada). Vale, con ese ánimo terminaba y, de inmediato, comenzaba otro año -exactamente igual-, pero me permitía pasarla bien a mi gusto. Comenzar a mensajear a las 23:30; comer con mi familia; prender chispitas con mi hermana; reírme sin vergüenza; pasar a ver a algunas personas; pedalear más lejos que el resto del año; permitirme una cogorza bestia; dormir a lo loco o no levantarme el primero. Liiiiindo y "naisu" pa los japoamigos. El 2019 había encontrado la fórmula perfecta para disfrutar la única fiesta del año que me agrada celebrar. 
Si bien el nuevo año de 2019-2020 fue distinto (yo estaba destrozada porque acababa de morir "La Cuchinatta", sentía incertidumbre por mi pega y ya había decidido renunciar a continuar escribiendo), no fue algo que sentí malo o feo o catastrófico, nada pésimo, sino distinto. Este nuevo año 2020-2021 comenzó rarísimo. Me obligué a encontrarme con un amigo que estaba mal (en muchos sentidos) porque sentí mucha preocupación y, por fin, pude parlotear todo lo que pude con él; cosa que necesitaba hacer, pero que jamás el ánimo/tiempo permitía. Llegué tardísimo a la casa familiar, siempre tomando todo con caaaaaalma para llegar lo más tarde que pude -en navidad hice lo mismo-. En casa me resté de participar con buen ánimo, medio porque no lo sentí y medio porque estaba padeciendo dolor físico. Llegando las 23:30 no fui capaz de mensajear en voz, no podía hacerlo porque no sabía qué decir; a cambio, dejé algunos mensajitos breves a muy poca gente (preferí publicar algo en instagram). Cuando pensaba en qué escribir, me parecía absurdo comenzar con "feliz año". Cenamos y parloteamos, conversamos y bebimos té, tan aletargados que a tres minutos de las 12 nos dimos cuenta que debíamos servir el copetito pa brindar. En eso que hermana y madre preparaban un traguito que reemplazó la champaña (porque pucha la weá mala), ya tronaban los fuegos de artificio en la población vecina. Salimos con el copetín rosa en la mano y nadie se dio abrazo, nadie, a ninguno le tocó abrazo, nada de nada. Un brindis tímido y ¿con miedo? no lo sé. Salí a la calle, intenté llamar a alguien muy importante y no conectó la llamada, terminé por enviarle muchos mensajitos y ahí me emocioné un poco; como cuando agitas la mano mientras la persona se queda en el andén y tú sabes que lo extrañarás mucho tiempo. Pude quedarme en la casa familiar, pude salir a fumar a la cuadra y dormir ahí, pero puse de excusa mi dolor para irme a Las Compañías ("mamá, allá tengo mis cremitas y mis gotitas"); sí, pude haber aguantado, pero ni tenía ganas de aguantarme. 
Lo que más me mueve -ahora mismo- es acabar la pega que debo terminar de entregar y tener plata para no tener que preocuparme por algunas semanas. Lo que me sostiene -ahora mismo- no es un buen ánimo, no es el amor propio, no son los manuscritos inacabados o los textos inéditos, no es la pega por hacer o los proyectos por terminar, no es el aprecio por mi vida, no son las ganas de fumar incluso. 

Siento que estoy viviendo por otros, porque otros sí sienten lo que yo no puedo (ahora mismo).