Antes de leer alguna entrada de "Cierto personaje acusado de alta traición":
24 de enero de 2021
Algo que pasa cada tres o cuatro años
22 de enero de 2021
Pesadillas
Soñé y pucha que fue largo el sueño, reunía todo lo que me aterra.
Estos últimos días he estado despertando varias veces por la noche: varias pesadillas, Birdo vomitando, temblores nocturnos e inusuales idas al baño. Una vez leí que había una diferencia entre "pesadillas" y "sueños inquietos"; si bien ambos son malos sueños, sólo la pesadilla te despierta. No recuerdo mucho las de días anteriores, pero me ha costado volver a conciliar el sueño y no es grato porque, además, estoy en medio de esos episodios de enfermedad rara y molesta: conjuntivitis y párpados pelados por stress. Si bien es frecuente que padezca enrojecimiento, picazón, alergia o cantidad de molestias en los ojos (ojitos verdes pu); ahora también se ven involucrados los párpados y llevo harto así, aunque estoy con cremitas -y extremando los cuidados-, llevo así desde hace más de un mes.
No estoy segura ahora mismo, pero puedo imaginar que cuando termine esto de los ojos, me quedarán cicatrices visibles: como cuando me han agarrado los abscesos, me dejó el rostro más asimétrico y se nota especialmente en la nariz (ahí me agarró dos o tres veces). Ahora mismo me veo los párpados "viejitos", el pellejo está enrojecido, se palpa más delgado, los surcos de expresión se han profundizado y tengo un aspecto más cansado. No es que me preocupen las cicatrices, de hecho me gusta tener marcas o evidencia de algo que me ha pasado en el cuerpo; me produce curiosidad describir esto que sucede ahora mismo y que, cuando sane, igual quedará para que cualquiera pueda verlo. Se me ha pasado la idea de que algún día escucharé: "tienes los ojos viejos, como si lo hubieras visto todo"... ay, me encantaría que me dijeran eso, pero estoy fantaseando mucho con Doctor Who.
He soñado hartas veces con este lugar -la cabaña donde vivo- y los sueños más aterradores tienen que ver con que alguien entra por el fondo el patio, botando las panderetas o haciendo una puerta ahí abajo para entrar cuando le plazca; compartir este espacio sin que yo pueda decir algo o sin que me percate hasta que ya hay mucha gente dentro y no es gente agradable. No sé bien por qué siento tanto miedo, quizás porque no me agrada invitar a gente no es amigx; incluso si has estado acá porque eras amigx y ya no lo eres, pues no te dejaría entrar de nuevo (jamás).
En esta pesadilla estaba mi familia y muchos amigxs que puedo nombrar, digamos esos que tengo más presentes en la memoria. Abajo pasaba algo, yo no quería bajar porque sí pasaba algo y no deseaba verlo porque me pondría a llorar. Di vueltas por la casa, pero no era esta casa, era mucho más grande y tenía lugares nuevos, grandes y llenos de chiches, como si reflejara a una Pía más grande con más recuerdos y objetos significativos que guardar. Abajo había ruido, traqueteo, voces. Pasó un rato largo, porque estaba oscuro y, cuando me decidí a bajar, ya era de día. Vi cosas lindas puestas ahí, banquillos de colores, rejitas de madera, estaba cambiado para mejor, limpio y despejado. Yo había decidido sacar lo que no era de este lugar, arrancando y soltando, quebrando incluso, llevando las cosas a otro lugar, apilando una sobre otra esos objetos extraños; los amigxs que estaban ahí hacían lo mismo. Mi padre dice que podría haber sido más fácil sacarlos "por la ley" y que la habíamos cagado sacando nosotros las cosas. Caminé hasta más abajo y me pasé por encima de una rejita baja que separaba el patio en dos, a la derecha había un apuerta abierta al terreno del lado, inmediatamente conectada había una casa (un living). Salieron dos niños, hermanos supongo. Me parece que estuve "discutiendo" con la dueña de casa del lado, la madre de la otra familia que se estaba instalando en el patio, ella estaba dentro de mi casa reclamando por sus cosas. No recuerdo los argumentos de la mujer, pero creo que yo no hablaba.
Me desperté asustada, pelear con extraños es algo que considero muy desagradable.
20 de enero de 2021
El lejano día en que me intoxiqué
Lo que más me quedó y recuerdo con cariño de mi odiada (breve y poca exitosa) época universitaria fue el gusto que adquirí por la botánica, a pesar de que nunca fui una buena estudiante. La única buena sensación que conservo en la memoria son las conversaciones con "la tía Gina", el herbario de la u, las clases de botánica y taxonomía vegetal, el laboratorio y las salidas a terreno en que había plantas -en ese orden, desde lo que más amaba, hasta lo que menos me agradaba-. Yo no tenía idea de que se podía ser/estudiar botánica, llegué a tomarlo como ramo porque me metí a una carrera que, según mi "orientador vocacional", llenaba mis expectativas e intereses (se suponía, porque cuando solicité una cita con el orientador, yo no quería ni estar viva). No quiero hacer muchas revelaciones acerca de esa época -y otras que siguieron a esa- porque no creo estar preparada para afrontar preguntas al respecto; hasta hace poco (un par de meses atrás) lo conté, pero entre que me sentí obligada y preparada, pero no llegué a contarlo completo porque no estaba preparada: han pasado 15 años y aún me cuesta hablar de eso.
Pasé años desastrosos y a mitad del tercero me cambié de carrera en vez de renunciar definitivamente: no reuní el valor para abandonar (siempre he sido muy cobarde) y, además, me tuve que convencer de que podía sacar una carrera (porque no quería aceptar que no era capaz). Acabé dando más "jugo" y, en año y medio, ya estaba fuera de todo mundo académico porque fui incapaz de continuar. No recuerdo cuándo exactamente, pero en alguna clase que apenas entendía y que aborrecía (como todos los otros ramos) me pasó algo que tengo tan claro en la memoria que, a veces, siento un poco de miedo porque fue una experiencia muy desagradable; recuerdo con menos claridad cosas agradables y lindas, cosas importantes o decisivas. Siento asco y miedo a la vez, por el recuerdo y por las sensaciones que me produce.
No dejé mis manuales de botánica y tampoco de ejercitar mi memoria (aunque me cuesta) viendo árboles y plantas, identificádolos e intentando recordar los nombres científicos, la familia y los detalles; cosa de no olvidar, cosa de no dejar que eso que me gustaba tanto desapareciera. En algún momento -en ese momento o quizás siempre- me atrajeron esas historias de venenos, esas plantas de las cuales nos había advertido la profe Gina, los lavados estomacales, los "viajes", lo que se podía hacer a partir de una planta y lo que podías provocar con ellas. No nací en un lugar guay de plantas tóxicas (peligrosas y realmente mortales), pero sí podía echar mano de lo que existe acá: ya sea traído desde el mediterráneo o alguna que otra nativa de América. Ni te imaginas lo que puedes encontrar creciendo salvaje al borde de los caminos más comunes que puedas recorrer. En esos años, deseando no olvidar y poner en práctica conocimientos básicos y curiosos, me decidí por la experimentación a lo bruto; en mi carne, en mi estómago.
No puedo recordar el nombre del ramo, no puedo recordar con claridad el rostro del profesor o el rostro de mis compañeros (sólo recuerdo a una chica que fue mi amiga en esos años), recuerdo la disposición de los banquitos; eran de esos que tienen una mesita integrada, ordenados de tal modo que había un pasillo más amplio en medio de dos grupos de banquitos perfectamente alineados, con un espacio destinado a encauzar a los alumnos hacia la única puerta del aula, esa puerta estaba a un lado del pizarrón, justo al lado del espacio que usaba el profesor para moverse de un lado a otro hablando cosas que no soy capaz de recordar (no recuerdo ninguna clase, mucho menos esa). Fui a clases, era la primera -creo-, tipín 14:00; me sentía bien aunque había estado bebiendo infusiones de veneno los dos días anteriores y ese mismo día en la mañana. Me senté lejos de la puerta y al lado de mi amiga. No alcancé a sacar cuaderno ni nada y apenas el profesor comenzó a parlotear, tuve que ponerme de pie y obligarme a arrastrar los pies hasta la puerta; en el camino, mi mano derecha colgando a un lado chocó contra el borde de algunas mesitas. Recuerdo cuchicheos, supongo que alguien que pretende salir apenas comienza la clase, pide permiso y no permite que su mano toque nada, quizás me demoré mucho en salir porque iba mareada, seguramente me movía muy lento y tenía la visión ligeramente borrosa, quizás iba pálida o tenía un aspecto terrible que no podía ocultar. Salí y nadie me siguió. Llegué al pasillo y me detuve para recuperarme un poco, el esfuerzo de salir de la sala intentando no llamar mucho la atención me dejó cansada. Si bien no sentía ganas de vomitar, pensé que debía hacerlo porque me aliviaría y podría estar sola si el incidente pasaba a más. El baño estaba más lejos, debía cruzar una parte del parque universitario y subir una escalerita. En esos años, debido al aumento de vendedores de marihuana y otras sustancias, en el lugar se podían ver varios guardias, especialmente atentos en horas de clases porque había menos gente. Cuando me asomé al parque, pude ver de reojo a cuatro o cinco guardias reunidos en círculo; decidí continuar mi camino apoyando mi mano derecha en alguna pared de algún edificio que albergaba salas de clase. Si continuaba caminando sin apoyo y llegaba a caerme, tendría a cuatro o cinco personas mirándome con asco, ellos estaban ahí para vigilar que su precioso parque universitario estuviera libre de "camellos": este pensamiento absurdo era el único que podía distinguir, además del deseo de llegar al baño. Me apoyé en la pared y, de seguro, continué caminando muy lento, porque oí a mi espalda algunos gritos que se repitieron mucho: "señorita", "señorita", "señorita". ¿Qué me delataba? no me vieron de frente y de espaldas tampoco veían mi rostro, la mano ni me servía para apoyarme porque me sentía débil y sirvió más para guiarme hasta el baño porque todo se veía borroso, poco definido y muy brillante. Oía el insistente "señorita" detrás de mí e intenté apurar el paso porque me aterraba que alguno se acercara. El "señorita" se volvió tan lejano que ya no importaba, estaba muy cerca de la escalerita del baño y ahí mi memoria falla, tengo un vacío breve entre la imagen de los peldaños y la imagen del cubículo del baño. Un recuerdo más nítido regresa y estoy sentada cerca de una taza de baño con ambas tapas abiertas-, con el trasero y las piernas en el suelo frío, con charquitos de agua cerca, cabeceando adelante y al lado. Nunca me ha gustado meterme los dedos a la boca (bajo ninguna circunstancia), pero sé dónde "tocar" y qué dedo meter para provocarme el vómito de tal modo que sea breve y efectivo, de modo que funcione sin tener que volver a intentarlo. Si bien me provoqué arcadas, no salió lo que esperaba, nada salió de hecho; pensándolo ahora, sólo bebí veneno y poco comí esos días, por supuesto que nada podía salir de mi estómago. Con la idea de que alguien vendría por mí, aterrada por la idea de que alguien me encontrara, pensaba en levantarme apenas me sintiera mejor. No pude levantarme en mucho tiempo, quizás me dormí un rato porque de otro modo no me cuadra el tiempo.
Cuando pude sostener mi peso sobre mis pies, sabiendo que ya no saldría nada de mi cuerpo a través de mi boca y sabiendo que tampoco tenía nada que orinar (lo intenté); me decidí a regresar a la sala. Me mojé la cabeza para espabilar un poco y retuve un sorbo de agua dentro la boca un momento para luego escupirlo. Tampoco tengo recuerdos de mi regreso a la sala, pero en la puerta volví a sentirme muy mal y me senté en el pasillo con la espalda apoyada en una pared. La clase duraba hora y media, estuve hora y media fuera de la sala; para mí no había pasado mucho tiempo, pero comprobé que había estado toda la clase afuera porque el resto de alumnos salió de la sala en tropel, pasando a mi lado, cuchicheando. Recreo, cambio de sala. La única amiga que tenía salió de la sala con los últimos alumnos, pude distinguirla de otros porque tenía un modo de caminar muy pausado. Yo seguía sentada en el pasillo, con las piernas flectadas y las manos sobre el estómago, los ojos medio abiertos. Pude saber con certeza que era ella porque se agachó frente a mí para hablarme, llevaba un chaleco tejido color rojo intenso y pude ver mi bolso colgando de su hombro; fue la única que se detuvo por mí. Me contó lo que había visto y me dijo que estaba preocupada, pero no me preguntó "por qué", sino "como te sientes". Gracias. Estoy casi segura que le pedí ayuda para ponerme de pie y no recuerdo nada más.
Estoy acá escribiendo esto, no caí al hospital por intoxicación. Si te preguntas por qué no bebo "agua perra", té de hierbas, infusiones o té con sabor es porque siento asco cada vez que percibo esos olores, incluso cuando otrxs lo beben. Ya a la mitad de esta entrada, comencé a sentir la guata un poco revuelta.
12 de enero de 2021
PD: me quedó pésima la cabecera del blog.
Por dármelas de "bakán", no escogí bien los colores de la cabecera del blog. Lo siento, queridx.
5 de enero de 2021
No sabía qué porras decir -en serio.
30 de diciembre de 2020
Problemas con la ocupación
29 de diciembre de 2020
Buenas
28 de diciembre de 2020
No me siento linda
Hace una década no pensaba en
ninguna enfermedad -o en el dolor- porque no los padecía; me sentía afortunada
de no haber sido sometida a cirugias, de no haberme quebrado un hueso, de no
haber tenido un accidente, de no sentir dolor de cabeza o retorcijones
menstruales. Bueno, hace diez años no pensaba en eso, pero lo cierto es que sí
había sentido dolor físico antes de eso, pero en tan pocas oportunidades que
las recuerdo bien. Al mudarse mi familia a otra ciudad, sentí que todo lo que
conocía se acababa; comencé a cambiar drásticamente de un modo evidente (a los
ojos de mi entorno) y de modo devastador para mi familia (que tuvo que
soportarme "así" durante un año y medio). Durante ese año y medio con
mi familia en otra ciudad, me dio dos veces tortícolis -mientras cursaba
tercero y cuarto medio- y no había ninguna razón para padecerla... ninguna
razón física, porque -segura- eso fue provocado por el intenso odio que sentía
por toda la situación: ciudad horrible, colegio horrible, preu horrible,
compañeros de curso horribles, profes horribles, todo mal a mis ojos (y no es
que todo fuera totalmente malo, pero tampoco tuve la oportunidad de acostumbrarme
a eso antes de abandonarlo). Las dos veces que me dio tortícolis no me
permitieron faltar al colegio, me ponía la ropa entre lágrimas y apenas podía
girar la cabeza; es un tipo de dolor muy particular, algo que recuerdo con
detalles. Las dos veces me pincharon -creo que un relajante muscular- y me
dieron pastillas. La primera vez, entretanto ya me estaba recuperando (sentía
dolor, pero leve), me apunté a un paseo de curso al Pozo 3 (un camping con
piscina en San Pedro de Atacama) y obtuve dos "curas", bebí vino
hasta el vómito y dejó de dolerme el cuello -aunque dormí poco, pésimo y en el
suelo de una carpa-. A pesar de que me dijeron que el dolor provenía de mi
mente (o sea, era algo psicosomático) yo me negaba a creerlo: estaba haciendo
lo que debía hacer, cumplía con lo que se requería de mí, casi no tenía
problemas, mi familia era (y es) muy funcional... yo cumplía, pero no es que yo
creyera que tenía otra opción, de hecho no tenía otras opciones. Por muchos
años me negué a creer que ese dolor era producto de algo que me preocupaba o me
hacía daño, porque no me importaban las notas (lo mínimo era mantener un
promedio que no pusiera la atención de mis padres sobre mí), menos la psu
(quería un puntaje que me permitiera entrar a la u, pero no me importaba en qué
o dónde, necesitaba algo que mantuviera la atención de mis padres lejos de mí),
porque no me importaba no tener un grupo del cual sentirme parte, porque no me
importaba lo que pensara la gente de mí: lo único que llenó mi cabeza durante
ese tiempo era la idea de morirme.
Pasé hartos años sola acá, sola
de los cojones y se puede resumir en tres hitos: no pude construir relaciones
de amistad que perduraran más allá del "compañerismo" universitario
(hay una chica a la que aún le envío mensajes y siento que de algún modo
raro me aprecia, ella de entre otras 100 personas que conocí mientras
estudiaba), me acerqué mucho a la familia de mi tía (la que ahora considero una
segunda familia -gracias tía, te quiero mucho-) y tuve tiempo para construir lo
que soy ahora ("literariamente" hablando). No, no padecí de dolor
físico -dejo fuera la cogorza-, pero sí dolor emocional y lo recuerdo, también,
con detalle. Hace diez años pensaba que estaba bien tomar todo lo que me había
sido negado durante mi adolescencia: el amor y el cariño (en el aspecto
íntimo), la pereza, el hedonismo, el capricho, la impulsividad. Era adulta y
era responsable de mi actos, nadie iba a hacerse cargo de mí o asumir las
consecuencias de mis actos: flor (para mí). Tenía una lista corta de deseos,
cosas que siempre quise hacer o tener en el colegio y, a los 23, ya había
cumplido todo, aunque algunas cosas no las volvería a hacer.
Desde 2013, año en que me inventé
"Me pego un tiro", trabajé cada día y cada hora en los asuntos que
tenían que ver con libros; en ese tiempo gratis, después como una pega formal y
luego de forma independiente. En esos años me enfermé mal tres veces: dos
gripes con fiebre "alucinante" y una intoxicación por andar haciendo
experimentos con venenos botánicos (cuek). En ninguna me vi obligada a recurrir
a médicos. Con los años, porque la salud y la edad me lo permitían (gracias a
que me había acostumbrado a extralimitarme, además de explotarme), era capaz de
hacer tres veces más cosas de las que soy capaz ahora -en el mismo tiempo- y
sin desfallecer, sin enfermar, sin dolor y sin perder; lo tenía todo y podía
hacerlo todo. En ese momento no me sentía alguien especial, pero ahora -y
comparado con lo que acabo de mencionar- me siento un estropajo al lado de esa
Pía con diez años menos. Sí, dirás que es evidente, pero para mí no lo era
hasta que me comenzaron a "aparecer" abscesos en el rostro (eso fue
el 2018, creo). Esas mierdas que dolían como el infierno fueron consecuencia de
algo bien puntual, algo que padecí por dentro y en lo más profundo del corazón;
nuevamente algo psicosomático. También me costó reconocer la causa, no era la
primera vez que me sentía "así" de mal, pero era la primera que esa
mala emoción provocaba infecciones dolorosas que tomaba tiempo sanar. ¿Cómo es
posible que algo real no me enferme? no lo sé... si tienes alergia te enferma
el polen -o el maní o una picada de abeja-, si tienes algún hueso malo te
dolerá con el frío, si tienes una hernia verás tus capacidades físicas
disminuidas. Por ser tan re sana, sentir repelús por los hospitales y médicos,
sentir asco al tragar pastillas; cuando me pasa algo es para recordarlo y en
mala, recordar el dolor que te provocó y lo mal que la pasé, escribir de eso y
volver a la demoniaca sensación de que algo nuevo aparecerá, algo como lo de
ahora y que justifica la entrada completa.
Hace algunos meses me contactó
alguien para quien había trabajado hacía muchos años; me propuso una pega y la
acepté medio pensando en que no se concretaría -por las circunstancias webiadas
del 2020 y porque mucha gente me llama preguntando y con pocos llego a un
trato/pega-. Vale, agradecí harto que alguien pensara en mí, que confiara en
mí, que usara mis servicios; porque lo que es yo, pues estaba viviendo en la
comodidad, siendo como vagabundo en una casa lujosa, sin preocuparme de dinero
ni comida ni cigarros, en la más cómoda soledad, en la más irresponsable pereza,
en la más miserable de las actitudes humanas frente a la incertidumbre; no me
arrepiento, no me arrepentiré de esto. Reincorporarme a un ritmo que podía
llevar, pero que no deseaba, me sacó de una patada hasta la vida que abandoné y
que llevaba hasta septiembre del 2019; con un año y medio más de vida, con los
dedos tullidos, cero ganas, cero ánimo, cero necesidad. Dale, es pega, agradece
que no terminaste viviendo debajo de un puente. No me había agarrado tan fuerte
un padecimiento mental desde los abscesos, no tenía razones para que mi cuerpo
provocara otro padecimiento y aquí estoy.
Hace poco más de un mes, en casa
de un amigo, amanecí con dos pequeñas
protuberancias enrojecidas en el párpado derecho; no le di importancia
porque casi siempre me agarra la conjuntivitis y creí que era algo así (la
conjuntivitis te da en los ojos, pero también se te hinchan los párpados y pica
un poco). Vale, llegué a mi casa y gotitas, pero continuó picando. No era el
ojo porque no lo tenía enrojecido, era el párpado derecho, abajo y arriba,
además también se estaba manifestando en el párpado izquierdo. Picaba y, para
no rascarme directamente con los dedos -porque siempre los llevo teñidos o “encigarrados”-
lo hice con la manga de lo que llevaba puesto; fue para peor, porque con la
tela de los puños (rugosa y áspera) acabé haciendo peor la irritación en la piel.
Esas zonas bien delimitadas, enrojecidas e irritadas, se desprendieron de la
capa más superficial de piel en forma de escamas gruesas y duras. Yo, viéndome
al espejo, intentando arrancar con pinzas esos trocitos inquietantes de piel,
haciendo que se me escaparan las lágrimas porque parecía que estaban
desprendidas, pero se agarraban las malditas a un cachito de piel viva; opté
por no rascarme –aunque picara-, opté por ignorarlo –aunque era difícil estando
despierta e imposible mientras dormía-; me desesperaba, pero no era evidente y
sabía que si se mantenía “así”, nadie me cuestionaría al respecto.
En casa debo sacarme los lentes oscuros
que siempre llevo y mi madrecita siempre me observa demasiado -tanto que es
incómodo a veces-. Un día, luego de que esto empeoró y se extendió, llegué a
casa y me llevaron de un brazo al dermatólogo. Me miró la mujer y me
diagnosticó de inmediato, se acercó para verlo mejor y lo confirmó. Me dijo que
se producía por stress y, en menor medida, por mi trabajo (en particular por el
polvillo de libros viejos); me recetó tres medicamentos y que me pusiera lentes
que aislaran mis ojos de la exposición al polvillo. En el momento no supe bien
qué decirle a mi familia, no sabía si replicar lo que me había dicho la dermatóloga
tal cual u omitir la parte del stress.
¡Ey! ¿por qué omitiría
información? Yo considero mis labores diarias como trabajo –uno informal y precario-,
pero es un trabajo; mi madre y padre lo consideran un pasatiempo que me provee
dinero de vez en cuando, no voy a mencionar el escribir porque tengo opiniones
tan contradictorias que no sé qué pensar realmente. Yo comprendo que ese juicio
sobre mi trabajo es producto de la preocupación, pero les he oído cosas que me
aterran un poco. A principios de este año mi madrecita me dijo: “búscate una
pega de verdad”. Quizás el juicio no es tan pesado como la contradicción: mi
madrecita también trabaja en las mismas condiciones, en una labor precaria e
informal. Yo me pregunto ¿acaso es más válido trabajar en la casa en su caso
que en el mío? ¿el hecho de que ella gane más dinero que yo le permite
menospreciar mi trabajo? ¿acaso ser autodidacta invalida mi trabajo? (ella
tiene un título que avala lo que hace, aunque no directamente) ¿acaso dedicarse
a telas es un trabajo más valioso que dedicarse al papel? No la entiendo en realidad,
pero ese razonamiento me encamina a mentir u omitir (y lo hago mucho cuando trato
con mi familia) porque me evito problemas, discusiones y que pongan una atención
indeseada sobre mí: esta vez decidí omitir la mención del stress… porque
padecer de consecuencias físicas a partir de algo mental, achacado a un trabajo
“de a mentiritas” y que ni siquiera me provee el dinero necesario para comprar
lo mínimo para sobrevivir es un CHISTE. En algún rato también me negué a creer
que fuera por stress, me mentí porque no deseaba aceptar que sí había sentido
rabia con un trabajo en particular, por lo tanto, que me había involucrado más
allá de lo acostumbrado y necesario, incluso de lo que yo considero sano. No me
había percatado hasta que fue demasiado tarde, claro, no es que uno escoja
padecer de algo físico a partir de algo psicosomático; lo que me produce
molestia e incomodidad es que esto es nuevo, algo nuevo con que lidiar, algo
nuevo que aprender y algo nuevo con lo que debo esperar convivir en el futuro.
25 de diciembre de 2020
Conflictos que creí superados
Hace un montón de tiempo, en una tierra lejana, me quedé con una idea fija en la cabeza. No encuentro el sentido para contar la historia completa, por lo tanto dejaré las pistas mínimas para situarse.
Cuando era menor de edad, mientras cursaba los últimos años escolares, papá proclamó algo que hirió mi corazón y mamá apoyó esa idea guardando silencio (y llorando mucho); en la mente adolescente -que tenía en aquel entonces- concluí que ambos compartían la misma idea y por eso ambos estaban del mismo lado manifestando algo que, en ese momento, terminó rompiendo mi corazón. En varias oportunidades posteriores (varias veces en varios años), manifesté mis emociones a mamá esperando que ella me escuchara, solo eso, no deseaba que me hiciera sentir mejor, que me aconsejara, que resolviera por mí, que me dijera algo motivador o que me diera la razón; insisto, sólo necesitaba que me escuchara. A los veintiocho -después de ingerir algo parecido al ácido-, decidí no volver a hablar sobre este tema con mamá (ya había descartado hablarlo con alguien más de mi familia) porque comprendí que siempre había recibido la misma respuesta y continuaría recibiéndola, decidí que era mejor dejar de insistir porque pensé que ella debía sentirse agobiada, cansada o molesta. Desde mis veintiocho no volví a siquiera mencionar el tema y después, cuando necesitaba hablar, lo escribía o lo comentaba a algún amigo (a la "pasá", livianito y riéndome para que nadie se sintiera responsable de algo así). Cumplí treinta y tres este año, pasé 16 años pensando que papá y mamá -ambos- pensaban igual, pasé 16 años pensando que la razón por la cual mamá no me escuchaba era porque no creía en lo que yo le decía, pasé todo ese tiempo escuchando la misma respuesta cada vez... se suponía que respondía lo mismo cada vez porque lo que me decía (respondía) era concordante con lo que ella pensaba.
Yo no puedo (no soy capaz de) revivir la pena que me provocó darme cuenta que mamá no me escuchó en 16 años; después de todo, en ese tiempo, yo era mayor de edad y, le dijera o no, era mi responsabilidad lidiar con eso. Quizás lo que me molesta o no me permite pensar con claridad es que lamento mucho que esa Pía menor de edad se quedó con una idea errada sobre mamá y ese asunto. En ese año, mamá también rompió mi corazón guardando silencio.