Antes de leer alguna entrada de "Cierto personaje acusado de alta traición":

20 de enero de 2021

El lejano día en que me intoxiqué

Lo que más me quedó y recuerdo con cariño de mi odiada (breve y poca exitosa) época universitaria fue el gusto que adquirí por la botánica, a pesar de que nunca fui una buena estudiante. La única buena sensación que conservo en la memoria son las conversaciones con "la tía Gina", el herbario de la u, las clases de botánica y taxonomía vegetal, el laboratorio y las salidas a terreno en que había plantas -en ese orden, desde lo que más amaba, hasta lo que menos me agradaba-. Yo no tenía idea de que se podía ser/estudiar botánica, llegué a tomarlo como ramo porque me metí a una carrera que, según mi "orientador vocacional", llenaba mis expectativas e intereses (se suponía, porque cuando solicité una cita con el orientador, yo no quería ni estar viva). No quiero hacer muchas revelaciones acerca de esa época -y otras que siguieron a esa- porque no creo estar preparada para afrontar preguntas al respecto; hasta hace poco (un par de meses atrás) lo conté, pero entre que me sentí obligada y preparada, pero no llegué a contarlo completo porque no estaba preparada: han pasado 15 años y aún me cuesta hablar de eso. 

Pasé años desastrosos y a mitad del tercero me cambié de carrera en vez de renunciar definitivamente: no reuní el valor para abandonar (siempre he sido muy cobarde) y, además, me tuve que convencer de que podía sacar una carrera (porque no quería aceptar que no era capaz). Acabé dando más "jugo" y, en año y medio, ya estaba fuera de todo mundo académico porque fui incapaz de continuar. No recuerdo cuándo exactamente, pero en alguna clase que apenas entendía y que aborrecía (como todos los otros ramos) me pasó algo que tengo tan claro en la memoria que, a veces, siento un poco de miedo porque fue una experiencia muy desagradable; recuerdo con menos claridad cosas agradables y lindas, cosas importantes o decisivas. Siento asco y miedo a la vez, por el recuerdo y por las sensaciones que me produce.

No dejé mis manuales de botánica y tampoco de ejercitar mi memoria (aunque me cuesta) viendo árboles y plantas, identificádolos e intentando recordar los nombres científicos, la familia y los detalles; cosa de no olvidar, cosa de no dejar que eso que me gustaba tanto desapareciera. En algún momento -en ese momento o quizás siempre- me atrajeron esas historias de venenos, esas plantas de las cuales nos había advertido la profe Gina, los lavados estomacales, los "viajes", lo que se podía hacer a partir de una planta y lo que podías provocar con ellas. No nací en un lugar guay de plantas tóxicas (peligrosas y realmente mortales), pero sí podía echar mano de lo que existe acá: ya sea traído desde el mediterráneo o alguna que otra nativa de América. Ni te imaginas lo que puedes encontrar creciendo salvaje al borde de los caminos más comunes que puedas recorrer. En esos años, deseando no olvidar y poner en práctica conocimientos básicos y curiosos, me decidí por la experimentación a lo bruto; en mi carne, en mi estómago. 

No puedo recordar el nombre del ramo, no puedo recordar con claridad el rostro del profesor o el rostro de mis compañeros (sólo recuerdo a una chica que fue mi amiga en esos años), recuerdo la disposición de los banquitos; eran de esos que tienen una mesita integrada, ordenados de tal modo que había un pasillo más amplio en medio de dos grupos de banquitos perfectamente alineados, con un espacio destinado a encauzar a los alumnos hacia la única puerta del aula, esa puerta estaba a un lado del pizarrón, justo al lado del espacio que usaba el profesor para moverse de un lado a otro hablando cosas que no soy capaz de recordar (no recuerdo ninguna clase, mucho menos esa). Fui a clases, era la primera -creo-, tipín 14:00; me sentía bien aunque había estado bebiendo infusiones de veneno los dos días anteriores y ese mismo día en la mañana. Me senté lejos de la puerta y al lado de mi amiga. No alcancé a sacar cuaderno ni nada y apenas el profesor comenzó a parlotear, tuve que ponerme de pie y obligarme a arrastrar los pies hasta la puerta; en el camino, mi mano derecha colgando a un lado chocó contra el borde de algunas mesitas. Recuerdo cuchicheos, supongo que alguien que pretende salir apenas comienza la clase, pide permiso y no permite que su mano toque nada, quizás me demoré mucho en salir porque iba mareada, seguramente me movía muy lento y tenía la visión ligeramente borrosa, quizás iba pálida o tenía un aspecto terrible que no podía ocultar. Salí y nadie me siguió. Llegué al pasillo y me detuve para recuperarme un poco, el esfuerzo de salir de la sala intentando no llamar mucho la atención me dejó cansada. Si bien no sentía ganas de vomitar, pensé que debía hacerlo porque me aliviaría y podría estar sola si el incidente pasaba a más. El baño estaba más lejos, debía cruzar una parte del parque universitario y subir una escalerita. En esos años, debido al aumento de vendedores de marihuana y otras sustancias, en el lugar se podían ver varios guardias, especialmente atentos en horas de clases porque había menos gente. Cuando me asomé al parque, pude ver de reojo a cuatro o cinco guardias reunidos en círculo; decidí continuar mi camino apoyando mi mano derecha en alguna pared de algún edificio que albergaba salas de clase. Si continuaba caminando sin apoyo y llegaba a caerme, tendría a cuatro o cinco personas mirándome con asco, ellos estaban ahí para vigilar que su precioso parque universitario estuviera libre de "camellos": este pensamiento absurdo era el único que podía distinguir, además del deseo de llegar al baño. Me apoyé en la pared y, de seguro, continué caminando muy lento, porque oí a mi espalda algunos gritos que se repitieron mucho: "señorita", "señorita", "señorita". ¿Qué me delataba? no me vieron de frente y de espaldas tampoco veían mi rostro, la mano ni me servía para apoyarme porque me sentía débil y sirvió más para guiarme hasta el baño porque todo se veía borroso, poco definido y muy brillante. Oía el insistente "señorita" detrás de mí e intenté apurar el paso porque me aterraba que alguno se acercara. El "señorita" se volvió tan lejano que ya no importaba, estaba muy cerca de la escalerita del baño y ahí mi memoria falla, tengo un vacío breve entre la imagen de los peldaños y la imagen del cubículo del baño. Un recuerdo más nítido regresa y estoy sentada cerca de una taza de baño con ambas tapas abiertas-, con el trasero y las piernas en el suelo frío, con charquitos de agua cerca, cabeceando adelante y al lado. Nunca me ha gustado meterme los dedos a la boca (bajo ninguna circunstancia), pero sé dónde "tocar" y qué dedo meter para provocarme el vómito de tal modo que sea breve y efectivo, de modo que funcione sin tener que volver a intentarlo. Si bien me provoqué arcadas, no salió lo que esperaba, nada salió de hecho; pensándolo ahora, sólo bebí veneno y poco comí esos días, por supuesto que nada podía salir de mi estómago. Con la idea de que alguien vendría por mí, aterrada por la idea de que alguien me encontrara, pensaba en levantarme apenas me sintiera mejor. No pude levantarme en mucho tiempo, quizás me dormí un rato porque de otro modo no me cuadra el tiempo. 

Cuando pude sostener mi peso sobre mis pies, sabiendo que ya no saldría nada de mi cuerpo a través de mi boca y sabiendo que tampoco tenía nada que orinar (lo intenté); me decidí a regresar a la sala. Me mojé la cabeza para espabilar un poco y retuve un sorbo de agua dentro la boca un momento para luego escupirlo. Tampoco tengo recuerdos de mi regreso a la sala, pero en la puerta volví a sentirme muy mal y me senté en el pasillo con la espalda apoyada en una pared. La clase duraba hora y media, estuve hora y media fuera de la sala; para mí no había pasado mucho tiempo, pero comprobé que había estado toda la clase afuera porque el resto de alumnos salió de la sala en tropel, pasando a mi lado, cuchicheando. Recreo, cambio de sala. La única amiga que tenía salió de la sala con los últimos alumnos, pude distinguirla de otros porque tenía un modo de caminar muy pausado. Yo seguía sentada en el pasillo, con las piernas flectadas y las manos sobre el estómago, los ojos medio abiertos. Pude saber con certeza que era ella porque se agachó frente a mí para hablarme, llevaba un chaleco tejido color rojo intenso y pude ver mi bolso colgando de su hombro; fue la única que se detuvo por mí. Me contó lo que había visto y me dijo que estaba preocupada, pero no me preguntó "por qué", sino "como te sientes". Gracias. Estoy casi segura que le pedí ayuda para ponerme de pie y no recuerdo nada más. 

Estoy acá escribiendo esto, no caí al hospital por intoxicación. Si te preguntas por qué no bebo "agua perra", té de hierbas, infusiones o té con sabor es porque siento asco cada vez que percibo esos olores, incluso cuando otrxs lo beben. Ya a la mitad de esta entrada, comencé a sentir la guata un poco revuelta.     

12 de enero de 2021

5 de enero de 2021

No sabía qué porras decir -en serio.

El año antepasado y en algunos años anteriores había agarrado la costumbre de mensajear media hora antes de año nuevo, pensé: ahora es fácil mensajear por voz y puedo grabar muchos mensajes para muchas personas. No me gustaba la idea de escribir algo porque es lentísimo y, weno, recibir un "ok" o un "gif" siempre es decepcionante. Creo que la voz tiene algo que un texto no puede entregar -emoción-, algo que se siente o que intuyes. Me pasaba que los primeros mensajes siempre iban con mucha alegría y los últimos eran emocionantes porque yo casi me dejaba llevar por esas palabras que les dejaba a otros. Si bien no me gustan mucho "las fiestas" (septiembre, días de personas x, navidad, feriados, "jalowines", incluso cumpleaños), me agrada el año nuevo: no tiene que ver con creencias, no tiene que ver con algo que sólo le pase a alguien o a un grupo de personas determinado, no tiene que ver con un ánimo en particular: puedes tomarlo como quieras y hacer "lo que quieras" guardando proporciones (hay muchos que escogen hacer cosas importantes ese día/madrugada). Vale, con ese ánimo terminaba y, de inmediato, comenzaba otro año -exactamente igual-, pero me permitía pasarla bien a mi gusto. Comenzar a mensajear a las 23:30; comer con mi familia; prender chispitas con mi hermana; reírme sin vergüenza; pasar a ver a algunas personas; pedalear más lejos que el resto del año; permitirme una cogorza bestia; dormir a lo loco o no levantarme el primero. Liiiiindo y "naisu" pa los japoamigos. El 2019 había encontrado la fórmula perfecta para disfrutar la única fiesta del año que me agrada celebrar. 
Si bien el nuevo año de 2019-2020 fue distinto (yo estaba destrozada porque acababa de morir "La Cuchinatta", sentía incertidumbre por mi pega y ya había decidido renunciar a continuar escribiendo), no fue algo que sentí malo o feo o catastrófico, nada pésimo, sino distinto. Este nuevo año 2020-2021 comenzó rarísimo. Me obligué a encontrarme con un amigo que estaba mal (en muchos sentidos) porque sentí mucha preocupación y, por fin, pude parlotear todo lo que pude con él; cosa que necesitaba hacer, pero que jamás el ánimo/tiempo permitía. Llegué tardísimo a la casa familiar, siempre tomando todo con caaaaaalma para llegar lo más tarde que pude -en navidad hice lo mismo-. En casa me resté de participar con buen ánimo, medio porque no lo sentí y medio porque estaba padeciendo dolor físico. Llegando las 23:30 no fui capaz de mensajear en voz, no podía hacerlo porque no sabía qué decir; a cambio, dejé algunos mensajitos breves a muy poca gente (preferí publicar algo en instagram). Cuando pensaba en qué escribir, me parecía absurdo comenzar con "feliz año". Cenamos y parloteamos, conversamos y bebimos té, tan aletargados que a tres minutos de las 12 nos dimos cuenta que debíamos servir el copetito pa brindar. En eso que hermana y madre preparaban un traguito que reemplazó la champaña (porque pucha la weá mala), ya tronaban los fuegos de artificio en la población vecina. Salimos con el copetín rosa en la mano y nadie se dio abrazo, nadie, a ninguno le tocó abrazo, nada de nada. Un brindis tímido y ¿con miedo? no lo sé. Salí a la calle, intenté llamar a alguien muy importante y no conectó la llamada, terminé por enviarle muchos mensajitos y ahí me emocioné un poco; como cuando agitas la mano mientras la persona se queda en el andén y tú sabes que lo extrañarás mucho tiempo. Pude quedarme en la casa familiar, pude salir a fumar a la cuadra y dormir ahí, pero puse de excusa mi dolor para irme a Las Compañías ("mamá, allá tengo mis cremitas y mis gotitas"); sí, pude haber aguantado, pero ni tenía ganas de aguantarme. 
Lo que más me mueve -ahora mismo- es acabar la pega que debo terminar de entregar y tener plata para no tener que preocuparme por algunas semanas. Lo que me sostiene -ahora mismo- no es un buen ánimo, no es el amor propio, no son los manuscritos inacabados o los textos inéditos, no es la pega por hacer o los proyectos por terminar, no es el aprecio por mi vida, no son las ganas de fumar incluso. 

Siento que estoy viviendo por otros, porque otros sí sienten lo que yo no puedo (ahora mismo).    

30 de diciembre de 2020

Problemas con la ocupación

Cuando he vivido en algún lugar (compartido o no, con muchas piezas o no, con cocina o no) tiendo a colonizar todo el espacio disponible. Hace años me di cuenta, aunque me venía pasando hacía muchos más. Me di cuenta cuando mi hermano buscaba un lugar en donde tomar té, pero la mesa del comedor estaba ocupada con papel y restitos de basuritas que yo había dejado desperdigadas por descuido. Siempre he tenido muchos objetos, primero relacionados con pasatiempos, luego con la escritura y la revistas, desde 2013 con material de trabajo (Me pego un tiro). A medida que iba recibiendo más pega y ganaba más dinero, más cosas adquiría y, como había mucho espacio en casa, acabé llenando todo con papel y mil otras cosas que sirven para hacer libros. 
Cuando llegué a esta cabaña, era solo eso: cocina-living-comedor, dos piezas, un baño. Para una persona, este espacio es más que suficiente. Cuando mi familia llegó a vivir a la ciudad (en otra casa) trajo un montón de cosas que se quedaron acá por espacio o otras tantas que yo había dejado en Calama; todo ocupaba el "living" y la "otra" pieza. Tiempo después que llegara mi familia, mi padre recuperó un galpón y lo convirtió en una sala grande (es un poco más pequeño que la cabaña completa); me dijo que ahí podía dejar las cosas del trabajo ("¡uf! por fin el desastre de papel dentro de la cabaña estaría fuera de la cabaña, fuera de la vista"). Ellos vienen con frecuencia (sí, el lugar donde vivo es de mi familia) y yo intentaba que estuviera "soplado" -despejaba, ordenaba, escondía mis cosas, fondeaba mis papeles, guardaba las impresoras, apilaba material sobre material-. Limpiaba todo por encima y debajo, pensando en no incomodar a la familia, pensando en que las cosas de mi trabajo eran "feas" de ver todas dispuestas sobre una mesa para seis personas; además de pensar en que la mesa que yo uso para trabajar es la única en donde nos podemos sentar y comer cómodos todos los miembros de la familia. Al principio en serio me esmeraba en que todo luciera impecable, aunque me tomara todo un día dejarlo así y aunque ese día de limpieza profunda fuera un día de trabajo perdido, me gustaba que la familia sintiera que podía moverse con libertad dentro de la casa y que se sintiera cómoda, sin tener que toparse con cosas feas de ver. Pensaba que lo mínimo que podía hacer era dejar limpio (un día) y compartir con ellos sin hacer nada más (otro día). 
Al final resulta contraproducente que la gente (sea o no de tu familia) no te vea trabajar porque termina pensando que no trabajas. Me pasó alguna vez con alguien que conocí y venía seguido; no me gustaba que me viera escribir porque era como que no le prestaba atención o quizás sentía vergüenza por hacerlo frente a alguien que yo consideraba que escribía mucho mejor. A los años escondía tanto los momentos que escribía que parecía que no lo hacía o no avanzaba; quizás me quedé en borradores o en manías de respaldar todo porque no puedo vivir pensando en que perdí algo escrito (aunque su destino no siempre es ser publicado). Con mi familia me pasó algo similar: escondí tanto los asuntos de mi trabajo que ellos pocas veces me han visto hacerlo. Hace algunos meses yo creía que mi familia pensaba de mí lo siguiente: "esta se las tira todo el día". Después del estallido me lo confirmaron: "consíguete un trabajo de verdad". 
Durante el encierro tuve tiempo para escucharme, de verdad escuchar lo que yo pensaba porque, literalmente, no había nadie más a quien escuchar. Tuve algunas caídas existenciales, algunos pensamientos problemáticos y tiempo para mí: esos meses no moví un dedo, no hice ningún libro. Ordené mis archivos y borradores (en papel y en virtual), no pude sistematizar todo lo que tengo porque me pareció imposible hacerlo sin romper más mi corazón. Pensé también -entre otras cosas jodidas- que las labores que realizo son completamente inútiles. Los libros que hago, por muy bien pagados que sean, terminarán en la basura. Muchos de los libros que publico quizás sean comprados, pero nadie me asegura que serán leídos. Oh, esto se remonta a más atrás... antes del encierro, pero después del estallido: en algún momento renuncié a escribir (quizás lo cuente mejor algún día). Con el encierro, también iba a renunciar a encuadernar. Iba a renunciar a algo mucho más importante en realidad y eso no sé si pueda llegar a escribirlo algún día. 

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22 de diciembre:

-¿Aló?
-Hola. Mañana vamos a hacer asado y a regar.
-Vale.
-Vamos a almorzar en el balcón, así es que no es necesario que desocupes el galpón.
-... puedo desocupar si quieren.
-No, ahí no más.

24 de diciembre:

-Yo sólo quiero una cosa de ti, Pía, algo sencillo, súper fácil de hacer.
-Dime.
-Quiero que cuando vayamos a la cabaña, el galpón no esté lleno de cajitas, que podamos comer ahí y usar la salamandra.
-Fácil... súper fácil.
   

29 de diciembre de 2020

Buenas

Hola amigx.
Las circunstancias no han sido favorables, es posible que ninguno de nosotrxs esté bien ¿importa? Si no hablas, pues no nos enteramos y ahí quedamos, como gente jodida, egoísta y fatal. Bien, no tienes que hablar, pero tampoco decidas por el resto; quizás pensando en que no quieres provocar preocupación, guardas silencio, continúas reservado y terminas tragando lo que te provoca daño: no, no es opción guardarlo para ti. Dale, guarda silencio... no, eso no es opción ahora mismo, no quiero despertar para enterarme de que algunx de ustedes ha desaparecido de esta tierra. 
No lo tomes a mal, tampoco a bien: no tiene que ver con "a quien", sino "para quien". Puedo ser yo -ahora mismo-, puede ser otrx -también ahora mismo-; no te lo tragues, no lo evites, no lo ocultes. 
Puedes hablar, no se te juzgará. Puedes dejar un mensaje y será leído. Puedes dejar una carta y será respondida. Puedes pasar por casa y serás recibido. 
Amigx, tengo damascos y en un tristrás hago tartitas si te gusta algo dulce o pancito si te gusta algo salado. Podemos comer fruta desde el árbol cargadito o hacernos limonadas con menta del jardín. Podemos beber té o café, comer dulces que yo no he preparado o helado que iremos a comprar al almacén. 
Espero que estés bien. Espero que despiertes en un buen lugar. Espero que no te falte el amor y si no lo tienes, ve a buscarlo. 
Yo te quiero.   

28 de diciembre de 2020

No me siento linda

Hace una década no pensaba en ninguna enfermedad -o en el dolor- porque no los padecía; me sentía afortunada de no haber sido sometida a cirugias, de no haberme quebrado un hueso, de no haber tenido un accidente, de no sentir dolor de cabeza o retorcijones menstruales. Bueno, hace diez años no pensaba en eso, pero lo cierto es que sí había sentido dolor físico antes de eso, pero en tan pocas oportunidades que las recuerdo bien. Al mudarse mi familia a otra ciudad, sentí que todo lo que conocía se acababa; comencé a cambiar drásticamente de un modo evidente (a los ojos de mi entorno) y de modo devastador para mi familia (que tuvo que soportarme "así" durante un año y medio). Durante ese año y medio con mi familia en otra ciudad, me dio dos veces tortícolis -mientras cursaba tercero y cuarto medio- y no había ninguna razón para padecerla... ninguna razón física, porque -segura- eso fue provocado por el intenso odio que sentía por toda la situación: ciudad horrible, colegio horrible, preu horrible, compañeros de curso horribles, profes horribles, todo mal a mis ojos (y no es que todo fuera totalmente malo, pero tampoco tuve la oportunidad de acostumbrarme a eso antes de abandonarlo). Las dos veces que me dio tortícolis no me permitieron faltar al colegio, me ponía la ropa entre lágrimas y apenas podía girar la cabeza; es un tipo de dolor muy particular, algo que recuerdo con detalles. Las dos veces me pincharon -creo que un relajante muscular- y me dieron pastillas. La primera vez, entretanto ya me estaba recuperando (sentía dolor, pero leve), me apunté a un paseo de curso al Pozo 3 (un camping con piscina en San Pedro de Atacama) y obtuve dos "curas", bebí vino hasta el vómito y dejó de dolerme el cuello -aunque dormí poco, pésimo y en el suelo de una carpa-. A pesar de que me dijeron que el dolor provenía de mi mente (o sea, era algo psicosomático) yo me negaba a creerlo: estaba haciendo lo que debía hacer, cumplía con lo que se requería de mí, casi no tenía problemas, mi familia era (y es) muy funcional... yo cumplía, pero no es que yo creyera que tenía otra opción, de hecho no tenía otras opciones. Por muchos años me negué a creer que ese dolor era producto de algo que me preocupaba o me hacía daño, porque no me importaban las notas (lo mínimo era mantener un promedio que no pusiera la atención de mis padres sobre mí), menos la psu (quería un puntaje que me permitiera entrar a la u, pero no me importaba en qué o dónde, necesitaba algo que mantuviera la atención de mis padres lejos de mí), porque no me importaba no tener un grupo del cual sentirme parte, porque no me importaba lo que pensara la gente de mí: lo único que llenó mi cabeza durante ese tiempo era la idea de morirme.

Pasé hartos años sola acá, sola de los cojones y se puede resumir en tres hitos: no pude construir relaciones de amistad que perduraran más allá del "compañerismo" universitario (hay una chica a la que aún le envío mensajes y siento que  de algún modo raro me aprecia, ella de entre otras 100 personas que conocí mientras estudiaba), me acerqué mucho a la familia de mi tía (la que ahora considero una segunda familia -gracias tía, te quiero mucho-) y tuve tiempo para construir lo que soy ahora ("literariamente" hablando). No, no padecí de dolor físico -dejo fuera la cogorza-, pero sí dolor emocional y lo recuerdo, también, con detalle. Hace diez años pensaba que estaba bien tomar todo lo que me había sido negado durante mi adolescencia: el amor y el cariño (en el aspecto íntimo), la pereza, el hedonismo, el capricho, la impulsividad. Era adulta y era responsable de mi actos, nadie iba a hacerse cargo de mí o asumir las consecuencias de mis actos: flor (para mí). Tenía una lista corta de deseos, cosas que siempre quise hacer o tener en el colegio y, a los 23, ya había cumplido todo, aunque algunas cosas no las volvería a hacer. 

Desde 2013, año en que me inventé "Me pego un tiro", trabajé cada día y cada hora en los asuntos que tenían que ver con libros; en ese tiempo gratis, después como una pega formal y luego de forma independiente. En esos años me enfermé mal tres veces: dos gripes con fiebre "alucinante" y una intoxicación por andar haciendo experimentos con venenos botánicos (cuek). En ninguna me vi obligada a recurrir a médicos. Con los años, porque la salud y la edad me lo permitían (gracias a que me había acostumbrado a extralimitarme, además de explotarme), era capaz de hacer tres veces más cosas de las que soy capaz ahora -en el mismo tiempo- y sin desfallecer, sin enfermar, sin dolor y sin perder; lo tenía todo y podía hacerlo todo. En ese momento no me sentía alguien especial, pero ahora -y comparado con lo que acabo de mencionar- me siento un estropajo al lado de esa Pía con diez años menos. Sí, dirás que es evidente, pero para mí no lo era hasta que me comenzaron a "aparecer" abscesos en el rostro (eso fue el 2018, creo). Esas mierdas que dolían como el infierno fueron consecuencia de algo bien puntual, algo que padecí por dentro y en lo más profundo del corazón; nuevamente algo psicosomático. También me costó reconocer la causa, no era la primera vez que me sentía "así" de mal, pero era la primera que esa mala emoción provocaba infecciones dolorosas que tomaba tiempo sanar. ¿Cómo es posible que algo real no me enferme? no lo sé... si tienes alergia te enferma el polen -o el maní o una picada de abeja-, si tienes algún hueso malo te dolerá con el frío, si tienes una hernia verás tus capacidades físicas disminuidas. Por ser tan re sana, sentir repelús por los hospitales y médicos, sentir asco al tragar pastillas; cuando me pasa algo es para recordarlo y en mala, recordar el dolor que te provocó y lo mal que la pasé, escribir de eso y volver a la demoniaca sensación de que algo nuevo aparecerá, algo como lo de ahora y que justifica la entrada completa.

Hace algunos meses me contactó alguien para quien había trabajado hacía muchos años; me propuso una pega y la acepté medio pensando en que no se concretaría -por las circunstancias webiadas del 2020 y porque mucha gente me llama preguntando y con pocos llego a un trato/pega-. Vale, agradecí harto que alguien pensara en mí, que confiara en mí, que usara mis servicios; porque lo que es yo, pues estaba viviendo en la comodidad, siendo como vagabundo en una casa lujosa, sin preocuparme de dinero ni comida ni cigarros, en la más cómoda soledad, en la más irresponsable pereza, en la más miserable de las actitudes humanas frente a la incertidumbre; no me arrepiento, no me arrepentiré de esto. Reincorporarme a un ritmo que podía llevar, pero que no deseaba, me sacó de una patada hasta la vida que abandoné y que llevaba hasta septiembre del 2019; con un año y medio más de vida, con los dedos tullidos, cero ganas, cero ánimo, cero necesidad. Dale, es pega, agradece que no terminaste viviendo debajo de un puente. No me había agarrado tan fuerte un padecimiento mental desde los abscesos, no tenía razones para que mi cuerpo provocara otro padecimiento y aquí estoy.

Hace poco más de un mes, en casa de un amigo, amanecí con dos pequeñas  protuberancias enrojecidas en el párpado derecho; no le di importancia porque casi siempre me agarra la conjuntivitis y creí que era algo así (la conjuntivitis te da en los ojos, pero también se te hinchan los párpados y pica un poco). Vale, llegué a mi casa y gotitas, pero continuó picando. No era el ojo porque no lo tenía enrojecido, era el párpado derecho, abajo y arriba, además también se estaba manifestando en el párpado izquierdo. Picaba y, para no rascarme directamente con los dedos -porque siempre los llevo teñidos o “encigarrados”- lo hice con la manga de lo que llevaba puesto; fue para peor, porque con la tela de los puños (rugosa y áspera) acabé haciendo peor la irritación en la piel. Esas zonas bien delimitadas, enrojecidas e irritadas, se desprendieron de la capa más superficial de piel en forma de escamas gruesas y duras. Yo, viéndome al espejo, intentando arrancar con pinzas esos trocitos inquietantes de piel, haciendo que se me escaparan las lágrimas porque parecía que estaban desprendidas, pero se agarraban las malditas a un cachito de piel viva; opté por no rascarme –aunque picara-, opté por ignorarlo –aunque era difícil estando despierta e imposible mientras dormía-; me desesperaba, pero no era evidente y sabía que si se mantenía “así”, nadie me cuestionaría al respecto.

En casa debo sacarme los lentes oscuros que siempre llevo y mi madrecita siempre me observa demasiado -tanto que es incómodo a veces-. Un día, luego de que esto empeoró y se extendió, llegué a casa y me llevaron de un brazo al dermatólogo. Me miró la mujer y me diagnosticó de inmediato, se acercó para verlo mejor y lo confirmó. Me dijo que se producía por stress y, en menor medida, por mi trabajo (en particular por el polvillo de libros viejos); me recetó tres medicamentos y que me pusiera lentes que aislaran mis ojos de la exposición al polvillo. En el momento no supe bien qué decirle a mi familia, no sabía si replicar lo que me había dicho la dermatóloga tal cual u omitir la parte del stress.

¡Ey! ¿por qué omitiría información? Yo considero mis labores diarias como trabajo –uno informal y precario-, pero es un trabajo; mi madre y padre lo consideran un pasatiempo que me provee dinero de vez en cuando, no voy a mencionar el escribir porque tengo opiniones tan contradictorias que no sé qué pensar realmente. Yo comprendo que ese juicio sobre mi trabajo es producto de la preocupación, pero les he oído cosas que me aterran un poco. A principios de este año mi madrecita me dijo: “búscate una pega de verdad”. Quizás el juicio no es tan pesado como la contradicción: mi madrecita también trabaja en las mismas condiciones, en una labor precaria e informal. Yo me pregunto ¿acaso es más válido trabajar en la casa en su caso que en el mío? ¿el hecho de que ella gane más dinero que yo le permite menospreciar mi trabajo? ¿acaso ser autodidacta invalida mi trabajo? (ella tiene un título que avala lo que hace, aunque no directamente) ¿acaso dedicarse a telas es un trabajo más valioso que dedicarse al papel? No la entiendo en realidad, pero ese razonamiento me encamina a mentir u omitir (y lo hago mucho cuando trato con mi familia) porque me evito problemas, discusiones y que pongan una atención indeseada sobre mí: esta vez decidí omitir la mención del stress… porque padecer de consecuencias físicas a partir de algo mental, achacado a un trabajo “de a mentiritas” y que ni siquiera me provee el dinero necesario para comprar lo mínimo para sobrevivir es un CHISTE. En algún rato también me negué a creer que fuera por stress, me mentí porque no deseaba aceptar que sí había sentido rabia con un trabajo en particular, por lo tanto, que me había involucrado más allá de lo acostumbrado y necesario, incluso de lo que yo considero sano. No me había percatado hasta que fue demasiado tarde, claro, no es que uno escoja padecer de algo físico a partir de algo psicosomático; lo que me produce molestia e incomodidad es que esto es nuevo, algo nuevo con que lidiar, algo nuevo que aprender y algo nuevo con lo que debo esperar convivir en el futuro.

No me siento linda porque me siento incómoda, no porque me encuentre fea; esto es visible y odio que la gente me mire con atención, más si es para mirarme los párpados descascarados. 

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-¿Sabes por qué la Pía tiene eso?
-…porque se alimenta mal.
-No.
-…porque está expuesta al polvo de los libros.
-No.
-…*ruiditos de duda* porque está estresada.
-Sí, mamá, eso es lo que le pasa.

25 de diciembre de 2020

Conflictos que creí superados

Hace un montón de tiempo, en una tierra lejana, me quedé con una idea fija en la cabeza. No encuentro el sentido para contar la historia completa, por lo tanto dejaré las pistas mínimas para situarse. 

Cuando era menor de edad, mientras cursaba los últimos años escolares, papá proclamó algo que hirió mi corazón y mamá apoyó esa idea guardando silencio (y llorando mucho); en la mente adolescente -que tenía en aquel entonces- concluí que ambos compartían la misma idea y por eso ambos estaban del mismo lado manifestando algo que, en ese momento, terminó rompiendo mi corazón. En varias oportunidades posteriores (varias veces en varios años), manifesté mis emociones a mamá esperando que ella me escuchara, solo eso, no deseaba que me hiciera sentir mejor, que me aconsejara, que resolviera por mí, que me dijera algo motivador o que me diera la razón; insisto, sólo necesitaba que me escuchara. A los veintiocho -después de ingerir algo parecido al ácido-, decidí no volver a hablar sobre este tema con mamá (ya había descartado hablarlo con alguien más de mi familia) porque comprendí que siempre había recibido la misma respuesta y continuaría recibiéndola, decidí que era mejor dejar de insistir porque pensé que ella debía sentirse agobiada, cansada o molesta. Desde mis veintiocho no volví a siquiera mencionar el tema y después, cuando necesitaba hablar, lo escribía o lo comentaba a algún amigo (a la "pasá", livianito y riéndome para que nadie se sintiera responsable de algo así). Cumplí treinta y tres este año, pasé 16 años pensando que papá y mamá -ambos- pensaban igual, pasé 16 años pensando que la razón por la cual mamá no me escuchaba era porque no creía en lo que yo le decía, pasé todo ese tiempo escuchando la misma respuesta cada vez... se suponía que respondía lo mismo cada vez porque lo que me decía (respondía) era concordante con lo que ella pensaba. 

A veces, en casa, mientras conversamos después de almuerzo, salen temas varios: noticias, opiniones, asunto familiares. Hace algunas semanas, estaba yo preparándome un tecito y escucho a mi mamá decir: "oye, si nosotros tenemos historia familiar con esto... el tío x, el tío z, la tía k..." y me quedé escuchando un rato. Con la tacita de té en la mano, me quedé patidifusa: sentí algo que no pude identificar, tenía tantas ideas en la cabeza que era difícil enfocar una. Volví a la mesa y, minimizando hasta el ridículo mis emociones y pensamientos, salté a decir: "qué, si esas cosas son inventos, son weás que la gente se inventa, tonteras, paparruchas..."; papá salta de regreso y avala lo que yo acababa de decir; mamá -con el rostro muy muy serio- dijo: yo creo en eso.
Recuerdo que salí con mi hermana y no podía expresarme con claridad. En la noche continué sin saber bien qué estaba sintiendo. Días después pensaba contarlo a una amiga, pero decidí que "mejor no". Semanas después terminé conversando con mi amiga y tampoco pude decirle lo que sentía o pensaba al respecto. Ya ha pasado un mes o poco menos, no puedo ponerle nombre al sentimiento que me embarga, no puedo aceptar culpa o culpar a alguien, no puedo dejar de pensar en eso. 

Yo no puedo (no soy capaz de) revivir la pena que me provocó darme cuenta que mamá no me escuchó en 16 años; después de todo, en ese tiempo, yo era mayor de edad y, le dijera o no, era mi responsabilidad lidiar con eso. Quizás lo que me molesta o no me permite pensar con claridad es que lamento mucho que esa Pía menor de edad se quedó con una idea errada sobre mamá y ese asunto. En ese año, mamá también rompió mi corazón guardando silencio. 

Azul

A pesar de ser muy mala para el dibujo, me gusta mantenerme cerca de gente que dibuja. Creo que su trabajo es valioso porque tienen una visión artística distinta, una visión que ellos manifiestan a través de la imagen (y cientos de formatos de presentación), me gusta que existan muchos medios de "hacer", que se interesen en muchos temas y puedan llevar a la realidad lo que imaginan, haciéndonos ver lo que ellos ven. Me gustan, en particular, los fanzines y los comic; ahí se junta algo que me gusta y puedo hacer -escribir- con algo que me es imposible hacer -dibujar-. Si bien en La Serena no se ve mucho fanzine (es más fácil encontrar libros autoeditados que fanzines), cuando los encuentro, intento adquirirlos porque pienso que son importantes; sea que el contenido me guste o no, verlos publicados en papel ya me parece admirable. No puedo hablar mucho más de esto, porque realmente se me escapa un poco el mundo en que se desarrollan y se mueven los ilustradores locales, aunque sí me consta que comparten algunos problemas que también tienen lo que se dedican a la literatura. Hay algunos ilustradores que me gustan harto y tuve la oportunidad de conocer (incluso trabajé en alguna oportunidad con algunos); hay otros que sólo conozco porque tengo sus publicaciones; otros que he conocido por las ferias recientes de ilustradores; otros que me han presentado por casualidad. Claro, no siempre tengo la posibilidad de comprarlos, pero lo intento u ofrezco un trueque; a veces me han cambiado libros por fanzines y siempre me quedo con la sensación de que salgo ganando [risitas]. 
Dejé esta entrada guardada hace rato y me parece que deseaba recomendar un manga: Blue Period. Eso, es muy interesante y he aprendido harto: se los recomiendo si son ilustradores o les gusta dibujar.   

23 de noviembre de 2020

Cuando tienes la certeza de ser desagradable

Estaba viendo un programa x en youtube y me acordé de algo que me pasó cuando llegué al último colegio en que estuve –en séptimo básico, año 2000, creo–. En ese año, no recuerdo por qué, fue la segunda vez en mi etapa escolar que usé el pelo muy corto, menos de dos dedos de largo (mucha más corto que ahora); quizá mi papá –que tiene una obsesión con que lleve el pelo corto porque dice que me veo bien, tampoco entiendo la razón– le dijo a la peluquera que me dejara la cabeza así. Uno sabe que cuando te llega la regla (menarquia) ya te han pasado en el cuerpo algunas cosas: lo que más recuerdo fue que se me comenzó a abultar el pecho y me dolían los pezones con el frío (cosa que lamenté mucho porque me dolía usar ropa delgada en verano); te crece el cuerpo de un modo “nuevo”, como que se te crecen las caderas y desde ahí creces poco en estatura, eso no fue doloroso, pero noté que crecí de modo notorio y comencé a subir de peso. Si bien nunca tuve problemas de sobrepeso (entendido como sobrepasar un rango de peso normal para una persona de mi estatura), mi cuerpo no creció de un modo agradable o eso tenía en la mente. Jamás me interesó cómo se veían las mujeres compañeras de curso, porque a mis ojos todxs los del curso éramos iguales (mocosxs, sucixs, descuidadxs, groserxs y estúpidxs) y no había diferencias físicas entre niños y niñas, excepto el pelo largo y la falda –si es que no llevaban pantalones– en el caso de las niñas. No por mi interés, en ese año me fijé que sí existían diferencias y, a medida que pasaron los siguientes dos años, esa diferencia se hizo más y más evidente. Andar sangrando era un puto suplicio, porque me daba vergüenza ir con mochila al baño; te decían que nadie tenía por qué saber que andabas con la regla, pero cuando llevabas la mochila (un bolsito o los bolsillos llenos de toallitas y confort) al baño era obvio que andabas sangrando.

Alguna vez en el baño –con mi cuerpo extraño a medio desarrollar y un poco “grueso”, estatura baja, buzo de dos tallas más grandes y pelo cortísimo, sin aros ni pulseras– mientras le cuidaba la puerta a una amiga, una cabra de otro curso me miró con cara de ¿asco? y me preguntó qué hacía yo –un niñito– en el baño de niñas; no dije nada, porque no tenía respuestas, pero sabía que tampoco tenía que explicar la razón de mi presencia en el baño porque yo era una niña y, daba lo mismo, en cualquier caso ella era la estúpida porque pensaba que los niños llevaban siempre el pelo corto y las niñas llevaban siempre el pelo largo. Ella misma se sorprendió, creo, convenciéndose de que yo DEBÍA ser una niña porque estaba en el baño de niñas, nadie más entraba ahí y los niños –en esa época escolar, como que le tienen fobia a las niñas– no entran al baño de las niñas; se dio media vuelta y se fue, creo. Yo no sabía bien qué pensar, pero me quedé con la sensación de que quizás yo era fea como niña (aunque el punto no estaba en si yo era “linda” o “fea”, sino que parecía un niñito). Ya conté de la obra de Adán y Eva, el jardín del Edén y que fue la mejor obra que se presentó porque NO escribimos el libreto (era de un dramaturgo real), además de que los padres habían gastado cachá de plata en un escenario en tonos azules y celestes que abarcaban toda la pizarra; éramos siete niñas y todas estábamos muy comprometidas con la obra (los padres de cada una, también), creo que sólo hubo un error en el diálogo en todo el rato –¿una hora?– y las demás “obras” eran sobre drogadictos, asesinatos y carretes (imagínate un montón de gente que no pasaba el metro y medio de estatura, con cara de guagua, intentando hablar en flaite, actuando un drama tipo “Doctora Polo”, pero con diálogos de “Bakán”). En la obra de mi grupo, yo era Adán y era la única del grupo que sí parecía un hombre (ok, niñito hombre) porque tenía la contextura, el pelo, el rostro (caracho de persona “seria”, pero de 12 años) y la ropa de mi hermano –polera azul de Gardfield, jeans azules, zapatillas–; disfraz perfecto. Nos fuimos a vestir juntas al baño en horario de clases (por lo tanto no habían más alumnas de otros cursos deambulando por ahí). Cuando salí del baño, un compañero de curso –un guacho x– me dijo: “es Paul Schäfer*, ay, auxilio” y comenzó a medio correr hacia la sala de clases y siguió webiándome por mucho rato. Yo tenía una vaga idea sobre “ese tal Schäfer” por la tele, pero jamás entendí la acción del compañero de curso ni las palabras, tampoco de qué forma estaba relacionado con mi aspecto o con la obra o con la intención de ¿insultarme?; no sé, todo fue muy confuso y aún lo es. ¿Era yo una degenerada? ¿mi aspecto me hacía parecer una persona peligrosa? ¿qué le provocaba para que me molestara? ¿por qué sentía la necesidad de repetirlo y repetirlo? Había algo que yo podía hacer y que me aseguraba que no seguiría molestando, ya lo había hecho una vez antes y me había resultado.

Siempre me costó insultar, porque en mi casa nadie se insultaba, no se decían garabatos ni malas palabras; tampoco aprendimos nada de la calle porque no salíamos a jugar con los vecinos o amigos, salía con mi hermano y nos inventábamos juegos que sólo nosotros entendíamos. En 2020 con 33 años, a mi mamá aún le da repelús cuando yo hablo chuchás en la mesa porque ella no las dice; mi papá me webea por la misma situación, pero él sí habla chuchás y muchas –aunque si las dice él son necesarias, pero si las digo yo es feo [risitas]–. Crecí en los noventa, vi mucha tele noventera y lo que sé de la vida (onda, relaciones interpersonales) me lo enseñó “My Little Pony” (el viejo) y “Los Cariñositos”; crecí viendo que los valores más importantes eran el amor, la amistad, la comprensión, la solidaridad, el amor y el amor y el amor. Los Cariñositos no se insultaban, se abrazaban y todo se solucionaba. Con esto entenderás que mi solución para que dejaran de molestarme no fue insultar de vuelta; de hecho creo que si molestas del mismo modo, todo se agranda y es para peor (ese insulto de un día, pudo haber durado todo el resto del colegio que me quedaba).     

En el jardín infantil (mi madrecita me metió al jardín a los 3 años) fue la primera vez que alguien me molestó… aunque no fue a mí directamente, sino al auto de mi papá (otro cuek); la niñita en cuestión me webiaba porque el auto de la familia era un Peugeot viejo –año xx– y no del año; mi mamá me aconsejó (me dio a entender esto, pero me dijo otra cosa) que la molestara de vuelta, que le encontrara algún defecto físico o algo fuera de lo común para insultarla (me dijo: “dile monito”, porque la chica era morena, de esa piel que parece permanentemente tostada y cabello negro brillante); no recuerdo haberla insultado de regreso (creo, no lo recuerdo). A lo largo de los años en básica, nadie se rió de mí o me molestó porque tenía los ojos verdes, tenía buenas notas (estaba en el cuadro de honor), jamás faltaba a clases, mi mamá me obligaba a participar en TODO y la profe me amaba; mi mamá hacía los trajes para todas las presentaciones y era la mejor apoderada de curso de la vida (la señora era jodidamente proactiva y comprometida con el curso, también amaba a la profe); esto pasó mis primeros cuatro años de básica y no me vi en la situación de insultar a nadie y tampoco la gente se metía conmigo.
 
Cursé quinto y sexto en otro colegio, en Calama, un colegio católico. Los niños de ese colegio eran demasiado correctos, devolvían las cosas perdidas y rezaban todas las mañanas; yo los encontraba tontos (¿o eran sumisos?), no sé, eran personas muy raras. Ahí también fui popular porque era la nueva y tenía los ojos verdes y hacía cosas “malas” [risitas] como tirar la mochila por la ventana de la sala, también le quebré la nariz a una niña (chan). En ese tiempo sentí que mi mamá me dejó un poco de lado y me dolió, después entendí que ella ayudaba a mi hermano tal cual lo había hecho conmigo y también mi hermana chica estaba guagua; era obvio que yo estaba más grande y no necesitaba de tanta supervisión ni ayuda.
 
Desde sexto a séptimo básico, me cambiaron de un colegio católico a uno donde el clasismo era evidente; éramos un curso con pura gente de colegios malos y pencas que llegaron a un colegio que le prometía a los padres prepararnos muy bien para llegar y sobrevivir en la u (todxs lxs que salieron de ese curso son profesionales, excepto yo).  

Los primeros años que estuve en ese lugar aprendí a odiar profundamente el colegio (como algo obligado) y a muchos de mis compañeros de curso (la mayoría, unos sacos de wéas), me retiré a la biblioteca y pasaba un montón de tiempo ahí; con los años terminé siendo amiga de la señora bibliotecaria y perdí a las amigas de mi edad (no teníamos temas en común para compartir, aunque digo “que las perdí”, con algunas seguía teniendo una relación hasta cuarto medio; siento que mínimo, más por cortesía que por afinidad); o sea, pasé muchos años siendo muy antisocial y leyendo todos los libros que pude, y, a pesar de leer mucho, no recuerdo haber usado eso para tratar a la gente mal, onda en plan intelectualoide de primer año de u.

Volviendo a la obra y al insulto en séptimo. Cuando entré a ese colegio no fui popular porque todxs éramos “nuevos” y había que hacer amigos rápido. Mi desarrollo era una maldición (tetas, regla y mi vista comenzó a fallar), mi aspecto era extraño (las niñas tenían el pelo largo y los niños lo tenían corto), no tenía ninguna habilidad de la cual presumir (no era sociable, ni amistosa, ni agradable), no hacía nada guay (dibujar, tocar un instrumento o algo así), no hacía nada ilegal (no podía presumir que conocía siquiera la yerba, como lo hacía otra gente), no tenía aficiones o pasatiempos (andar en bici o aficionada a los videojuegos); ay, jodido lugar para crecer. Al poco tiempo del comienzo de clases, armé una especie de “club secreto” (un juego que me gustaba desde muy pequeña) y tenía a un amiguito con el cual compartía ese club. No recuerdo las razones, pero este amiguito comenzó a molestarme; creo que porque era raro que niñas y niños jugaran juntos, no lo sé en realidad –¿o sería mi aspecto ambiguo? –. Yo no podía insultarlo porque me costaba hacerlo y nunca me atreví a hacerlo con maldad (onda para hacerle daño o burlarme) y tampoco quería que este niño siguiera molestándome. Un día, mientras me molestaba, yo me acerqué de modo muy odioso y le decía que lo amaba mientras intentaba abrazarlo, lo perseguí un rato y se cabrió; desde ahí, jamás volvió a molestarme, ni me miraba. Con el niño que me molestó en la obra, hice lo mismo: cuando me cansé, comencé a perseguirlo y decirle que lo amaba, acercarme de modo odioso e intentar abrazarlo; dejó de molestarme y jamás volvió a decirme “Paul Schäfer”, después ni me miraba. Yo no le di muchas vueltas en ese entonces, porque había llegado a la conclusión de que yo era fea para ser niña y era evidente que no era del gusto de mis compañeros de curso, por lo tanto que una niña fea te persiguiera y te dijera que te amaba era desagradable entonces, para evitar que esta niña fea se relacionara contigo, tenías que ignorarla; todos felices. Después pensé que tenía que ver con prejuicios y volás de género. Si los niños se juntaban con niños y las niñas con niñas, no podía existir amistad entre ambos grupos, sólo simpatía o gusto (me gusta x compañerx, pero nada más); de ahí, era extremadamente desagradable que alguien de aspecto masculino te dijera que te quería, porque te convertía en un gay y eso era una cruz que cargarías hasta que salieras del colegio. Que una niña fea te dijera que te amaba era desagradable, pero que una niña con aspecto masculino te dijera que te quería era asqueroso; no me consta, pero tampoco tengo otra teoría. Ese actuar me hizo casi intocable hasta primero medio. Ahí otro cabro weón comenzó a  decirme “loco” (yo era medio pitiá, pero pudo haberme dicho “loca”) y tengo tres recuerdos, pero no sé bien cuál de ellos concluyó el asunto: 1.-yo diciéndole “macha” como respuesta a su “loco” [risitas], 2.- yo diciéndole que lo amaba, intentando abrazarlo a la fuerza y 3.- yo intentando pegarle patadas (una pelea muy estúpida, porque era como si estuviéramos actuando; pegando en la dirección correcta, pero evitando llegar al contacto físico). Igual no importaba tanto que me molestaran porque yo era guay (o sea, me sentía guay): me sentaba con dos chicos repitentes en el banco de atrás, entendía química y matemáticas –ramos que se volvieron más difíciles ese año–, jugaba a los spinners en clases y era la única que leía enteros los libros obligatorios. Ese año disfruté los últimos estertores de mi niñez a concho: jamás me preocupé de crecer como una “mujercita” y tampoco de comportarme como una (de lo que recuerdo, las chicas comenzaron a preocuparse por el aspecto físico, llevaban crema de manos, brillito labial, falda, zapatos lustrados, pelo peinado y amarrado, aros, pulseras, anillos, maquillaje piola, etc.); dejé de mirar a mi cuerpo crecer (decidí dejar de usar sostén e ignoré las molestias de llevar una toallita entre las piernas una vez al mes); tampoco tenía la posibilidad de hacerme –mentalmente– una muchacha porque no me juntaba con muchachas (ellas y la influencia de revistas para adolescentes como “Seventeen”, programas de tv de moda como “Mekano”, conversaciones de quién te gustaba porque no me gustaba nadie, parloteo sobre reglas y tampones porque lo encontraba de adultos –sé que te dicen que cuando te llega la regla te dicen “ahora eres mujer”, pero nop, una capacidad física limitada para concebir no se corresponde con la capacidad psicológica para enfrentarlo–). Estoy convencida de que esos dos amigos repitentes no me veían como una niña, porque no me trataban como una; eran brutos conmigo y me gustaba, porque podía ser bruta con ellos y me sentía como una igual, una persona igual a ellos.

Ahora me da risa cuando alguien me confunde con un chico, porque la gente se pone muy nerviosa y se pierde en disculpas que no son necesarias (a mi parecer) ¿debiera sentirme mal porque alguien se refiere a mí como hombre? ¿tan mal está que te confundan con alguien de un género distinto? ¿acaso debiera sentirlo como un insulto? Yo creo que no y por eso me da risa, porque la gente se siente muy incómoda, pero yo no.                   


*El mismo Schäfer con cargos criminales por abuso sexual infantil, violación, secuestro, abuso deshonesto, posesión ilegal de armas de fuego y explosivos; según el mundo y el internet.      

1 de noviembre de 2020

Para Ofelia.

  [2:27] Domingo / 1-noviembre-2020

Ofelia: 

Sí, he sido terriblemente negligente. Hace poco encontré esa palabra para definir, a la perfección, mi relación con el trabajo y la vida: negligente. Sabemos que tengo una carta tuya que jamás respondí (aunque prometí que lo haría y te lo dije más de una vez), a estas alturas me siento estúpida, aunque debiera sentir vergüenza.

Me gusta todo lo que tenga que ver con las cartas, desde muy muy pequeña escribí cartas antes que literatura. Cuando estaba en básica aprendí las reglas para escribir una carta, apenas aprendí a escribir comencé a molestar a mi mamá para que fuera al correo a dejar mis cartas, casi cada año nos decían que debíamos escribir y lo hacíamos. Escribí cartas por el colegio, para navidad, para entretenerme en vacaciones de verano o de invierno, para el día de la amistad, para quejarme, para felicitar, para los cumpleaños, para las declaraciones de amor, para las amenazas, para manifestar mi bienestar o mi soledad; ahora lo hago para quien lo valore, para legar (varias veces y de distintos modos) el tocho de tonteras que tengo escritas y mis diarios, para canalizar la ira, para disculparme, para amar, para conservar pensamientos. Las primeras cartas que escribí fueron para mi abuelo (desde Chuquicamata hasta Las Compañías) y cartas a mi abuela (desde Chuquicamata hasta Calama): porque había que escribir. Cada año también escribía una para el viejito pascuero, aunque mi mamá jamás las envió porque ¿sabes? las cartas que llegan al correo son respondidas por voluntarios y, a veces, hacen caridad con los niños desamparados; nosotros no necesitábamos las cosas que otros niños sí, mi mamá respondía con regalos a las peticiones para el viejo pascuero. 

Con muchas de mis mejores amigas, nos carteábamos en clases, de un banco a otro; de ese tiempo tengo una declaración de amor lésbico (o eso creo, por el corazón rojo y las palabras “Pía, te quiero”), un par de avioncitos de papel (que declaran “por favor no me botes”), papeles que podrían ser cartas (con algunas otras consignas de amistad y cariño) y dibujos (que también tenían la intención de ser cartas). Cuando me cambié por primera vez de colegio, comencé a recibir y enviar cartas de amor por primera vez: mi abuela vio las cartas, le dijo a mi madre que yo estaba pololeando y ella se enojó mucho –aunque yo no entendí jamás por qué)… acabé quemando todo lo que había recibido. Desde ese momento fui mucho más cuidadosa con mis escritos, porque mi abuela no era capaz de respetar la privacidad de nadie. Algunos años más tarde descubrí que mi madre era igual, leía todo lo que yo tenía y se hacía la tonta cuando ella misma se ponía en evidencia: de ahí mi paranoia con la privacidad de las personas y la obsesión de archivar y ocultar todo (incluso bajo llave si lo considero necesario). Cuando dejé ese colegio, anoté la dirección de una amiga para mantener contacto a través de correspondencia escrita y enviada por correo: de esos años tengo varias cartas, esa amiga (trece años después) aún es mi amiga y tenemos la oportunidad de vernos cuando se realiza la feria del libro independiente de Antofa. En un tercer colegio un compañero de curso hacía de intermediario entre una amiga (que conocí en segundo básico) y yo, muchas cartas más vienen de ese tiempo, prácticamente leímos nuestros cambios mientras pasábamos de ser niñas a adolescentes: ella también es mi amiga hasta el día de hoy (nos conocemos hace veintisiete años). Cuando iba en octavo recibí una declaración de amor en una tarjeta de opalina (por el día inventado de “San Chuquitín”) junto a una rosa roja y un prendedor precioso: el amigo iba en tercero medio y daba a entender que sentía amor por mí, pero sólo manifestó amistad y mucha simpatía; en la tarjeta iba escrita la mitad de lo que tenía para decir, luego me pasó “la versión completa”. Cuando salí del infierno del colegio, pedí la dirección de las mujeres con las cuales me relacioné en los últimos dos peores años de mi vida escolar, me carteaba con algunas de ellas en mis dos peores años de universidad; creo que acabé deprimiéndolas porque no recuerdo cómo terminó nuestra correspondencia (¿dejaron de responder? porque yo tengo recuerdos de que iba sagradamente al correo a dejar dos o más cartas cada mes). Cuando me enamoré, mandé cartas de amor y, luego de amenaza, fueron tres o cuatro que no fueron respondidas; ella se asustó de seguro y no me importa, me quedó debiendo 30 lucas y un bolso que no era mío. 

Unos cuantos meses antes de abandonar la u, comencé a cartearme de modo serio (como un compromiso impostergable) con dos poetas en simultáneo: pronto aprendí que la gente no valora las palabras (1.- las cartas que yo escribía eran leídas en carretes rancios y fueron objeto de burla) y que escribir cartas puede ser una fuente inagotable de vergüenza (2.- me pidieron las cartas y yo devolví las que yo había escrito, pero me quedó la impresión de que quería las que él había escrito; además me consumió dos veces la ira por el tema de las cartas). De ese tiempo tengo: 1.- de mi parte 23 misivas más 3 no enviadas, de su parte 38 misivas; 2.- de su parte, más menos, 200 misivas y de mi parte, más menos, 370 misivas. Por mi parte y para que les de vergüenza, yo puedo asegurar que nadie más que yo ha leído todo ese tocho de cartas y tengo todo ordenado y archivado: las cartas en las que fui remitente y las cartas en las que fui destinataria. Además tengo todos los mails impresos, un álbum de chicheríos insignificantes y la historia editorial de ambos. 

Antes de darme cuenta, había comprado un montón de libros que hablan –o son– sobre las misivas y el género epistolar: la historia de la correspondencia, cómo escribir cartas correctamente, cartas entre dos autores que leo, cartas de un autor que leo (¡aguante Capote!), cartas entre autores que no me gustan, cartas encontradas en la calle, cartas que llegan en fardos de objetos desechados en países primermundistas, cartas que acompañan muñequitos inconclusos, mails que imprimo para imitar un carteo. No me he puesto a contar, pero creo haber escrito más cartas que cuentos; en tanto a cantidad de palabras, las cartas sobrepasan por mucho a los cuentos. Mi legado epistolar es más amplio y rico que mi legado literario; me interesa más dejar mis cartas y diarios bien resguardados que mis borradores u originales (incluso las publicaciones).            

Ahora mismo, después de tanta trayectoria epistolar y sabiendo que muy pocas personas valoran la correspondencia como un ejercicio impulsado por la dedicación y el cariño, soy capaz de tomar ese compromiso, pero con cautela. Reconozco que me cuesta comenzar porque muchas veces se me descontrolan las emociones y si estoy mal, escribo como si me fuera a morir o me fuera a matar; hay otras veces en que he usado las cartas como medio para canalizar mi ira y me siento mal por haber tomado esa mala decisión; a veces mis cartas son declaraciones de un dolor intenso y jamás son enviadas; a veces guardo cartas con la intención de responderlas, pero encontrar el ánimo “correcto” (intención feliz) para hacerlo es complicado. 

Hoy llegué a mi casa muy tarde, pasé el día con mi mejor amigo. Apenas el portón estuvo abierto, encontré una carta en una bolsa autosellable (excelente decisión para este clima webiado y húmedo), casi me da algo cuando vi el símil de estampilla, pero holográfico: una estación espacial espectacular en medio del espacio, un planeta, un astronauta, un satélite y un transbordador espacial. Reconozco que después de emocionarme, me impuse una expresión emocional neutral: no podía saber si la carta era de alguien que quiero o de alguien que odio (sí, gente de la cual no quiero saber nada, me ha dejado cartas); el sobre no tenía nada escrito. Me ocupé un poco del patio y la casa, prendí luces y cerré cortinas. Salí con un cigarro en la boca y me senté tranquilamente a leer. 

Agradezco mucho que te tomaras el tiempo para escribir y hacerme llegar esta misiva (¡¿cómo porras le hiciste?!); se me estremece el corazón cuando leo una carta, sentí mucho amor al leer ésta. El sobre, las esquelas y la letra a mano son elementos significativos porque tú me los destinaste. Este texto es una respuesta larga y apropiada tanto para una epístola como para la web, es el momento preciso para unir aquello a lo que más tiempo le dedico últimamente. Quisiera renunciar a escribir, es inútil escribir, es estúpido escribir, es una pérdida de tiempo y energía, es un acto absurdo, es algo que toma mucho de ti y te consume; escribas lo que escribas terminarás destrozadx. Quise renunciar, pero las manos se me fueron al diario, después al blog, después al intercambio, después a la máquina, después al computador, después al lápiz, después, después, después, después. Quisiera hacer algo o dedicar el tiempo a algo que permanecerá en la tierra como algo útil y valioso, algo de lo cual tenga la certeza de que no terminará en la basura como basura. Me doy media vuelta y odio perder el tiempo en esto, me doy otra vuelta y tengo las manos en las letras, soy la estúpida que regresa a algo que entiende mal y ejecuta pésimo. Me siento encajonada entre el raciocinio y la voluntad, me pego cabezazos porque me pillo escribiendo sin ganas de hacerlo y sin tener nada valioso que escribir. ¿Escribes? Sí ¿sientes que vas a algún lado? No ¿sientes que morirás pronto? Sí.  

Siento si me fui por las ramas, al parecer me cuesta mantener una línea coherente y eficiente de comunicación. El resto es de nosotras, espero pronto poder conversar contigo. 

Entablar un intercambio de misivas escritas es un compromiso. Decidí responder en este blog, de modo público a tu carta, porque quería hacer de esto un reconocimiento.   

*PD: Mis disculpas por la desprolijidad del texto. [4:58]