Me detuve a hojear una revista,
esperaba por mi dentista. En las páginas centrales había un artículo sobre los
bares de Manhattan, el sujeto que narraba era un escritor estadounidense. ¿Qué
pasó con la bohemia literaria? ahí se decía que algunos escritores se habían
desanimado por la prohibición de fumar dentro de los bares, también que los
nuevos escritores habían cambiado el alcohol por los pasteles y el café. El
sujeto esperaba encontrar algunos “colegas” en su recorrido, quizás vio algunos
escritores (¿cómo saberlo?), pero dijo no conocer a ninguno, creo que se
identificaba con una vieja, vieja escuela, algo que los novatos olvidaron en
algún momento. Leyendo el artículo, recordé los bares de La Serena, el nulo
espacio literario en nuestras calles; la incomodidad se apoderaba de mis
pensamientos ¿por qué no existe aquí un bar, local o café, que ofrezca
recitales literarios periodicamente? ¿qué tanto éxito tendría un local así,
aquí? Seguí leyendo. Los esfuerzos del narrador se desviaron a los hoteles,
pequeñas curiosidades, datos, mensajes literarios en las cabeceras de las camas
(“los escritores jamás se van solos a la cama”), mensajes a las mucamas (“por
favor, sacuda el polvo de mis libros”), pequeños carteles en las perillas de
las puertas (“no molestar, en esta habitación se escribe una novela”) y
carteles de bienvenida (“aquí se escribe la gran novela americana”). Todos
sabemos que, en algunos de los hoteles de Manhattan, se han escrito novelas
famosas, algunos escritores se han alojado exclusivamente para acabar sus
novelas, ahí se alcoholizaron y jodieron, fumaron y corrigieron sus obras,
algunos se suicidaron, otros simplemente murieron. Recuerdo los nombres de
Anaïs Nin y F. Scott Fitzgerald, aunque habían muchos más vivos y del ámbito
literario actual. Luego de los hoteles, aparecieron en el artículo las
infaltables librerías. El sujeto recordaba sus andanzas y narraba sobre las
librerías noventeras, antes de Kindle y las Tablets, tiempos en que el libro
impreso era el rey de calles y calles de librerías. Me llamó la atención lo de
“más de 3 kilómetros de libros”, esbocé una pequeña sonrisa. En una última
vista al artículo, vi las fotografías, sí parecían imágenes tomadas en
Manhattan, en la isla del desencanto. El autor finalizaba diciendo que cada uno
de nosotros, los escritores, debíamos buscar un lugar para ir, algo que, a
nuestros ojos se le pareciera a NuevaYork.
Antes de leer alguna entrada de "Cierto personaje acusado de alta traición":
19 de marzo de 2013
18 de marzo de 2013
Explosiones misteriosas
Mientras hablaba por teléfono
celular, me encontré mirando un montón de ropa desperdigada por la acera y el
borde de la calle; me emocioné tanto que le dije a mi interlocutor lo que
había encontrado. Me acerqué curiosa, había muchos calcetines hermanados hechos
bola, bufandas, pañuelos, pantalones, blusas, vestidos ¡oh! maravillosas cosas
perdidas. Me quedé embelesada mirando, seleccionando, manoseando todo lo que
llamaba mi atención. ¿Por qué estaba todo así? parecía que un automóvil había
chocado haciendo estallar los sacos con ropa, dejándola esparcida en un perímetro
circular. ¿Alguien había puesto una bomba de aire dentro del saco? ¿estalló
desde dentro dejando todo tirado? Mis pensamientos se interrumpieron por
un par de mujeres con demasiado maquillaje, ellas iban a beber, estoy segura.
Pasaron, me vieron, se burlaron “¿te parece si vemos si algo nos sirve?” se
fueron riendo. A mí no me dio vergüenza, no me sentía mal; siempre me detengo
con curiosidad frente a las cosas que alguien más ha olvidado.
20 de enero de 2013
Piscina
Salí a fumar un cigarrillo, escuché un chapoteo. Mi patio da con el patio de una casa en la calle siguiente. Durante todo el verano, los niños que viven allí, se bañan todos los días, desde la mañana hasta la noche, siempre están riéndose, chapoteando, jugando, pareciera que sus padres están también en la casa todo el día. ¿Mencioné que salí a fumar a las dos de la mañana?.
6 de enero de 2013
23 de noviembre de 2012
Sobre el quiebre irreversible
No me
proponía jamás contar lo de aquel mal intento de arreglo, me provoca mucho
dolor, siempre llevaré aquello como algo en lo que tuve directa culpa, una
tristeza que se extiende a través de los meses como una terrible enfermedad
infecciosa; puede ser que a la mirada de un extraño, a la visión de un lector o
la de un curioso, esto no sea tan grave, entiendo también que puedo estar
dándole una importancia que no tiene, lo comprendo y no tienes que seguir
leyendo.
Defiendo bastante,
con fuerza y terquedad, mi opción de publicar en una revista literaria, pienso
que haber participado activamente en Revista Literaria Escarnio me dio
confianza para adentrarme en el “manoseado” mundillo literario. Actualmente no
participo como editora en ninguna revista literaria, tampoco me interesa
adherirme a ninguna existente, pienso que cada una de las que circulan
actualmente (hasta noviembre de 2012) tienen detalles que no me agradan,
funcionan gracias a la buena voluntad de terceros, su caos editorial es
insoportable, incluso los textos locales seleccionados para su publicación
dejan bastante que desear (por supuesto no me refiero a todos ellos), los
textos de escritores consagrados son muy conocidos y no demandan mayor esfuerzo
conseguirlos, el poco cuidado con la disposición de los textos dentro del
espacio disponible, las constantes erratas.
Hace algunos
meses atrás, mientras preparábamos el N°32 de Escarnio, aquel número formato
libro que hace tiempo deseábamos, me encontré con un montón de problemas
personales que acabaron con mermar la calidad de los textos que envié, en total
seis textos, repartidos entre “novedades”, “añejos” y “refritos”: Visiones del
ojo púrpura, Todo está bien tras la puerta roja, Misivas impertinentes, Sobre
la escritura amatoria con gatos, Carta y un fragmento de La solitaria flor del
fumadero; no justificaré mis errores, ni mis desaciertos en estos textos, sin
embargo, reconoceré que fue difícil reunir diez planas con textos, comenzaba a
asomarse en mi cabeza el indeseable gusanillo de la inseguridad.
Junto con
resolver todos los problemas anexos al contenido del documento, nos vimos
enfrentados a la grandiosa tarea de reunir los insumos para publicar la revista
en formato papel. Comenzamos discutiendo sobre materiales que no teníamos (decidimos
que, por tercera vez, pediríamos ayuda a la municipalidad) y, como siempre, lo que recibimos era una
versión barata y distorsionada de lo que pedimos. No importa, lo importante es
sacarla –me dije. Los materiales llegaban de a poco, el documento era un atroz
cuerpo mutilado, mi culpa por cierto, yo era la encargada de hacerlo,
ordenarlo, corregirlo y escribir la editorial; pude hacerlo con muchas
dificultades, se retrasó un par de semanas, pedí ayuda, no la recibí en su debido
tiempo, tengo también la culpa, provoqué una pelea por la que recibí un alto
nivel de hostilidad. Teníamos una forma de multiplicar el contenido, por
fortuna.
Junto con las
dificultades, teníamos un compromiso en Santiago, con un par de personas del
mundillo; había fecha límite para terminar el mayor número de copias posible. A
menudo suspiraba mientras cortaba las revistas, odio tener presión sobre mi
frágil espalda, para mi suerte soy rápida en estas cosas manuales, en dos días
terminé de encuadernar 30 ejemplares de la revista, a un par de horas de viajar
a Santiago.
No recuerdo
con exactitud el motivo o el hecho que desencadenó la definitiva renuncia de
Fernando a la revista, al parecer fue algo que tenía mucho tiempo creciendo en
algún recóndito lugar de su cerebro. En apariencia todo funcionaba bien,
digamos que a todos importaba que la revista “saliera” fuera como fuera, no nos
veíamos ni para decidir qué textos saldrían, a qué autores publicaríamos, en
algún momento del 2011 cada uno se hacía cargo de un número de la revista, a
solas se decidía la portada, los autores, la editorial, las imágenes. Recuerdo
que mi deber dentro de la revista siempre ha sido la parte virtual, hacerme
cargo del blog, mail y facebook de la revista, responder correos ordenarlos,
actualizar páginas con información. Además de las tareas anexas de los
especiales, como la encuadernación.
Me duele que
Fernando hable de Escarnio como el jodido tumor que te acabas de operar porque
te estaba haciendo la vida imposible. Me obligué a abandonar la revista, no
podía quedarme en donde jamás debí estar; como prueba de mi pésimo aporte a la
revista, ni Daniel ni Fernando necesitaban ya mi ayuda para editar sus propias
revistas, me convierto en el bulto que ningún abuelo quiere en su espalda.
Comienza el mal camino hacia mi deprimente vida actual.
Desde el N°32
de Escarnio (correspondiente al mes de julio de 2012) y por parte de Daniel, no
hubo movimiento de la revista en dos meses, luego, la tímida reaparición con un
especial de Mario Santiago Papasquiaro, con pocos números. Hasta hace un par de
semanas no había noticias de la revista, para reaparecer con tres números
consecutivos en espacio de una semana, al parecer hay copias suficientes.
Por otra
parte, Fernando acaba de sacar el primer número de Revista Delictual Cíclope,
teniendo materiales suficientes
para multiplicarla a gusto. Personalmente
pienso que cae en errores predecibles, de novatos.
He publicado
en ambas revistas, con seudónimo. He ayudado con algunos fugaces aportes. Espero
que sigan existiendo ambas revistas. Ahora escribo tristemente para mi blog,
creo que lo retomaré definitivamente, mientras decido cual será mi próximo
paso. La vida de los hombres consiste en
salir de las tinieblas y permanecer algún tiempo alrededor de la luz de una
vela, para luego volver cada uno a sus propias tinieblas y desaparecer en ellas
(Oé).
29 de octubre de 2012
Doom
Bajé rápido en la bicicleta, me quedaban pocos minutos para llegar al centro, la hora se me pasó pensando frente a la pantalla apagada del computador. Pensé en usar googles para evitar que mis ojos lagrimearan, usé lentes de sol, mis ojos estaban rojos a pocas cuadras de mi casa. Me vestí normal, cómoda y urbana, reconociendo en mi suéter cierto aire hippie, eso iba a propósito. No llevé sostén, jamás lo ocupo, me molesta, nunca me acostumbré a usarlo como se debe -eso es lo que me dijeron. En la bicicleta jamás me detengo a mirar la siguiente calle perpendicular, escucho si viene un automóvil, lo que reduce mis posibilidades a la mitad, no podría escuchar un peatón o evitar una colisión con otra bicicleta; es lo de menos, mi amor por la vida humana acaba de desaparecer. Siento al aire frío en mis pezones, a través de los pequeños agujeros del punto en el suéter. Beso el aire, me duele el pecho, no me detengo. La mayor parte del camino es pendiente abajo, no tengo que pedalear, lo hago de todos modos, velocidad. Puedo perder fácilmente el control del manubrio, desde el choque está suelto, suena como la tuerca vieja del auto viejo que alguien chocó hace diez años. En el centro casi quedo reducida a hilos de sangre, una micro de izquierda a derecha y una camioneta de derecha a izquierda, colapso de una bicicleta en medio, casi. Pedaleo las últimas cuadras hasta la plaza de armas, pienso en que no tengo ganas de ir con el tránsito, bajo esquivando personas estúpidas y conductores asustados, mi bicicleta puede dañar el espejo retrovisor de sus preciosos vehículos. Entrando en la plaza, esquivando burbujas de jabón, alcanzo a escuchar un "hola", veo a un sujeto que conocí la noche anterior tirado en el pasto, regreso a saludarlo, me dice que mi bicicleta es muy vintage (creo que es el único "piropo" que ha recibido mi vehículo desde que lo adquirí). Espero unos momentos, me fumo un par de cigarros con la bicicleta al lado (¡uy, en bicicleta y fumando!), decido irme, decido caminar un tramo. Una chica de baja estatura se para frente a mí, no puedo irme porque la arrollaría, me pregunta si soy Pía Ahumada, le digo que sí con el rostro de alguien que no entiende el idioma en que le hablan. Me pide que me quite los lentes de sol, le pregunto por qué debo hacerlo, me dice "es que se está comentando", me asesina su explicación, me quito los lentes un momento, se va casi trotando con una sonrisa en la cara.
5 de octubre de 2012
A mano, a máquina, en computador
Conversaba un día, el asunto comenzó con una simple pregunta "¿cómo escribes?"... por mi parte no entendí la pregunta, él entendió y me aclaró el asunto: me preguntaba qué prefería para escribir, si lo hacía a mano, en máquina de escribir o en computador. Yo sabía que él escribía a mano, incansablemente; desde que le conozco me llamó la atención el callo que tiene en el dedo medio, en la mano derecha [pequeños detalles que dicen mucho de una persona]. Dudé un poco si ser sincera o mentir, pensé que debía ser ambigua en mi respuesta, le dije que dependía de lo que tuviera a mano. No me gusta escribir a mano, siento que no puedo coordinar mi cabeza -mis ideas, el fluir de mi pensamiento- en simultáneo con el proceso motor de escribir; se me hace difícil, lento, muchas veces al intentar escribir más rápido, no tengo control de mi letra y luego no entiendo lo que dice, soy un estúpido y torpe desastre. Cuando escribo en el computador no me siento torpe, con poca frecuencia se me olvida lo que quería escribir, puedo plantear mejor mis ideas y exponerlas claras, además de corregir un texto completo sin ver aquellas molestas evidencias de mis errores, me gusta también que todas las letras que tengo al frente sean del mismo tamaño [pequeñas manías]. La máquina de escribir es uno de los inventos que más me gustan, el intrincado origen del teclado. Mi abuela me regaló una máquina de escribir cuando yo tenía seis o siete años, era una máquina actual -para la época-, liviana, muy baja, con el exterior plástico en color blanco y negro, era un máquina de escribir Olivetti (modelo Venezia). En aquel tiempo no tomé mucho en cuenta el regalo, me parecía doloroso intentar escribir, incómodo, demasiado lento. Mi madre se encargó de descubrir casi todas las funciones "ocultas", ella me las enseñó. Con la llegada del computador a mi casa, muchos años después, me familiaricé con el teclado y retomé los intentos de escribir en mi máquina, me dolieron los dedos, sin embargo, no dejé de intentarlo. Sin notarlo, ya podía teclear en el computador mirando la pantalla. En mi primer año de universidad, no tenía computador, no tenía el ejercicio de escribir a mano y mi máquina de escribir esperaba en un rincón de la lúgubre habitación. Ahí, sola, me acostumbré por fin a escribir al ritmo de mis pensamientos, con errores al principio, pero no me preocupaba, siempre tenía ánimos de volver a escribir aquellas primeras cartas que escribí en mi máquina de escribir. Recientemente, retomé mis cartas a máquina, además de algunos borradores de textos; me siento feliz de ser una de las pocas personas que disfrutan escribiendo en máquina.
30 de septiembre de 2012
Sobreviví al disturbio [Parte XIII]
Esperé unos minutos en la estación,
luego decidí regresar. Creo que me demoré demasiado en volver, fumé mucho,
pensé mucho, creo que había sobrepasado por mucho mi límite del día. Al llegar
tenía hambre, la señorita preparaba desayuno, volví a comer. El último
acompañante comía junto a mí, me preguntaba sobre mi estado de ánimo, le
sonreí. Esperamos pacientemente el almuerzo, comimos, apenas compartimos unas
palabras. Luego, en el patio, crucé algunas palabras con el anfitrión,
estuvimos en desacuerdo en algunos puntos, no importó demasiado. Llegaba la
hora de irme, ambos serenenses dejamos la casa, tomamos un colectivo hasta la
estación del metro y bajamos a buscar el bus indicado. Me compré una última
cajetilla de cigarros, me fumé algunos. Subí al bus y estaba muy triste, lloré
hasta que salió el bus de Santiago. El último acompañante se quedó solo, no se
quejó ni un segundo. Llegué a La Serena por la noche, dormí todo el camino. Me
acosté y dormí muchas más horas de las normales, desperté triste. Seguí triste
el resto de la semana, el resto del mes, recuerdo los hechos y no me siento
satisfecha, siento dolor, no puedo escribir las misivas correspondientes, estoy
triste.
[Y final].
[Y final].
15 de septiembre de 2012
Sobreviví al disturbio [Parte XII]
Llegué a verlo, mucho tiempo después, se había quedado ensimismado, pensando en todo a la vez, caminando alrededor de muchas cuadras -suspiro- fumaba, no ponía atención a nada. Yo miraba mucho el cuadro de fondo en el escenario, la última cena con estrellas de Hollywood: El gordo y
el flaco, Elvis Presley, Clark Gable, Robert Mitchum, Charlie
Chaplin, Marilyn Monroe, James Dean, Humphrey Bogart, Fred Astaire,
Cary Grant, Groucho Marx y Marlon Brando. Acabamos la cerveza, los cigarros, las últimas energías. Llegamos a casa rápido, me dejaron un sillón cama pequeño, a los pies de la cama del anfitrión y su novia, los muchachos durmieron en una habitación bastante alejada, me hubiese encantado conversar aquella madrugada con ellos. Desperté con los primeros ruidos del nuevo día, el celular me avisó de la hora, los padres de nuestro anfitrión se levantaban para irse a trabajar -personas buenas, personas honradas, personas comunes. Me levanté, me encontré con el muchachito (se iba de Santiago a las 10:00). Tomamos desayuno, hablé mucho con él, bastante. Lo acompañe a la estación de metro, caminamos bastante, conversamos. Nos despedimos. Escribí un mensaje que dejé caer cerca de las vías del metro, uno quedó inalcanzable (el importante llegó a sus manos).
13 de septiembre de 2012
Sobreviví al disturbio [Parte XI]
Nos subimos a un taxi, intenté memorizar el camino de algún modo, imposible; me es desagradable no saber regresar cuando quiera, cuando me de la gana ¡demonios! Dejé mis cosas en la habitación que me indicaron, junto a las cosas de los dos acompañantes serenenses que quedaban, intenté hacer contacto visual con cada uno, pero estábamos cansados de estar juntos, sobrepasados por las presencias de las otros, supongo que cada uno era una persona triste en un lugar triste. La novia, la chica de los fideos, preparó lo que había comprado, chorizos, pan, mayonesa. No recuerdo qué bebimos, no tengo idea del por qué. Comí, tenía hambre, pero al acabar el primer pan ya estaba más que satisfecha, no era ni una tercera parte de lo que como siempre, había algo que me molestaba. En aquella casa había dos pequeños perros, café con negro, más pequeños que un gato; ambos me simpatizaron, aliviaron un poco la ansiedad que sentía. Tristeza. Nuestro anfitrión nos invitó a visitar un bar cercano a su casa, un lugar agradable, sin muchas personas, objetos del cine, fotografías. Uno de ellos se quedó sentado en un banco, dos cuadras atrás, no volví a verlo hasta mucho después. Conversamos, nos reímos, bebimos, fumamos. Ah, el intenso sopor melancólico, la pena, la angustia, el cansancio, el cansancio.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
