Antes de leer alguna entrada de "Cierto personaje acusado de alta traición":

14 de julio de 2020

Bella y atolondrada - Aventuras antofagastinas [Parte I]

Aún no tengo claro si fue culpa del lugar o era porque sentía más confianza en mí, quizás porque iba acompañada o porque era un lugar en dónde nada podía pasar “a más”. Antofagasta, el paraíso de las teiboleras. Antofagasta y su imposible Feria del Libro Independiente. Antofagasta y su extraña forma de invitarme, devolverme y volver a invitarme. 

*** 

Lo único que puedo decir es que esa chica, de una u otra forma, llamaba la atención. Al principio no la noté realmente, yo estuve uno o dos días tan ensimismada en mis labores y en no fallar y en levantarme temprano y llegar a la hora, que sencillamente jamás noté a alguien y tampoco ahora puedo recordar los rostros de esas personas que estaban ahí conmigo, en los mesones de los lados, de lado a lado de la plaza, ocupando 35 espacios designados –pero sin límites claros–. Me tocó quedarme en la habitación con mi compañero de feria y otros dos delgados y simpáticos chicos de Arica; es probable que esa habitación ocupara algún espacio –también minúsculo– en el tercer piso del lugar o en el piso tres y medio, ya que todo estaba desnivelado y había pequeños trechos de escaleras entre los trechos más largo de escaleras que conectaban un piso y otro. La habitación era pequeña y a duras penas cabían dos camarotes, un espacio estrecho que separaba las camas entre ellas y otro espacio estrecho para llegar a la puerta y la ventana que nos separaban del pasillo –igualmente estrecho– que conectaba todo, por un lado con una escalera y, por el otro, con un baño minúsculo. Al frente y subiendo un poco, podrías ver un par de habitaciones guachas por ahí y el acceso al cuarto (o cuarto y medio piso) que sólo era piso, con objetos rotos regados por azar; sin baranda (no era un balcón), sin sillas (no era un sitio para estar), sin resguardos (no era un sitio seguro); puedo mencionar la vista y no porque fuera hermosa o se viera algo realmente (tenías vista a varios cerros), sino porque estabas en el punto más alto del lugar y el clima era tan cálido que no tuve que bajar para buscar una chaqueta o una manta para abrigarme. Es costumbre buscar recovecos para fumar, porque no puedes hacerlo con tanto huésped dando vueltas; incomoda cuando te encuentras con alguno porque siempre tienen algo que decir (“¿me das?” “¿tienes un cigarro?” “¿tienes fuego?” “no fume” “no se puede fumar aquí” “fumar hace mal”) y nah, pues siempre quiero fumar en paz. Conocí el techo del lugar antes de buscar un baño y estuve harto tiempo ahí fumando para no incomodar a los demás. Me acostaba temprano y me levantaba aún más temprano para ducharme sin que alguien más tuviera que esperar en la puerta, durante esa feria me fumaba un cigarro en el techo y después iba a beber té y escribir postales en la cocina del lugar, llenaba un termo con té, luego caminaba lentamente a la feria y, media hora antes de que abriera, me quedaba esperando a que todo comenzara a funcionar; el código incluía puntualidad impecable y 30 minutos que separaran nuestra llegada de la llegada del resto. Algo más: no se suponía que estuviéramos ahí, fue suerte y consideración de parte de otro proyecto editorial que no pudo responder a la invitación y acabamos viajando nosotros; sin dinero, sin conocer, sin saber mucho de ferias fuera de la ciudad y sin mucho material del que pudiéramos enorgullecernos. Así llegamos, pelaos y con las lucas justas para que yo comprara cigarros (todos los que requiriera); olvidé llevar pijama, pero tenía cigarros; olvidé llevar una toalla, pero tenía cigarros; no teníamos para comer todos los días, pero tuvimos suerte. Entre todo, agradezco que los chicos de Arica no fueran unos weones escandalosos e híper interesados en embriagarse porque cada feria es el fin del mundo y cada uno bebe su peso en licor para sentirse vivos y alegres y saber que no sólo fueron a vender libros a la mierda del país con expectativas tan bajas que ni siquiera les daba para actuar como si les interesara realmente. Yo puedo dormir si tengo sueño, caigo donde sea y duermo bien, no me interesa que se esté desmoronando algo afuera; sin embargo, ese día me despertaron los gritos de la misma mujer a las 1:00, 2:00, 3:00, 4:00, 5:00 y 6:00 de la mañana; revisé mi celular cada vez para saber exactamente la hora en que me habían despertado. La última, a las 6:00 am, me levanté iracunda y dije en voz alta: ¡voy a pegarle a la zorra! Me bajé apenas del camarote y salí de la habitación, no me costó mucho saber de dónde venían los gritos. La mujer esa parada en el piso cuatro, gritando como si le estuvieran retorciendo los intestinos y hablando incoherencias a destajo. Yo enojada y envalentonada porque ¡maldita sea! despertarse seis veces por los gritos de una mujer borracha, mantener la calma, levantarse bien, ducharse en paz, caminar a la feria para estar media hora antes y mantenerse bien durante el día, es imposible. Comencé a hablarle desde el pasillo, justo afuera de la habitación en que se suponía “descansé” el día anterior. Le dije muchas cosas, en voz grave y golpeada, ligeramente masculina y encadenando todo lo que se me ocurrió con la rabia y el cansancio haciendo que me temblara la mano derecha. Ella se fue a su habitación (supongo) y gritó un par más de tonteras, yo no iba a volver a dormir y esperé fumando a que se hiciera la hora de ducharme. Ella volvió a salir de la habitación y caminó tambaleándose hasta mí ¡y me pidió un cigarro! Qué ganas, maldita zorra, de torcerte el cuello
–pensé–. Volví a decirle unas cuántas y le negué el cigarro. Ahí regadas, también estaban algunas otras personas que también habían bebido toda la jodida noche, pero estaban tan callados que parecían estar muertos; nadie defendió a la mujer y tampoco me dirigieron la palabra. Me duché, bebí un té, llené mi termo, bajé a la feria, llegué tipín 9:00 y abrimos tipín 9:30; durante la mañana, soportar ese cansancio resultó terriblemente agotador. Después de las 13:00 esta mujer llegó deslumbrante, vestido holgado y pelo rubio cuidadosamente colocado alrededor de un cintillo de flores de plástico (muy de moda en ese entonces), sin ojeras, dientes blanquitos, sonrisa de comercial, actitud de quinceañera, recién bañadita y brillaba la weona. Almorzó con los organizadores –nosotros compartimos el plato de comida que pudimos comprar o que, quizás, nos dieron–. Ella se paseó olímpicamente por toda la plaza dejando sus libros en la mesa y nosotros nos caíamos de sueño mientras atendíamos gente que nos encontraba “oscuros” (que, a todo esto, tampoco nos compraba los libros). La odié con todas las fibras de maldad que pude hallar dentro de mi corazón. No dije más porque ¿para qué? ¿qué conseguiría yo aparte de cansancio? 
Unos días después y esta chica en todo su esplendor se me acerca y casi que me dice: “ey, no me acuerdo de medio palote, pero me dijeron que te había insultado un día y no me acuerdo, pero me obligaron a disculparme”. Ay, maldita sea. Me alejé del módulo, pero me mantuve al frente de ellos –de tal modo que todos podían vernos, pero quizás les costara un poco oírnos–, por mucho que intentaba hablarle tomando distancia (me apesta que me hablen de cerca o que se acerquen demasiado a mí) ella se acercaba a mí y era extraño porque la miraba un poco “hacia abajo” –ahí me di cuenta que era muy bajita o delgada, quizás muy joven y no pasaba los 20–. Le repetí todo lo que le dije antes, pero ahora me escuchaba y se acordaría más que unas horas; le repetí que no me sentí insultada por ella, pero que no soportaba que saboteara el sueño de otros (no por mí especialmente, pero yo estaba incluida), odiaba a la gente desconsiderada y que arreglara su atao (un trauma, al parecer, con alguna amiga asesinada o suicida… según logré entender con los fragmentos balbuceados que alcancé a escucharle mientras yo fumaba y presenciaba su show, tampoco le pregunté qué onda porque no quería saberlo). 
 Al final de todo, el trato simpático que te regalan es directa consecuencia de tu aspecto; te tratan mejor si te ven mejor, se ríen contigo si te ríes con ellos, se sienten cómodos bebiendo contigo mientras estés bebiendo con ellos. Yo nada, sólo disgusto y cansancio con toda seguridad. Cuando revisé las fotos de la feria, ella salía en casi todas las fotografías y en todas se veía muy bien; yo me vi en una o dos, me veía como una vieja amargada con el pelo chusco. ¿¡Gracias!? ¿Esto pasó en 2014? ¿esto realmente volvería a suceder al año siguiente? 
Yo conté a mis amigos sobre esa mujer y el griterío y todo el show, todo pasó en noviembre. En el verano del año siguiente esos amigos (que saben la historia de mi boca) viajan al norte. Al regreso me dicen: “vimos a tu amiga”. Yo los miro extrañada ¿qué amiga? –les pregunto–. Esa, la rubia que gritaba borracha. ¿Y cómo saben quién o cómo es? –les pregunto, mucho más intrigada–. Salía en las fotos de la feria y es inconfundible, estaba vendiendo weás en la calle, como que se había vuelto hippie… la traumaste –me dijeron–.

8 de julio de 2020

Cogorza química - No hay

Ey ¿cuándo hablaremos de aquello que vivimos juntos? ¡Ey! ¿cuándo me culparás de este "viaje" fome que permitiste porque era más necesario que yo aprendiera algo útil? ¡Ey! ¿cuándo aparecerás y te ofreceré comida y me dirás lo que sentiste y terminaremos hablando en el patio como siempre? No me preguntes por eso que escribí, no recuerdo en dónde guardé ese papel. 

Dar la espalda [Parte II]


Cuando hice mi primera prueba psu, el primer día; quedé enferma y desaparecí tres o cuatro horas, no quería llegar a casa porque sabía que me preguntarían y no estaba en condiciones de responder y mentir diciendo "me fue bien". Me metí al cine y acabé viendo alguna de harry potter, no me acuerdo cuál y no me interesaba verla, tampoco leí jamás los libros y tampoco vería o leería nada de eso. Ese primer día mi padre me llevó al colegio en donde debía dar la psu; por desaparecer ese día, al siguiente ni se ofreció a llevarme, me dijo "anda sola" y fui sola. Volví, creo; di la tercera prueba en la tarde. A las semanas, cuando vi el resultado, mi padre ya se había adelantado comprando el diario y buscando mi nombre, casi me caigo de poto cuando salía que mi puntaje era más que decente, creí que podría perfectamente postular y quedar, sólo llené cuatro "opciones" de diez cuadros a intentar. Cuando portulé mi padre me advirtió que no podía irme a estudiar más lejos que la serena, yo tampoco tenía el valor para ir más lejos; como que tampoco se me había ocurrido. ¿Qué haría con toda esa mierda que tenía en la cabeza acerca de la muerte? Nah, eso lo estoy pensando ahora, pero en ese entonces jamás se me vino a la mente. Postulé, quedé en la primera opción y ese año nuevo fue tranquilo porque nadie estuvo enojado o me webió. Vine a la serena con mi padre (a cargo mío) y el resto de la familia acompañando (como excusa de vacaciones), él me acompañó a hacer los trámites de la tarjeta financiera que te meten obligado y todo el show: me regalaron una agenda y parezco "emo" con esos lentes fotocromáticos y ese mechón de pelo tapando mi ojo derecho -así quede inmortalizada en los registros de la u y en la tarjeta estudiantil/financiera que aún conservo-. Meses después volvería a la serena a vivir en una pieza y me acompañaría mi padre (desde ese día dejó de fumar aunque lo hacía desde los 16) y mi abuela (porque era muy sapa ella). Viví en ese lugar y lo primero que aprendí fue a no temerle a las arañas, donde nací jamás vi una araña más grande que una arveja y en esa pieza eran del tamaño de una moneda de quinientos; la primera que vi me hizo gritar, las siguientes las encerré en frascos de plástico y observé cómo se morían de hambre; así se me quitó el miedo. Al lado vivía una muchacha con la misma historia, primer año, primera carrera, dieciocho cumplidos y sola en una pieza; hablé con ella una vez, desde entonces pocas veces me la topé. La señora que arrendaba estas piezas comenzó con hombres (pensaba que eran más "tranquilos") y terminamos dos muchachas viviendo ahí; eso dice mucho de la experiencia y de la práctica de "los tranquilos". 
La primera madrugada del primer día de clases me costó conciliar el sueño, de hecho dormí poco y me levanté a las 6:00 am por primera vez en mi vida por mis propios medios -hasta que cursé mi cuarto medio, mi madrecita me despertaba cada día-. Me vestí y entré por cualquier lado a la u, tuve que respirar hondo para atravesar el túnel, me daba pánico pasar por ahí sola y es que era la primera vez que estaba ahí y era la primera vez que sentía miedo por algo estúpido. La sala era una mierda de sala tan vieja que podría perfectamente ser parte de algo abandonado, olía a humedad y aterraba que estuviera en desnivel; siempre odié esas jodidas salas. Lo primero que llamó mi atención a las 7:40, esperando la primera clase, fue una chica rulienta de tez tostada y cuerpo pequeño, después yo la bautizaría como "SierraMorena", ahora no puedo recordar su nombre, pero recuerdo que era de ovalle. No recuerdo mucho de esos días, pero nos explicaron el nombre de cada lugar y las salas a las cuales debíamos movernos. No vi a nadie que hubiera visto antes y era un jodido alivio saber que no tenía la obligación de relacionarme con nadie a menos que yo quisiera. Acabé haciendo amistad por cercanía, terminé siendo amiga de los peores sacos de weas que he conocido en mi vida adulta. Al primer estúpido lo dejé copiarme en una prueba de introducción al cálculo y me condené; aprendí pésimas mañas y comencé a desear saber beber para disfrutar lo que se supone disfruta la gente de esa edad. Lo dejé copiarme porque me hacía recordar a mis amigos repitentes del colegio, pensé que sería igual a esos tiempos; no, estos copiones no tenían corazón. Me enteré de mucho que no quería saber (y que supe) porque preferí guardar silencio y escucharlos antes que contar de dónde venía; en ese entonces no sirvió de mucho ocultar en dónde había nacido, pero años después -ocultarlo- me sirvió para ganar muchas peleas con gente que creía ser guay. Yo ponía los 100 que completaban los 1100 que costaba una chela barata en el duna, porque yo era la única que manejaba calderilla. 100 y 100, 1000 y 1000, pasaron a ser 10000 gastados en vómitos. Si esa gente se hubiera convertido en algo importante, recordaría algún gesto y no lo recuerdo. Me acuerdo de vagar por la ciudad por la madrugada, comiendo cornetos o helados caros para una universitaria; recuerdo a una muchacha borracha consolada por un muchacho medio borracho, gritándome que yo era una weona de mierda por comer helado en la madrugada. La SierraMorena se hizo a amiga de la Rubia o al revés, quizás serían amigas de todos modos porque ambas eran de ovalle. Yo vivía cerca y me comencé a acercar porque me gustaba la Rubia y, weno, yo no tenía habilidades sociales como para saltarme la amistad, por lo tanto aproveché la amistad para estar cerca sin levantar sospechas... tampoco tuve valor y jamás pude reunirlo. La vez que estuve más cerca, me permitió bajar el cierre de su camisa de noche y juguetear con que vería su sostén talla grande; no pude ni bajárselo ni mirar. La odié cuando se fue y la odiaré siempre. Decidí largarme de agronomía porque fui infeliz ahí, porque ya había agotado todas las posibilidades y mi destino era el fracaso, no salir jamás, no avanzar jamás, no llegar a ningún lado. En esos años, además de sentirme innecesaria, me sentí estúpida al no poder retener mucho de cada clase a la cual asistía; inconscientemente me comporté como alguien con suerte porque odiaba con toda mi alma ser el centro de las tardes de estudio (si me fue bien en algún momento era porque en el colegio me pasaron las weás que, para algunos, eran nuevas) y me ofrecían comida o dulces para que les explicara la materia, pero me hacía la estúpida con suerte para que no volvieran a invitarme; tampoco hubiera sabido usar eso para mi propio beneficio, después me pasaría la cuenta, después alguien se fijaría en que yo estaba empastillada y no soportaba las mesas téclub de estudiantes y fotocopias y mierda y notas y horarios y casino atestado de universitarios (me da asco entrar en los edificios de la universidad, lo evito en tanto puedo y me trago el asco cuando debo ir por compromiso). 

Cuando decidí irme, desaparecer, no le dije a nadie y nadie me preguntó; me sentí aliviada. Pasé medio año mintiéndome en otra carrera, diciéndome "esta sí, esto es lo que quieres"; nah, paparruchas. Conocí a dos demonios mientras estaba ahí y estuve bailando con ellos harto tiempo, no quiero escribir más sobre eso. A pesar de asistir a la misma universidad y usar las mismas dependencias, jamás me volví a encontrar con ese piño agrónomo que conocí alguna vez; los que quedaban ya estaban estudiando en ovalle: alivio, jodido alivio. No te equivoques, yo sí conocí gente valiosa, pero no logré que fueran cercanos; los cercanos, los que consideraba amigos, eran un puñado de weones (¡wenos pal show!). No, no tuve amigos. No, no tuve amores. No, no quiero volver a ver a ninguno, jamás.         

5 de julio de 2020

Texto problemático, tema problemático, correspondencia temporal

Escribí algo que me trajo atención no deseada después del verano, "un texto problemático" por referirme a eso de alguna forma.

Hay un montón de temas que son difíciles de tratar en un texto, piensa en algunos y luego piensa en la razón por la cual te provocan molestia. Yo puedo pensar en hartos en este rato, es mi gusto y me  conozco; no es que me pusiera a enumerarlos y los tenga anotados, sino que me los he topado en lecturas y recuerdo lo que sentí al oír de aquellos temas, recuerdo siempre que algunas cosas me provocan un poco de malestar y otros me provocan vergüenza. No se trata de qué tan bien o mal esté tratado el tema en cuestión, sino con que hay algunas cosas que simplemente me apesta leer en textos y me desagradan más cuando los oigo.  

Podrías intentar enfocar un poco tu atención y comenzar a pensar en esos temas incómodos ¿has intentado alguna vez escribir de eso que NO te agrada? ¿has escrito de algún tema que te disguste? Pongo de ejemplo algo muy conocido: a Virginia Woolf le apestaba la alta sociedad inglesa de su tiempo y, a pesar de provenir de familia rica, ella fue capaz de escribir "La Señora Dalloway", en donde hace una exquisita crítica a lo que odiaba de esa clase (su clase), contraponiendo detalles sublimes de la existencia de los protagonistas y dos personajes que es difícil hacer encajar en una trama, todo bien pensado y relatado. 

Ahora hay algo más: un ejercicio distinto. ¿Qué es exactamente lo que te incomoda? ¿qué te produce desagrado e incomodidad? Aquí existe un problema importante. Pongo otro ejemplo: si ves a una mujer luciendo un embarazo avanzado y, pasado un tiempo, no hay barriga o hijo, pero sí un libro hablando de aquello ¿acaso pasarías por alto la relación? ¿acaso no te incomodaría de alguna manera? Puede que el tema no te provoque mucho o que tengas todo claro al respecto, pero no deja de ser incómodo enfrentarse a algo así. 

Hay varias escenas del verano que puedo recrear fácilmente si cierro los ojos: el problema es que están coloreadas, en alta resolución, con sonidos, olores y duelen. Recuerdos que estarán por siempre ligados a ese texto problemático. 

Hace harto rato que escribo y desde hace mucho, cuando escribo, estoy pensando en publicarlo (ya sea en un plaquette o en mi otro blog), sacarlo a la luz de alguna manera -aunque sea de un modo burdo-. Me pasó que con este texto, en particular, pensé todo el tiempo en "sacarlo" y lo presenté durante el verano, pero apenas terminé con eso, ya no quise volver a pensar en reproducirlo. Pienso que el texto en sí no provocó el malestar: al final yo pensaba publicarlo de algún modo (aunque no estaba pensando en algo breve, por lo tanto me llevaría tiempo terminarlo). Los efectos que produjo son los que me incomodan porque obtuve un tipo de atención que me hace sentir vigilada y había logrado, con éxito, desviar ese tipo de atención de mí durante décadas. No se trata del tema, se trata de la correspondencia entre el personaje y la persona, esta vez coincidí con el personaje, justo en medio del corazón por dos razones distintas y fue por descuido, fui muy negligente al presentar ese texto. El texto produjo un efecto que no deseaba, generó atención, alerta, preguntas y vigilancia.

[Dolor]

Hay algunas señales en el modo de hablar de las personas que me aceleran el corazón, hay algunas peticiones que me hacen pensar en salir corriendo, hay algunos signos en el rostro de las personas que no me agrada ver cuando hablan conmigo: lástima y preocupación, mezcladas, contenidas en vistazos fugaces, desanudándose a medida que son expuestas en palabras y preguntas. 

Ya es un tema frecuente que un trío jocoso de mujeres (unas amigas que quiero harto) comenten que mi rostro se parece al rostro de tal o cual escritora, siento vergüenza cuando las escucho hablar de eso y comentarlo frente a mí, mientras buscan fotos en google e intentan hacer memoria del nombre exacto o del enlace en facebook en que vieron la imagen: me concentro en el té, café, completo o papas fritas que tengo a mi alcance e intento evitar que mi rostro se ruborice pensando en la comida o en la bebida o prendiendo un cigarro y pensando en cualquier cosa. No es algo que quiera escuchar, pero consigue ser interesante por la insistencia y lo graciosa que resulta la escena: yo metiendo comida a mi boca o un cigarro o un sorbo de café mientras ellas se pasan la pelota, yo diciendo "no, no me parezco" con los dientes empastados en grasa, cafeína o nicotina, intentando imitar lo más posible a alguien con pocos modales. Me hace gracia, es grato pasar rato con ellas, me provocan sonrisas; sin embargo, no puedo dejar de sentir vergüenza. 

Poco después de volver a mi cuerpo, después de recuperar un poco la compostura, un día o dos después de la presentación y sintiendo reaflorar el vigor que se necesita para estar dentro de la feria del libro, me piden ese texto. Lo único que pude leer con claridad en el rostro del solicitante fue preocupación. ¡Demonios! ¡maldita sea! los pensamientos se me van de inmediato a la idea de "atención innecesaria", antes de entrar en pánico elaboro una rápida respuesta verosímil y que, a la vez, deje el asunto zanjado (por el momento). Me repito: no entres en pánico, no te desvanezcas acá porque llamarías la atención y no quieres atención, no quieres que la preocupación se incremente. Decido dejar pasar un día, cumplo con la petición discretamente, advierto que ese impreso es la única copia y que debe ser devuelto a la brevedad; músculos apretados, manos magulladas y dolor. El impreso vuelve a mis manos y siento un poco de alivio. Pasan semanas quizás, pasan ¿semanas? Estoy en casa de una de las mujeres del trío jocoso, la dirección de la conversación no parece desviarse demasiado de la rutina, me parece recordar que bebo té o estoy frente a un plato con torta (o algo dulce, probablemente); la conversación se va al tema de las imágenes y los rostros similares, las búsquedas en google y los posteos en facebook, termino de pie al lado de ella y, como la conversación era un tema habitual, pues la sigo sin reparos; sin embargo, me olvido de ocultar mi vergüenza aunque la siento; estamos solas en la cocina de su casa. Se menciona a Virginia Woolf y su muerte, sigo el hilo diciendo "se suicidó". No había puesto la suficiente atención, pues la mención de similitudes físicas hace que me avergüence indefectiblemente, estaba mirando a otro lado mientras un tema llevaba al otro y termino ocultando, instintivamente, mis manos en los bolsillos de la chaqueta. No entres en pánico, por favor, por favor, por favor; no hagas muecas, no llores, no llores, no te desesperes, no cambies de expresión, no dejes que te mire a los ojos, evítalo cueste lo que cueste. Ella busca mi mano izquierda dentro del bolsillo y entrelaza sus dedos con los míos, sentía perfectamente los contornos por la diferencia de temperatura; tenía las manos tan frías que usando el tacto no me habría permitido imaginar una imagen tan clara. Sin poder advertirlo, nuevamente había provocado que alguien sintiera la necesidad de crear sobre mí eso que llamo "atención innecesaria". 

Mientras pensaba en responder a la primera petición, pensé que el problema estaba en el cuestionamiento del género y los roles (texto, personaje, presentación, puesta en escena, vestimenta, etc.) y estaba en vías de formular una respuesta apropiada -ya tenía una respuesta, pero debía ser actualizada porque la había pensado meses atrás, a propósito de otro incidente en que casi fui cuestionada por mi familia-; asumiendo que ese era el asunto, me sentí más tranquila, de todos modos era algo con lo que podía lidiar. Para mi infortunio no era eso, era algo de lo que me cuesta un montón hablar abiertamente; no del tema en sí, sino tratarlo en primera persona, relatarlo como propio, ponerlo en palabras que no produzcan atención innecesaria sobre mí y las actividades que realizo en privado. 


La "atención innecesaria" fue consecuencia del daño que me hice durante la presentación, el tema del texto fue ignorado completamente. 

A estas alturas de todo (ya pasé los treinta), quisiera pensar que ya nadie me preguntará algo que yo misma no quiera hablar: ya pasó el tiempo en que yo parloteaba sobre esto o aquello porque no tenía otro modo de sanarme, ya pasó el tiempo que solía soltar la lengua con un par de tintos o cuando sentía que, por agradecimiento, debía soltar algo íntimo porque no tenía con qué más pagar esa amabilidad. En algún punto me volví más reservada y tosca, dejó de ser importante hablar de lo que me acompleja (en cambio, lo escribo), dejó de ser fundamental comunicarme abriendo mi corazón porque odio que la gente sienta lástima por mí o se preocupe o me ponga demasiada atención. Hubo momentos en que deseé no haber presentado ese texto, pero está en mis manos y, de algún modo, lo amo. ¿Qué pasó ahí? este dibujo dice más de lo que yo puedo contarte al respecto (hasta para eso soy inútil).

*Si llegaste hasta acá, click sobre "dibujo" y ojalá puedan seguir la cuenta de la amiga que me dibujó, se los agradezco: @rapazzza

3 de julio de 2020

Enfermedad II

Esa primera vez de una infección en mi rostro (Enfermedad I) coincidió con que me quedé trabajando sola en un proyecto que había estado compartiendo de cerca con alguien más. No pude pensar bien en las consecuencias de verme obligada a trabajar sola, no podía pensar en más que cumplir con los compromisos que había adquirido meses atrás. No creo ser muy diligente ni responsable, evito constantemente sentir que tengo responsabilidades; más que nada porque me cuesta cumplir al ritmo que otros demandan, también me disgusta subordinarme a gente en la cual no confío. En esos días -en los últimos días de la feria- me quedé sola en el proyecto, pero me permití el tiempo para pensar en las consecuencias cuando terminó el verano, después de dormir harto, después de comprar cosas que me faltaban, después de guardar todos los vestidos que usé durante el verano. No recuerdo bien por dónde comencé a separar las cosas, quizás las cuentas de los blogs que administraba o las rrss, quizás los mails; me deshice de todo vínculo virtual con esos proyectos conjuntos. Desde ahí la enfermedad que no conocía. Luego aparecería una y otra vez, una y otra vez, dos años y tanto de infecciones que aparecían en mi rostro.

La segunda fue una intempestiva hinchazón en la nariz, algo pequeño y molesto que parecía alojarse dentro, en el tabique (justo debajo de la línea que marca mis décadas alzando la punta de mi nariz siendo alzada por mi dedo corazón), justo en medio y, por consiguiente, provocando dolor en medio del rostro. En el día no sentí mucho más que malestar, quizás un poco de enrojecimiento; al otro día, en que tuve que dar cara a mi familia porque no podía continuar ocultándome bajo las sábanas (literal), tenía la parte superior del rostro tan hinchada que apenas podía abrir los ojos. Así, tal cual, como si me hubiera golpeado un boxeador; claro, sin moretón, sólo enrojecimiento, dolor terrible e hinchazón tan evidente que mi rostro se deformó hasta el punto en que me costaba reconocerme en el espejo y apenas me podía ver (por lo hinchados que tenía los párpados). Me llevaron "de un ala" a ver qué porras tenía, otra infección que había encontrado espacio para crecer en mi rostro, justo en el tabique de la nariz. Otro cóctel de pastillas que apenas podía tragar sin hacer arcadas. Me lo tomé como algo "conocido" y mantuve la calma, después de varios días la infección saldría por algún agujero y así fue. Mientras veía monitos en la tele, apretaba mi nariz por el lado izquierdo y manaba pus desde el agujero derecho, hermoso; no me vi obligada a ser impaciente porque me era imposible hurgar dentro de mi nariz buscando un poro a través del cual pudiera sacar, a punta de agujas, la infección, sólo apretaba un poco del lado izquierdo y se escurría pus y sangre del lado derecho ¡una maravilla! Sacar un pañuelito, ponerlo a un lado casi dentro del agujero y apretar del otro lado, quizás pude llenar un vasito con toda esa mierda que salía desde ve tú a saber dónde; me parecía absurdo que mi carne pudiera contener una cantidad inmensa de una mezcla verdeamarilla de células muertas y licuadas. Por ser una fumadora agresiva (por usar un término que no me deje como una adicta patética), he ido perdiendo al sensibilidad en el olfato y es algo que espero perder completamente en un par de años; a pesar de aquello, sentí, o más bien, olí la infección y no fue desagradable, sólo era tener un olor distinto dentro de la nariz, saliendo sin poder detenerse y diciéndome que podía disfrutar de aquello, pues era un signo de que pronto estaría sana y que ya no tendría que tragar un puñado de pastillas gigantes. Como entró, se fue; como llegó, desapareció. Creo que duró una semana y algo, puedo que un poco más. 
Desde ahí, dado que ya conocía todo el procedimiento y odio a los médicos, pasé a enfrentar las siguiente enfermedades con atención especial: todo signo de que pudiera infectarse mi rostro, era tratado con extrema precaución. Así pasó cosa de un año, hasta algunos abscesos después, hasta que mi rostro dejó de producir mierda que era capaz de destrozar mi paciencia. 

1 de julio de 2020

Problemas con la herencia

Mi historia familiar es complicada, como la de todos los que somos de acá; nacimos en el continente de los huachos, la cultura de generación espontánea y la familia disfuncional.
Cuando era niña, la primera noción que tuve de “apellido” –y su significado– provino de mi propia familia, creo que en mi época de jardín infantil y primeros años de colegio. Dos cosillas que me explicaron: la razón por la cual mi padre tiene sólo un apellido y la razón por la cual nosotros (yo y mis hermanos) tenemos apellidos “Ahumada Seura” y mi madrecita tiene “Seura Ahumada”. No me detendré mucho acá, creo que son evidentes las razones; sin embargo, es interesante decir que mi madre escogió explicarme los apellidos que llevamos apelando a un eufemismo que me pareció particular, incluso me hizo sentir especial en ese momento, ella me contó algo similar a esto: “cuando los reyes se casaban, lo hacían con parientes y los hijos tenían sangre azul”, claro, no es sangre azul literalmente (me lo tuvo que explicar también); en fin, yo tenía una característica especial que, asumí, nadie más tenía. Ya muchos años después, mientras aún cursaba básica, volvió el recuerdo de la “sangre azul” y también otra implicancia que no era tan especial, tampoco algo poco común: la endogamia y las consecuencias genéticas que provoca. Quizás no fue completamente así –no lo recuerdo bien–, pero creo que caracterizaron a esos descendientes de matrimonios entre parientes como gente loca (padecimientos psiquiátricos), enferma (padecimientos físicos) y fea (aspecto  desagradable).  

Con respecto al nacimiento de mi hermana, hermano y mío: mi madre siempre cuenta que conmigo le daba miedo tocarme porque era muy pequeña y delgadita, que mi padre me miró completa para ver si no tenía un dedito de más y que la enfermera sospechaba que tenía ojos de color –en ese momento, al parecer, se veían grises–; con mi hermano lo mismo, sospechas de que tenía los ojos de color, una inspección completa en cada dedito; con mi hermana lo mismo y no tenía los ojos de color, tampoco “cola de chancho” (ésta se volvió una broma común de sobremesa). Cuando nació mi hermana –nos llevamos por nueve años– ya tenía nociones de por qué esa conversación era importante y por qué se repetía mucho, por qué era casi una tradición familiar importante revisar a la guagua de días para saber si tenía un dedito de más: mucho después supe que mucha gente lo hace, pero en mis padres era por miedo fundado, porque los de “sangre azul” pueden nacer con “cola de chancho”.


Alrededor del 2006, a mi madrecita le dio por rastrear la historia familiar y me provocó un profundo rechazo la sola idea de “conocer la historia familiar”. La idea era comenzar a preguntar a los parientes de qué se acordaban y reconstruir con los datos que pudiera recopilar. Cuando mi madrecita comenzó con eso, yo sabía demasiadas cosas sobre la familia (cercana y lejana) porque jamás me perdí un cumpleaños, babyshower, tecito, celebración o inauguración; como era la más grande de los menores (en edad) de la familia, siempre acababa en la sobremesa tomando té y comiendo dulces mientras los adultos sacaban los trapitos familiares al sol. Mientras más atrás vas en el tiempo, peores son las historias; decidí, desde un primer momento, que no deseaba colaborar con mi madrecita y que no quería enterarme de nada, con lo que yo sabía era suficiente. Cuando a mi madrecita le comenzó a parecer interesante hablar de eso en la mesa durante el almuerzo, tuve que decirle que dejara de joder con el tema de modo tan insistente porque me tenía chata: mamá, no me interesa saber nada de la familia, en serio que no quiero saber nada más, no me interesa saber de dónde venimos, si fuimos de otro lugar o algo, vas a encontrar algo feo y no te va a gustar, basta con lo que sabes. En ese entonces mi papá pensaba lo mismo que yo, mi hermano estaba con mi madre –creo que alcanzaron a rastrear un par de décadas atrás, pero no volví a escuchar de eso y me alegra–. Años después me tocó, en pleno boom de la ancestralidad, volver a ser cuestionada por mi desinterés al respecto. Creo que es necesario aclarar acá el uso del término boom de ancestralidad: no estoy usando este término de modo despectivo, sino para referirme –de un modo amplio y sencillo– al sorpresivo aumento en el número de personas (cercanas a mí) que comenzó a buscar sus raíces y mucho más si existía la posibilidad de que fueran de ascendencia indígena, además del repentino interés en la cultura, expresión, celebraciones, rituales y vestigios arqueológicos (¿esto es consecuencia del redescubrimiento de El Olivar?), etc. ¿Es importante buscar las raíces? ¿es necesario encontrar las raíces? A la primera pregunta, pues sí, aunque para mí sólo es válido si lo haces porque tú lo deseas, sin esperar que al enterarte te conviertas (transformes) en alguien distinto; todos tenemos una historia que está fundamentalmente forjada por uno mismo y por quienes conociste en vida (las personas con las cuales te relacionaste, la familia con la cual te criaste). A la segunda pregunta, pues para mí no; personalmente no creo que sea necesario saber de dónde vienes (tan atrás en el tiempo), ya que eso no determina quién eres hoy y quién serás en el futuro, es más, centenares de años ignorando “de dónde provenimos” se traduce en que aunque sepas que tu familia es descendiente de indígenas ¿qué parte de lo que eran es la que estás asimilando? ¿cuánto sabemos de ellos? ¿cuáles recetas aprendimos? ¿qué tradición oral heredamos? Prácticamente tenemos un vacío cultural importante, una historia fragmentada y convertida en añicos. Ese vacío, para mí, no es importante: por lo mismo no deseo saber más allá de lo que sé, por lo mismo no indagaré más allá de la historia de mis abuelos, por lo mismo no mentiré diciendo que me interesa o que quisiera saber; no, no me interesa. Cuando me increparon por mi desinterés, pues me molesté y tampoco me pudieron explicar por qué era tan importante desear saber, me retaron y se enojaron conmigo, como si eso fuera fundamental y necesario para vivir, como si fuera un grave error no desear averiguarlo. La gran pregunta es ¿por qué merece una afrenta el que no quieras saber sobre tu origen? Del mismo modo en que hay personas a las cuales les gusta (o gustaría) saberlo, hay otras tantas a las cuales no les interesa y ya está; nada cambiará en ti o en mí, al final somos hijos huachos de la familia sudaca disfuncional. 

De algún modo -que odio- me doy cuenta de que, a lo largo de la vida, las personas buscan una identidad: lo que recuerdo con más aversión es mi negación absoluta a ser parte de algún grupo en mi adolescencia (ahora imagine mis desdichados tercero y cuarto medio). Estuve huyendo durante años, huyendo apenas leía "los adolescentes hacen esto o esto otro", "entre x y x edad se espera esto", "se debe observar x conducta"; me negué a vivir según lo que decían los libros, me negué a vivir lo que se debía a la edad esperada, me negué a someterme a los temas que a mis compañeros les gustaban, me negué a intentar encontrar el amor (el soso primer amor del cual hablaba cada chica del colegio), me negué a hacer amistades duraderas, me negué a que la amistad me alejara de los libros, me negué a participar de toda estupidez escolar que requiriera mi presencia (aunque no siempre tuve éxito). Me aburría tener que escuchar del pololeo o de las revistas seventeen que leían mis amigas (especialmente cuando no podían decir "masturbación" sin sonrojarse; me parecía que se hacían las adultas, pero aún sentían el peso del tabú del sexo y me parecía estúpido escucharlas fingir). Si bien me negué a simpatizar o ser parte de todo grupo, lo que viví a cambio (en la marginalidad de quien capea clases en la biblioteca del colegio) no podría calificarlo como algo completamente "bueno"; hablando con propiedad, fueron experiencias neutrales de aprendizaje escritas por autores muertos, comúnmente en libros publicados alrededor de los sesenta, llenos de polvo e imágenes de cuerpos distintos a los que me sería posible conocer post dos mil; a cambio, me di el tiempo, me permití crecer a mi ritmo y no me vi empujada a nada que no quisiera (por supuesto que no sentía "presión social" si no era parte de esa "sociedad"); eso fue una fortuna que agradezco. No necesité el grupo (ni del colegio, ni después) y no entiendo por qué es importante aquello de la identidad, jamás lo viví y ahora no lo entiendo; quizás eso explique los motivos de mi total desinterés y quizás ese sea el motivo de que este sujeto me increpara. ¿Estoy hablando ahora de herencia o de identidad?        

Hace algunos años murió el último abuelo que me quedaba, alcancé a conocer a dos. Una me visitó desde el momento del nacimiento y hasta viví con ella un año y tanto, se quebró la cadera, terminó postrada y murió algunos años después. Al otro no lo conozco y no llevo su apellido, hay una foto de él en un libro y no sé mucho más. La otra murió sorpresivamente un mes antes de que yo naciera, me dejó unos aritos de oro en forma de medialuna, no le dijeron a mi mamá que había muerto porque no querían que le pasara algo a su primera guagüita. Al otro lo visitábamos en La Serena año por medio durante la vacaciones de verano, era muy bueno para el dibujo, hacía magia, era medio inventor y pasó muchos años aquejado de alzheimer, se olvidó de todo, pasó sus últimos años postrado y finalmente murió. Entenderás que por el tipo de descripción que leíste arriba, yo no tenía mucha cercanía emocional con esas personas –a dos no las conocí–, tengo buenos recuerdos de los que conocí y los atesoro, pero no fueron personas con las cuales tuve una relación de afecto o lo suficientemente larga como para generar lazos de amor. Ya adulta, escuchando historias de amigxs, me di cuenta de que la relación abuelx-nietx es (o fue) muy importante para ellxs; algunos fueron criados por abuelas, algunos otros cuidaron de alguno que enfermó y otros los quieren mucho. No me pasó y no hay mucho que hacer al respecto, creo; esto lo hablé en algún momento con alguien y se espantó: ¿cómo es posible que hables así de ellos? Yo me preguntaba ¿por qué no? ¿acaso tengo que inventarme una relación de amor? ¿acaso tengo que mentir o inventarme algo? ¿por qué tanto espanto? es cierto, te lo estoy contando tal cual lo siento; es cierto, no puedo decirte que mi relación con ellos fue de amor; es cierto, no tengo problemas con aceptar la muerte como algo natural y esperado; es cierto, no me interesa hablar con amor de los muertos (ni de esos muertos, ni de los que morirán).  

La familia a la cual pertenezco es pequeña: papá, mamá, hermano y hermana. Me interesan ellos, su salud, bienestar y su historia, nada más. Con nosotros se acaban los “Ahumada Seura” porque ninguno de nosotros quiere continuar con esto.      

23 de junio de 2020

Cicatrices y el cuerpo imperfecto - Parte I

Cursé mi tercero y cuarto medio en el mismo colegio en que iba desde séptimo básico, pero en una ciudad distinta; creo que vivir en otra ciudad e ir al mismo colegio fue una experiencia terrible. No me agradó jamás Calama, era extraño a pesar de estar tan cerca de mi ciudad (¿campamento?) natal. Cuando llegué a vivir ahí, por primera vez tuve una pieza sola y fue extraño acostumbrarse a tener solo mis cosas en mi pieza; las paredes eran moradas. Durante esos dos años fui la estudiante de plataformas, pantalones grises todo el año, chaleco de colegio dos tallas más grandes, parca de cotelé, boina y lentes fotocromáticos. Ahí me metí en una academia en que podías escribir, ahí me metieron a un preuniversitario durante dos años. Pasé leyendo esos dos años, con mi ropa gigante y mi cara de pocos amigos. Poco hablaba con la gente porque ellos hablaban de cosas que a mí no me interesaban, crecí tarde y mientras hablaban de chicos, yo leía enciclopedias de sexualidad. Se me hace fácil recordar la ropa que llevé esos dos años, pero no puedo recordar cómo lucía antes de eso; era el uniforme del colegio, pero no recuerdo si era gigante o si era de mi talla, si llevaba algo que me distinguiera o algún accesorio que pudiera hacerme reconocible a distancia. Recuerdo que las chicas usaban falda corta con medias grises, zapatos impecables y poleras a la cintura (el uniforme del colegio era una polera y una falda de tablillas); se podía usar pantalón por el frío, pero yo lo usaba todo el año, me moría de frío todo el jodido año.
Cuando cursaba segundo medio (¿o en octavo?) hubo un paseo de curso al Pozo 3, una piscina y camping súper famoso cerca de San Pedro de Atacama; al parecer había ido una vez con mi familia, pero me es imposible recordarlo con certeza. Fueron pocos compañeros de curso. Antes del paseo mi madrecita me llevó a comprar un traje de baño nuevo –como siempre, entre las colegialas, estaban de moda los bikinis– y yo me fui ilusionada a comprar el mío. Saqué los más bonitos que encontré y me fui al probador. Pasé de ponerme uno y otro, y no recuerdo otro momento más triste relacionado con mi cuerpo, no recuerdo otro momento igual en toda mi vida, recuerdo haberme sentido grotesca en ese momento y odié mi cuerpo. La parte de arriba era para una chica con las tetas decentes: una teta cerca de la otra, medianas copa c o d, redondeadas por lo menos. La parte de abajo era para alguien con la entrepierna imperceptible (plana), caderas huesudas y sin panza, con el trasero turgente y las piernas visiblemente separadas del culo. En conjunto, mi torso corto hacía que ambas piezas del bikini se vieran terribles. En conjunto, mi cuerpo lucía desproporcionado con el largo de mis piernas. En conjunto, parecía un trozo de carne embutido en dos tiras de lycra estampada en colores cálidos. Me frustré, yo no pensaba de mí que tenía una imagen tan desagradable, yo no sabía que me veía así con bikini –jamás me había probado uno–, yo no sabía que ver mi cuerpo en esos trapos resultara ser algo tan desagradable. Ok, ningún modelo me quedaba, ok, ninguno le hacía a mis tetas, ok, se me veía la guata, ok, yo era una masita de torso corto y piernas largas. Acabé llevándome un traje de baño color arcoíris, de una pieza, con interior de tela elasticada para ocultar las imperfecciones de mi cuerpo de menor de edad. Creo que fue lindo que muy poca gente fuera al paseo, la mayoría de las chicas llevaba bikini y se veían preciosas, tenían lo que yo echaba en falta en mi cuerpo, ellas se veían bien en el espejo del probador. Yo llevaba un traje de baño de niña, con colores de niña porque era una niña, sin embargo, por dentro del traje de baño tenía tela elasticada, igual al traje de baño que llevaba mi madrecita para apretar un poco la piel que se ha soltado con la edad. En algún momento, cuando mi madrecita me compró mi primer conjunto floreado sostén/calzón, yo me preguntaba por mi panza prominente, le dije que ella igual la tenía, ella me respondió que había tenido tres hijos… ¿por qué yo tenía panza? No me lo pregunté de nuevo hasta que no pude llevarme “mi primer bikini”. ¿Por qué yo no tenía ese cuerpo que mis compañeras lucían con tanta naturalidad? Había tres chicas de todas las del curso que usaban traje de baño completo: yo y una amiga porque no se nos vería bien un bikini (creo que no pudimos elegir), Pámela (ese es su nombre) porque tenía un cuerpo de nadadora de 20 años y se hubiera visto grandiosa incluso desnuda (ella escogió llevar uno completo).
A mis 19 aún pensaba que yo tenía un cuerpo desagradable, me gustaba “la rubia” (a ella le gustaban los penes con piernas), yo ponía anuncios buscando pareja en un foro de tortas; toda una contradicción. ¿Buscando amor? no en la universidad, no cuando jamás has visitado un ginecólogo, no cuando te gusta una compañera de carrera. No buscaba el amor. No quería el amor. No había sentido necesidad alguna de pasar el “me gustas”, había tenido oportunidades con chicas y las desperdicié porque no quería y no sabía cómo llegar más allá. Creía que ser complaciente me ponía en un lugar especial con respecto a otros, tenía dinero y acostumbraba hacer cosas para otros con ese dinero. Seguía teniendo panza, pero llegué a la conclusión de que la tenía porque siempre me reusé a hacer abdominales, porque odiaba hacer cualquier tipo de ejercicio por cualquier razón, porque adoro comer y jamás he rechazado nada que me pueda echar a la boca, porque no me obsesioné jamás con mi peso, porque jamás tuve una relación enfermiza con la comida, porque jamás decidí hacer una dieta por mí misma (sólo una que mi madre me hizo seguir porque me veía “gordita”), porque jamás vomité por culpa y tampoco me interesaba tener un cuerpo más trabajado porque no usaba ropa ajustada, porque la moda no me llevó a usar pantalones a la cadera, porque pasaba más tiempo leyendo que caminando. Nada más que declarar. Fue un momento de lucidez, una epifanía que me permitió ignorar mi panza y seguir siendo yo sin pensar en mi panza, porque era algo producto de mi estilo de vida, algo que era mío. En algunos momentos igual me detenía a pensar en eso, pero no volví a mirarme como quien mira una abominación; un paso adelante. En ese tiempo no podía pensar en que a alguien llegara a gustarle realmente mi cuerpo, pero a mí me agradaba mi cuerpo y era algo bueno. Así y todo, no podía dejar de pensar en que si alguien me tocaba, tenía el deber de ocultar mi panza, yo creía que esa panza no concordaba con el resto de mi cuerpo y era mi deber ocultarla. Alrededor de los 23, por primera vez en mi vida adulta, me mostré desnuda frente a otra persona; se repitió mucho la experiencia después de los 23 y sólo en algunas ocasiones me preocupaba de ocultar intencionadamente mi panza. En esos años bajé harto de peso, creo que ocho kilos o algo así, esconder la panza era más fácil, era cosa de no comer antes de desnudarme, pero aún cuando me recostaba de costado mi pancita se caía hacia un lado y siempre advertí “no toques mi pancita, jamás toques mi pancita”. Nadie tocó mi panza en esos años, se respetó mi petición y era un alivio. A veces podía ponerme un traje de baño y me quedaba bien si no comía antes de ponérmelo, pero no podía dejar de comer porque me gusta la comida y me gusta comer y no quiero dejar de comer porque se me ve mal la ropa porque se me ve la panza. Maldita sea, avancé un poco en el problema porque evité que se presentara el problema, nadie tocó mi panza durante años y ok todo, pero seguía molestándome porque pensé que molestaba a otros. La última vez que fui a la playa, en verano de 2019, fui a Totoralillo con mi familia, pesaba 53 kilos y me sentía muy pequeña para evitar la mirada preocupada de mi madrecita; me acerqué al agua un momento con una calza tipo short sobre el traje de baño de una pieza porque sentía que me veía extraña estando tan delgada; no quise llegar a ese lugar genial en que debes saltar para evitar ser arrastrada por la ola que revienta porque me sentía débil, pensé que me ahogaría si me metía más allá; me salí al transcurrir algunos minutos porque sentí un frío que me dolía; me puse ropa y me quedé profundamente dormida sobre una sillita de playa. Mi panza se había ido, dejé de pensar en esconder la panza, pero me preocupaba mi peso, me sentía pequeña y débil por pesar tan poco; esa chica de huesos puntiagudos no soy yo. Devuélvete unos meses, devuélvete al momento entre que advertiste sobre la panza y el momento en que decidiste que ya no era un problema; a los 31, por primera vez, me mostré desnuda sin advertencias. No me importa y no le importa y me siento feliz. Ahora mismo “peso lo que debo” para mi estatura, medio a medio entre lo máximo y lo mínimo. Me siento deseada aunque tenga el olor a cigarro encima y ande con el pelo sucio, me siento amada aunque ande con el pelo limpio y los pies fríos, me siento linda si quien me ama piensa que no es necesario que sea una mujer y que me comporte completamente como una. Esas son mis cicatrices.  

6 de junio de 2020

Enfermedad I

Hace algún tiempo, hace un año o más, estuve padeciendo de algo que no conocía, en varias oportunidades cada dos o tres meses. La primera vez fue muy sorprendente y doloroso, no tenía idea de que manosearse un grano podría transformarse en una catástrofe de proporciones. Uno siempre tiene esa manía de tocarse la cara y sacarse pelos, de verse cualquier mancha nueva e intentar sacarse granos; esa manía de intentar mantener cierta uniformidad en el rostro. No he sido nunca de las que se preocupa por cubrir imperfecciones del cuerpo (padecía de una maña con la pancita, pero ya lo superé), tampoco de esas que se lloran por cicatrices (me gustan las cicatrices, de hecho) o de las que se sacan las canas (hace poco me pasó algo lindo con eso y, quizás, después lo cuente); sí me molesta un poco tener granitos que molesten en el rostro, no por el aspecto, sino porque me cuesta olvidarme de esos granitos y me desesperan. Como siempre, hurgando en mi rostro, me pasó algo que no me había sucedido jamás. De un día para otro se me hinchó el carrillo derecho, dolía y sentía que la hinchazón misma tenía límites definidos dentro de la carne, podía palparlo desde afuera con la mano y desde dentro con la lengua. En mi cabeza, eso era un globo creciendo sin control que podía reventarse si el agujero era lo suficientemente profundo y permitía la salida de la mierda que estaba dentro. Mala idea hurgar con agujas gruesas en el carrillo, no conseguí nada más que una infección más persistente y cizañera. Por el dolor incisivo que me producía, acompañado del susto y la presión de que eso se detuviera para no preocupar a mi familia, decidí ir a un médico general. Sentía dolor porque la piel estaba "tirante", se había inflamado mucho, me producía incomodidad al comer y hablar, además de tener el rostro inflamado (como si me hubieran sacado una muela); me preocupaba el dolor, pero no el aspecto de mi rostro. La médico, afortunadamente, era de esas que te dan solución al problema, pero que no te mandan a mil profesionales más porque les pareces una persona enferma porque vives de modo incorrecto: que tienes mala postura, que caminas arrastrando los pies, que tienes los dientes manchados, que puedes tener depresión, que puedes tener diabetes, que tienes que hacer dieta, que tienes que hacer ejercicio. Ojito acá, en esta oportunidad agradecí lo rápido que me despacharon porque en mi primera infección de cuidado (un año antes de esto), a la médico sólo le faltó mandarme a hacer yoga y exorcizarme: en ese entonces me sentía asustada y pasé dos días haciéndome exámenes, siete días secuestrada en la casa de mi familia con el pie en alto (pude escabullirme porque mi abuelo falleció y dejaron de prestarme atención), seis meses tragando pastillas, cinco meses con nutricionista y uno en el kinesiologo (renuncié antes porque me dañaron el muslo, hurgaron con agujas mi cuello y creo que eso me drogó de alguna forma y sentí mucho miedo). Con esta infección en mi rostro necesitaba que me despacharan rápido, agradecí no tener que tragar tantas pastillas. Como mi familia acostumbra a venir mucho a casa -sin avisar-, aparecieron y me vieron con la cara hinchada e hicieron show. Me recomendó la médico que pusiera compresas calientes sobre la hinchazón para "ayudar" a la infección a salir; me resultó, pero por apuro, comencé a apretar mi carrillo infectado y acabé haciéndome un agujero en la carne. Ya habían pasado hartos días y me asusté porque la infección no cedía y ya el agujero era grotesco, además mi familia pondría más su atención en mí y eso no me agrada. Fui a otro lado y curaron mi herida, me dieron más pastillas y me pincharon: llegué con la pierna tiesa y con asco en la garganta por pensar en que debía tragar muchas pastillas grandes durante muchos días. No recuerdo mucho de la recuperación, pero recuerdo con detalle el proceso de la infección. Eso pasó en tres semanas -más o menos- y, desde entonces, mi rostro ha gestado varias infecciones más.    

4 de junio de 2020

Envidia

Hoy -esto pasó hace algunos días- me pasó algo extraño y sentí algo extraño -como consecuencia- también, porque me (auto)respondí a una pregunta que lancé a viva voz en el baño mientras me miraba al espejo. ¿Por qué te sientes mal? ¿Qué es aquello que te molesta en la boca del estómago? 
Me ha pasado hartas veces y, hace unos años, tenía a alguien que me consolaba con la razón, simple y cruda razón. Me decía algo que no deseaba escuchar, pero que me "aterrizaba", me hacía sentir mejor: más capaz, menos estúpida. Odio -con todo mi ser- sentir ese malestar, porque es lo que menos controlo; para ponerlo fácil, odio sentir envidia. No es algo que sienta con frecuencia y creo que la molestia es porque no puedo predecirla, no puedo evitarla. Ese día estaba en medio de una llamada telefónica y sentí náuseas, del otro lado alguien me hablaba de algo (poniéndonos al día en algunas cosas, ya que desde hacía mucho que no sabía nada de esa persona); menciona algo que no viene al caso (habla de una tercera persona) y empuño la mano libre, alzándola y dejándola caer, queriendo golpear algo invisible -ya que si golpeo real, algo dentro de la casa, se oiría y llegaría a quien me estaba llamando, preguntaría qué había sido ese ruido y ya no sabría cómo ocultarlo-. Envidia. Afortunadamente distraigo con facilidad mi malestar y puedo retomar la conversación hasta acabarla y colgar el teléfono, pero llegando al baño y viendo mi imagen de reojo en el espejo, puedo ver mi rostro en cólera y el malestar en la boca del estómago me recuerda que he sentido envidia. Ya no hay nadie en la casa a estas horas, ya no hay quien me lance razones para no sentir envidia, ya no hay quien profiera razones que me alivien. Me pregunto y evito mirarme en el espejo, me pregunto en voz alta y me respondo porque no hay quien hable a estas horas con razón. Sientes envidia. Se disipa un poco el malestar, se disipa un poco el asco y la vergüenza; no es malo sentir algo desagradable y que impacte físicamente en tu cuerpo, sentir náuseas y ganas de vomitar no es malo, sentir que algo te sorprende de mal modo y tienes que abrir la boca y escupir porque tampoco tienes algo en el estómago como para echarlo fuera; escupes y queda ahí un poco de saliva coagulada con rastros de café y nicotina; algo de ello se va con el agua cuando abres la llave y lo terminas de dispersar con los dedos porque no quieres esperar a que lo limpie el agua: quieres deshacerte rápido de ese escupitajo. Envidia. Ya no hay quien se ocupe de hacerme oír razones para no sentir envidia, debo deshacerme del malestar y el modo rápido es vomitar, escupir, olvidar. Deseando comenzar con el vómito, abriendo la boca y deshaciéndote sólo de lo que tienes a media garganta porque no tienes algo en el estómago que puedas soltar a través de la boca. ¿Por qué te sientes mal? ¿qué es aquello que te molesta en la boca del estómago? ¿Con qué propósito evitar tu imagen reflejada en el espejo? 

27 de mayo de 2020

Dar la espalda [Parte I]

Sé bien que se cometen errores en cualquier cosa que uno decida hacer ¿cómo ignorarlo? Metí la pata cuando comencé a decir "me mandaron a estudiar", porque reconocía ante otros que yo no había tenido el valor de decirle a mi familia: "no estoy convencida de querer irme a estudiar a otra ciudad, aunque me enviaron a un colegio que me preparada adecuadamente para la vida universitaria". Siempre supe que mi familia hizo lo imposible para que entrara al "mejor colegio", me hicieron dar cinco pruebas de admisión y entré recién en séptimo básico; en la última vez me pusieron un profesor particular y mi mamá lloró cuando fui honesta al salir de la primera prueba: ahí me preguntó cómo me había ido y yo le dije que nos habían dado instrucciones, además de tiempo acotado. Le conté que había hecho lo que sabía y que quizás no había contestado todo bien. Ella lloró, creo. Ese recuerdo, en particular lo tengo así en la mente, pero no recuerdo bien la imagen; quizás sólo se enfadó o algo. Recuerdo también que caminamos desde el colegio a la casa (el colegio quedaba en la salida sur de la ciudad y nosotros vivíamos "arriba", al otro extremo, casi llegando al límite norte). En la segunda prueba tampoco sentí que me había ido bien, pero mentí; le dije "me fue bien". 
En séptimo básico entré al colegio soñado de mi familia. En séptimo básico comencé a usar unos binoculares (amarillos) de juguete para ver la pizarra. Ese mismo año, mientras le sostenía la puerta a una amiga mientras estaba en el baño, una chica de un curso mayor me miró con cara de desaprobación y me preguntó qué hacía un niño (yo) en el baño; tenía el pelo cortísimo y mi cuerpo no era de una mujer, ese año recién comenzaría a notarse mi "desarrollo". También ese año participé en una obra -una que estaba ambientada en el Jardín del Edén-, el grupo en que estaba era de puras niñas, todas tenían papel de hombre, excepto la que hacía de "Eva". Yo fui Adán y era la única que realmente me veía como un chico. Ese año fue la primera vez que me "escapé de casa" (pedí permiso para ir a un lugar y fui de todos modos aunque no me dieron permiso) y me subí al auto de un extraño, todo en una tarde; fue la primera vez que mi padre me pegó "un volador"; jamás volví a escaparme de casa ni a salir sin permiso.
En octavo básico comencé a usar lentes. En octavo se me perdió el libro de clases, me encargaron entregarlo a otra profesora y yo lo enganché descuidadamente en mi bolso; sólo noté que faltaba cuando la profe que debía recibir el libro, lo pidió; un profesor de otro curso lo había encontrado y no lo entregó, sino que esperó a que todo empeorara para decir "yo lo encontré en el patio". Ese año recibí una flor y una tarjeta en "San Chuquitín" (una festividad inventada en que se emulaba San Valentín); podías comprar una rosa y una tarjeta, entregarla a quienes organizaban y ellos se encargaban de entregarla a los o las destinatarias; cuando el mensajero entró por la puerta, yo miré con odio a las chicas populares -las que estaban más desarrolladas y que ya se maquillaban- imaginando que ellas recibirían algo; casi me muero cuando dijeron mi nombre y me entregaron una rosa, una tarjetita y un regalito; yo iba en octavo y el chico que había enviado las cositas estaba en tercero medio. Cuando iba en octavo básico la profesora jefa le pidió a una compañera de curso que le perforara la oreja, yo vi la sangre correr en esa oreja y ahora me pregunto por qué una adulta confiaría en una niña; en ese entonces no me lo cuestioné; mi único agujero en el cartílago de la oreja me lo hice a los 20, tampoco confiaba en mí misma cuando lo hice. En octavo básico, durante el viaje de fin de año a Iquique, sentí por primera vez ganas de "no existir"; nadie se juntó conmigo durante el viaje, me comí una lata de champiñones sentada en un muelle mirando al mar, nadie me vio comerlos. Ese año, creo, fue la primera vez que fui a un carrete; era la primera vez que me daba pánico mirarme en el espejo, quise robarle un scooter al dueño de casa y lanzarme calle abajo para saber si me moriría al caer, me preguntaba cuántos litros de sangre necesitaba perder para morirme; me detuvieron antes de lanzarme, no tuve el valor de correr una cuadra y lanzarme calle abajo. Ese año fue la primera vez que me quedé fuera de casa, dormí a los pies de la cama de una amiga, hecha bola como un gato; descubrí que sentía una incomodidad terrible al quedarme en casas ajenas; hasta hoy me cuesta quedarme fuera e intento evitarlo lo más que puedo. 
Cuando iba en primero medio jugaba a "los espiner" (los antiguos, esos que tenían una flecha y un disco aserrado, venían en las papas fritas y tenían imágenes de superhéroes) con dos amigos repitentes. La profe de química nos hizo armar hidrocarburos con plasticina y yo me negué por odiar la plasticina; como ya sabía sobre lo que nos hizo armar, al explicárselo, ella me dijo que se lo explicara a algunos de mis compañeros y después seguí jugando a los espiners en clase. En ese tiempo leí un libro de hipnosis y conocía la Teoría del Péndulo de Chevreul, me moría de ganas de hipnotizar a alguien; nos pidieron hacer una entrevista y conseguí que un amigo se dejara hipnotizar para "entrevistar a su subconsciente"; lo hicimos en su casa y me contó que él era una especie de militar y había una mujer ahí con él; no lo grabé porque me dio miedo; cuando lo desperté le dolía la cabeza y, según él, no recordaba nada de nada; no entregué la tarea porque de verdad sentí miedo; no volví a intentarlo en dos o tres años. Ese año los que llegaban primero a la sala tenían la manía de jugar a "quemar papel"; cuando llegaba la hora de comenzar la clase, ellos escondían esos papeles debajo de la tarima; un día se les quedó prendido alguno y comenzó a salir humo desde debajo de los pies de la profesora; a ellos los culparon de pirómanos y perdimos una clase completa; mientras esperábamos afuera, yo estaba sentada en una baranda en el segundo piso y un compañero de curso me empujó hacia atrás al tiempo que agarraba mis brazos para devolverme a la posición que ocupaba en un primer momento -me dio un jodido susto de muerte-. Ese año se suicidó un muchacho en el sector de básica (ambos sectores estaban separados por una reja); la profesora que nos tocaba a primera hora había visto el cuerpo, lo había juzgado como un muñeco y pasó de largo sin avisar a nadie, ya tarde se dio cuenta de que era un cuerpo muerto colgado; ella vio un muñeco azul; pasamos tres o cuatro horas encerrados en la sala mientras la profesora declaraba (supongo); después supimos que el muchacho era de otro colegio, que iba en media y que se había intentado suicidar hace poco; tenía el brazo partido y con yeso porque se había intentado colgar en la gruta y se había cortado la cuerda. Ese año también encontré un pájaro muerto, estaba tieso, era un canario o un lorito, no lo recuerdo bien; debió morir de frío en el desierto; a veces no es bueno escapar de la jaula. Ese año vendí resúmenes del libro "La edad prohibida" de Torcuato Luca de Tena; muy pocos en un curso de 40 leyeron el libro. En primero medio mis amigos jalaron "sal de fruta" (la pidieron para un experimento de química), me faltó valor para probarlo, pero me reí mucho ese día. Para ese entonces, la ciudad en donde estaba el colegio iba a desaparecer, se estaban haciendo los últimos preparativos "para cambiarse".   
En segundo medio me ofrecí para limpiar el laboratorio de química con una amiga, no pudimos resistir la tentación de ver el frasco con el feto (uno de, a lo menos, ocho meses); fue la última vez que pudimos ver ese feto. Era entretenido que mi profesora de química me pasara, sin preguntar, un montón de polvito de color morado brillante (permanganato de potasio); leí un libro en que decía que podías hacer explosivos con eso, pero después me di cuenta que el libro mentía, aún conservo un poco de ese permanganato de potasio. Un amigo se mordió un dedo hasta romperse la piel, sólo para ver su sangre en un microscopio; olvidó poner su sangre en un portaobjetos, depositó una gran gota de sangre directamente sobre la lamparilla y la profesora terminó limpiando la sangre con su bata blanca de laboratorio, nos retó a ambos. En segundo medio estuve en un bus que chocó de cola contra una casa, afortunadamente iba con mi hermana (que iba en primero básico), una compañerita del curso de mi hermana y el vecino (que iba en tercero o cuarto básico); los llevé a los tres de vuelta a casa y los entregué a cada mamá; como tres horas después me dio un shock y me puse a llorar; mi amigo repitente me consoló. En segundo medio, el primer día de clases me tocó en otra ciudad; cuando mi familia se cambió de casa a mediados de mayo, salí de una casa, fui al colegio en otra ciudad y regresé a una casa nueva en una ciudad distinta; mi familia no nos dejó faltar a clase, ese día se cambiaron de casa en un tris trás. En segundo medio pensaba mucho en morir, pero no en formas de hacerlo, sino en la idea de que no quería existir; desde ahí hasta que terminé el colegio se hizo más frecuente y más profunda esa idea. 
En tercero medio mi profe jefe le dijo a mi familia que, al parecer, yo estaba deprimida y que temía que me suicidara; mi familia me retó y no me preguntó siquiera si era verdad; si me hubieran preguntado, yo habría mentido sólo para mantener su atención lejos de mí. Ese año perdí a mi amigo repitente y lo volví a ver sólo una vez más, pero sentí celos de que abrazara con tanto cariño a otra compañera y a mí no. Ese año leí mucho, me hice amiga de la bibliotecaria y dejaba que hiciera la cimarra dentro de la biblioteca. Ese año mi papá me metió a un preuniversitario dentro del mismo colegio; llegaba a las 20:30 a mi casa y siempre arrastraba los pies. Ese años conocí a Aristóteles España y pensé que escribir no era una fantasía tan absurda. Hice un test de intereses para saber qué chucha iba a estudiar en la universidad, porque hasta ese entonces no sabía qué chucha quería hacer; me salió agronomía y la cosa más estúpida que he hecho fue hacerle caso a ese profesor; no quería orientarme, quería que yo fuera a la universidad como todos los otros que saldrían un año después; yo le hice caso sin saber lo que quería e ignoré mis propios gustos e intereses; yo omití mi propio juicio, yo me olvidé de mí e hice lo que querían que hiciera. Me odié por muchos años por esa decisión; no tuve el valor de decir: "siento miedo, no sé lo que deseo hacer de mi vida, siento miedo, necesito más tiempo para decidir". En tercero medio pensaba mucho en dejar de existir, pero tampoco en los modos de hacerlo, sino en lo que sentiría (si es que se sentía algo) si dejara de existir. Lloré mucho ese año. 
En cuarto medio todo eran pruebas y mierdas de ensayos de psu; no recuerdo mucho más. Creo que le dañé la mano a un weón x apretando sus dedos con la tapa de una pequeña hielera (laboratorio de química). Una profesora de química derritió una lado de su anillo de compromiso intentando demostrarnos que el oro era un buen conductor de electricidad. Creo que abrimos un cráneo de cabra y fue la primera vez que vi parásitos grandes.; creo que ahí comenzó el asco que le tengo al hedor del formol. Una chica de tercero medio se burló de mí en un carrete, me ofreció copete y me dijo que era jugo de cereza; un compañero de curso me tiró una colilla encendida directamente a la chaqueta, no pensé que me despreciaba tanto como para hacer algo así; hice un escándalo de borracha de mierda; confirmé mi pánico a los espejos; esa noche me quedé en esa casa y les hablé a mis amigas que yo veía mucha película casi porno española en el chv. Una compañera de curso, que debió quererme mucho, agarró a la muchacha que se había reído de mí: tomó del cuello a la chica cherry y la empujó al suelo, le vi las calzas porque su falda se levantó hasta más arriba de su cintura. Salí de cuarto e hice algunos libros para despedirme de algunas amigas; una de ellas estrelló el libro con un pedazo de torta, no fue a propósito; sentí pena y rabia, pero le dije que no se preocupara. A pesar de no haber participado activamente de ningún club o academia (tiempo libre), recibí dos regalos: uno de la biblioteca y otro de artes; un libro y un juego de lápices guays. Casi me vomito con la primera psu que di, me largué a ver una película después de eso; desapareciendo por más de tres horas. Mi única marca concreta en ese lugar es mi nombre en muchos libros de la biblioteca, última página, registro de préstamos.